En defensa del neoliberalismo

 

El nasserismo

 

Juan F. Benemelis

Luego de producirse la descolonización afro-asiática que siguió a la Segunda Guerra Mundial, en el tablero del mundo islámico ascendió al poder una generación de figuras que, si bien profesaban el Islam, buscaban consolidar el nacionalismo, separar la religión del Estado y modernizar sus naciones. Sus objetivos principales eran la modernización y el desarrollo económico en sus respectivos países, amén de la creación de la gran nación árabe. Los más destacados serían el egipcio Gamal Abdul Nasser, el iraquí Karim Kassem, el sirio Hasem El-Atassi, el yemenita Abdala Al-Salal, el tunecino Habib Bourguiba, el argelino Ahmed Ben Bella, el mauritano Mouktar Ould Daddah, el maliense Modibo Keita, el iraní Mohammed Mossadegh, el indonés Ahmed Soekarno.

El nacionalismo de posguerra en Túnez, Egipto, Siria, Argelia, Yemen e Irak ofreció a los musulmanes un intenso sentimiento de solidaridad común. Pero el derrocamiento del premier iraní Mohammed Mossadegh, en 1953, la crisis de Suez, en 1956, y la lucha contra Israel precipitaron a estos líderes nacionalistas al epicentro de la Guerra Fría. Pero el mundo capitalista rechazó al nacionalismo árabe -sin dudas racial al estilo decimonónico europeo-, por considerarlo un impulso retrógrado y haber "contribuido" y ser un producto del hecho colonial, cuando en realidad representaba la ruptura al bloqueo estructural de la sociedad islámica y una vía de acceso a la tecno-economía y la realpolitik de Occidente. La descolonización y el nacionalismo se plasmaron en una multitud de negaciones y oposiciones étnicas, religiosas, regionalistas, culturales, sociales que la de una voluntad de reinventar los espacios geopolíticos, y de reagruparse, en vez de dividirse más.

Europa no se percató a fondo de este detalle y asumió al revés el proceso descolonizador en el Oriente Medio, sobre todo a partir del famoso pacto de Bagdad, y echó su suerte al lado de las corruptas monarquías religiosas, movilizando al islamismo, la religión, específicamente contra Gamal Abdul Nasser, a la sazón el portaestandarte del modernismo en el Medio Oriente. Es innegable que la lucha nacional por la independencia fue monopolizada por la vieja aristocracia defensora de la tradición y de la ortodoxia religiosa. Occidente apoyó a estas decrépitas monarquías como si fuesen la avanzada del modernismo, cuando en realidad era una vuelta psicológica al pasado. La sociología política de Occidente ha vinculado la presencia de regímenes despóticos o autoritarios tercermundistas con la ausencia de tradición democrática y por sus estructuras segmentarias étnico-confesionales, comunitarias o regionalistas (Bertrand Badie y Pierre Birnbaum: Sociologie de l'Etat, París, 1979).

El secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles, optó por una política exterior, asumida por los británicos y franceses, de apoyar las monarquías islámicas de la región, ante la subida al poder de Nasser en Egipto y de otros líderes populistas de izquierda en el Oriente Medio. Así, Occidente aupó en el área a organizaciones islámicas ortodoxas, como Akhwan-ul-Muslimeen, para desestabilizar regímenes izquierdistas. En Indonesia, los militantes de Sarakat-a-Islam jugaron el papel central en las brutales ejecuciones de cerca de un millón de comunistas a manos del general javanés Mohammed Suharto en 1965.

La incongruencia de la utopía islámica con el laicismo es un caso reiterado en los anales del Islam, religión que no ha encarado su "iluminismo" que aísle lo religioso de la política. Sin la experiencia histórica de la secularización que atravesó Occidente, tiene lugar entonces una tensión histórica entre los paradigmas islámicos y la realidad práctica de la política moderna. El único ejemplo favorable es la secularización de Turquía por parte de Atatürk, el cual remodeló y modernizó su sociedad entre 1923 y 1928, aunque en la actualidad tal secularismo se halla bajo asedio. En su libro La paradoja de Atatürk, el especialista del Islam, Bernard Lewis declaró: "Después de la guerra perdida fundó Turquía y resistió a Occidente, pero estableció vías para la aceptación de la primacía de la civilización occidental".

Pero el nacionalismo árabe no es ni la criatura de Nasser ni la del Estado egipcio tiene sus raíces profundas tanto en las realidades geopolíticas regionales. Para los nacionalistas el objetivo es una comunidad de civilización y de empeños, así como la voluntad por una existencia colectiva a través del Estado. Con ello, los países islámicos se presentarán como depositarios de un patrimonio cultural común ante la arena internacional. Los nacionalistas consideraban a la unidad árabe en una jerarquía de valores más avanzada que el socialismo (Amin, París, 1982).

