En defensa del neoliberalismo

 

Alarma en las escuelas

 

Adolfo Rivero Caro

Un reciente titular de El Nuevo Herald proclamaba que ''la prueba FCAT podría rezagar a miles de niños''. ''El nuevo grado de dificultad de la prueba de suficiencia académica conocida como FCAT podría dejar a miles de niños rezagados en las escuelas públicas de Miami-Dade'', señalaba el reportaje. Se informaba, con evidente alarma, que 250,000 estudiantes entre tercero y onceno grados estaban bajo presión de aprobar un examen sin el cual ni podrían pasar de curso los de primaria, ni los de secundaria se podrían graduar. Este año, se comentaba sombríamente, pudiera aumentar el número de alumnos que no pasen de grado y encender los ánimos de los que critican el FACT y lo consideran un instrumento punitivo.

¿Punitivo? Señores, por favor, ¿para qué mandamos a nuestros hijos a la escuela? ¿No queremos que aprendan a leer y escribir y sacar cuentas? ¿No los mandamos para que aprendan? ¿No lo hacemos para que puedan trabajar, ganarse la vida y ser útiles a la sociedad? Pues bien, si usted fuera dueño de un grocery o administrador de un McDonald's, ¿le pagaría un salario a un jovencito que no sabe leer o sacar cuentas? Y estamos hablando a nivel de salario mínimo. ¿Nunca han visto el programa The Apprentice? ¿No han presenciado las pruebas extraordinariamente difíciles que tienen que superar los aspirantes? ¿No saben que eso no es nada extraordinario, sino la norma para entrar a trabajar en cualquier corporación? ¿Cómo se va a contratar a alguien sin tener una mínima seguridad sobre sus capacidades? ¿Y cómo se va a conseguir esa (relativa) seguridad sin hacerles exámenes o pedirles pruebas de exámenes anteriores?

En Estados Unidos vivimos en dos mundos. Hay un mundo adolescente donde todo es mimo, superprotección y consentimiento. Y hay otro mundo, adulto, competitivo, de implacable exigencia y elevadísimos estándares. Muchos de mis lectores se habrán preguntado, ¿cómo es posible que de tantos jóvenes malcriados puedan surgir tantos brillantes técnicos y empresarios? La respuesta es que, más tarde o más temprano, todo joven ambicioso comprende que nadie le va a regalar nada y que, literalmente, tiene que ''ganarse la vida'' en una competencia. En una sociedad libre no puede ser de otra forma. ¿Estaría usted de acuerdo en ponerse en las manos de un médico no porque sea prestigioso y confiable, sino porque sea familiar suyo? Y si esto es así de un familiar, ¿cómo va a ser distinto porque alguien sea miembro de alguna minoría? ¿Alguna vez ha oído decir que a un piloto no le han dado su licencia porque lo discriminan? ¿Y estaría usted de acuerdo en manifestar su apoyo a la Acción Afirmativa volando en un avión conducido por ese piloto? ¿Se atrevería a hacerlo el más liberal de los demócratas?

He leído con espanto cómo algunos de nuestros enfebrecidos liberales han calificado de racista el afán de exigencia académica del gobernador Jeb Bush. Lo hacen porque cuando se es exigente en los exámenes, la mayoría de los desaprobados son negros. Y no deducen de eso que los jóvenes negros estén peor preparados, sino que esa exigencia en los exámenes es racista. En realidad, aquí los únicos racistas son los liberales americanos. Son ellos los que creen que cuando a un blanco hay que exigirle 80, a un negro sólo hay que pedirle 55. No estoy de acuerdo. Cualquier joven que no tenga un mínimo de apoyo familiar tiene muchas probabilidades de fracasar en sus estudios, y luego en su vida. Los negros que han tenido el vigoroso apoyo de sus familias, como Colin Powell o Condoleezza Rice, saben brillar como el que más. Y si les ha faltado esa disciplina, lo que hay que hacer es enseñársela, y con la mayor urgencia posible. Así es como hacen en el ejército, que es la verdadera gran escuela de la nación.

Es criminal engañar a nuestros jóvenes, ocultarles su ignorancia y luego preocuparse porque no tienen autoestima. Pretender que tengan una autoestima que no se ha ganado es hacerlos vivir en un paraíso artificial. Es prepararlos psicológicamente para el mundo de las drogas. Eso es lo que hacen las escuelas públicas orientadas desde hace un siglo por un igualitarismo demente y la pedagogía ''progresista'' de la izquierda.

Todos los padres tienen que felicitarse de que el gobernador Jeb Bush, y el Presidente, estén tratando de elevar los estándares académicos de nuestras escuelas. Y todos debieran tratar de liquidar a esa caterva de demagogos que lucran a costa del fracaso de nuestros hijos.