Aunque el nacionalismo y el "socialismo árabe" de pos-guerra fueron productos del Islam político sunnita, su carácter conservador le impidió aplicar un modelo viable de modernización, como lo ilustran las monarquías teocráticas conservadoras sunnitas de Arabia Saudita y del Golfo Pérsico, el extremismo de la sharia aplicada por los talibanes; y ello explica también la razón por la cual el presidente Nasser persiguiera con saña a la Hermandad Musulmana, así como la ambivalencia que mostrarían los nacionalistas con respecto al Islam.

"La hermandad musulmana en Egipto reacciona frente al racionalismo laico nasserista. El laicismo es un problema bastante importante. Consideran que su cultura esta siendo rechazada por el Estado (...) Ahora, si a eso le sumas los enfrentamientos con los Estados Unidos, con los países petroleros, los emiratos, da un caldo de cultivo para que la radicalidad de estos grupos que encontramos en el Islam rápidamente sea trasladada a categorías sociales y políticas" (Szvalb, Dossier 16)

El llamado panarabismo sólo trajo violentos resentimientos, el más candente de ellos sería el duelo de los árabes con Israel, proyecto de Estado que fue tomado como un "insulto" de Occidente. El fracaso del panarabismo y de su política económica, destruida por la explosión demográfica, el armamentismo, el despilfarro y la corrupción, y el conflicto palestino-israelí, generó una profunda crisis en la sociedad musulmana, potenciando el crecimiento del radicalismo, que buscó una identidad cultural y política de origen religioso, teniendo a Occidente como enemigo. El objetivo final fundamentalista era la implantación de un Estado teocrático donde imperase la sharia; un movimiento en esencia político que ambiciona el poder y manipulaba el sentimiento religioso.

Los sucesos se precipitan: la emergencia de Israel como potencia regional; la rebelión argelina; la Unión sirio-egipcia (1958); el derrocamiento de la monarquía en Irak; la crisis de los regímenes árabes desde el Atlántico hasta el Golfo con una serie de golpes de Estado y revueltas políticas; la formación de los No-alineados con Nasser; el acercamiento al bloque soviético. Muchos observadores políticos, influidos por la retórica pan-islámica de Arabia Saudita y pan-árabe de Egipto, anticiparon entonces la unidad del mundo árabe, la democracia en Irak, el consenso político pacífico en Siria y la expulsión de los judíos de Palestina.

La derrota árabe de junio de 1967 a manos de Israel puso punto final a este intento unitario al replegarse en las estrechas fronteras del Estado territorial y engendrarse sistemas más autoritarios. El nacionalismo no logro crear el imperio musulmán, ni el imperio árabe y tal frustración acarreó el hundimiento de las clases medias, saltando en pedazos el "consenso nacional". Pero el petróleo no restauró la supremacía o la unidad islámica, sino que engendró la arrogancia pueril y las escandalosas desigualdades, en un trozo planetario donde la industria no ha descollado Así, el extenso cuerpo islámico, en coma prolongada, dentro de una comarca llena de injusticias históricas y aberraciones étnicas, muchas heredadas del colonialismo, del imperio otomano y del petróleo, propaga cíclicamente los crónicos desvaríos anti-occidentales.

Los egipcios en el siglo XX fracasaron con todos los experimentos sobre diversas doctrinas seculares (parlamentarismo, socialismo, nacionalismo árabe), provocando el fundamentalismo y revirtiendo una tendencia que había comenzado con la ocupación napoleónica. Anteriormente desde El Cairo, las elites rectoras y pensantes obligaron al mundo islámico a que encarase sus flaquezas en 1948 -luego de la expulsión de los árabes del nuevo Estado judío- y en 1967, tras la Guerra de los Seis Días. Pero, en la actualidad, Egipto no goza de su pasada autoridad regional ante el protagonismo de Irak y Siria y el militantismo de Arabia Saudita e Irán. No obstante, Egipto nunca anidará una revolución estilo Irán, pues sus pobladores esperan siempre de sus gobernantes un comportamiento faraónico.

El hecho que la historia sólo registra el fracaso del nacionalismo desatado por el presidente Nasser y su vinculación final con el bloque soviético, empañan su intención modernizadora. Ese papel excepcional que desempeñó Egipto en la promoción de la ideología nacionalista árabe es el objeto principal de reflexión de Nadim El-Bitar, el cual, desde hace años, intenta desarrollar una teoría de la unificación del mundo árabe basada en la idea del Estado-eje que requiere toda unidad. Hemos visto que las condiciones objetivas y necesarias para la realización de la unión árabe, cada vez que se ha planteado, ha sido el peligro exterior, y que esta idea requirió de un Estado que sirviese de sólida base, y de un poder personalizado.

El caso del egipcio Nasser fue el más convincente. En efecto, nunca figura alguna a escala del mundo islámico gozó del beneficio de una autoridad igual a cuando fue promovido, espontáneamente y en unos pocos años de poder, a jefe indiscutido de todos los árabes, independientemente de sus orígenes geográfico, étnico o religioso. Y, sin duda, ningún estadista, en los tiempos modernos, pudo influir tanto como él en la conciencia de los árabes y en sus comportamientos políticos. Pero, paradójicamente, nadie fue más rechazado y detestado por las clases y élites políticas. Fue en realidad la confianza en su sinceridad y fidelidad más que en sus hazañas, lo que creó la popularidad del presidente Nasser y la elevó por encima de todos los otros jefes políticos. Pero aquí nos hallamos ante una actitud a la vez fundamental y peligrosa, pues así es cómo la política se hunde en lo emotivo y lo irracional.

El mundo árabe con sus numerosos traumatismos y la ruptura de la experiencia nacionalista ingresa en una época de descomposición general, de la ruptura entre los dos hemisferios del planeta, de la crisis de las instituciones y organismos de las Naciones Unidas.

¿Cuáles son las razones de este fracaso? El desorden económico y las rupturas de los equilibrios geopolíticos regionales multiplicaron los focos de tensión, como lo demuestran la guerra civil libanesa y la comparecencia de culturas rituales étnicas, tradicionales. El problema de las libertades políticas y de expresión, así como la flagrante contradicción entre  la continua reivindicación de la unidad, y su negación en la práctica alineó a los intelectuales en contra de tal proyecto. El nacionalismo concluyó como una ideología basada en el fetichismo de las consignas y los conceptos como pantalla a la realidad, emponzoñando el resentimiento con respecto a Occidente. Tras la muerte de Nasser se acrecentaron las inclinaciones mesiánicas de las masas desheredadas buscando al providencial jefe carismático (zaim, rais). Por eso el nacionalismo árabe tropezó con el problema de la autoridad, en el cual la lucha por la jefatura remplazó a la lucha nacional y no logró superar las debilidades estructurales del nuevo Estado, el cual se transformó en un fin en sí mismo y no cumplió con el intento modernizador.

Existe una tendencia política a cierto acomodo al modernismo de Occidente, como se manifiesta en Turquía. La corriente opuesta propone un enfoque más tradicional de la vida islámica y una impugnación a las formas occidentales y modernas, y se manifiesta en el fundamentalismo islámico de Arabia Saudita, Irán, Paquistán y Sudán, aunque activos en cada país musulmán.

Con la guerra del Golfo primero y la actual campaña contra el terrorismo, esta porción del planeta afronta una transición capital, donde un grupo de países con amplia diversidad de intereses (Paquistán y Arabia Saudita, por ejemplo), se ven obligados a la búsqueda de nuevas ideas y estructuras políticas, a la vez que coquetean con ciertas modalidades del fundamentalismo islámico y donde la visión totalitaria, a lo Sadam Husein, entra en declive. El poder de Saddam Husein no estaba enraizado en la cultura árabo-islámica, sino que tenía su espejo en el modelo europeo nazi. Ya los alemanes habían instalado allí, en 1941, un régimen leal con el nacionalista Rashid Alí Al Kailani, el cual propinó un golpe de Estado a la monarquía iraquí, inclinada a los Aliados, implementando el patrón nazi, apoyado por un partido similar al Nacional-Socialista: el Partido Baas. Ello encajó perfectamente en la tradición política de autocracia y obediencia.

En aquella época se trataba de renovar u occidentalizar al Irak y a Siria con el modelo europeo, fortaleciendo la autoridad central y debilitando las fuerzas de sus sociedades tradicionales (comerciantes de bazar, tribus, notables territoriales y dignidades religiosas) que habían sido un contrapeso interno durante la égida de los turcos y de la colonización. Así, estas agrupaciones tradicionales perdieron su influencia sobre los gobiernos y estados, pues la nueva burocracia y las élites políticas ahora procedían de otros estratos sociales.

El arquetipo nacionalista también falló al no poder liberar Palestina ni elevar el nivel económico de las masas. En realidad, lo que existe en Túnez, Turquía y en el actual Irak es, más bien, una autocracia de mentalidad democrática: el fracaso del mundo árabe para comprender su malestar. La doble vía de modernización, la de democracia popular a lo Argelia, o la economía de mercado a lo Irán del Shah, en ambos casos nos hace regresar a un pasado mítico de pureza y de cruzada contra el infiel. Por eso los iraquíes votaron según las inclinaciones de su pertenencia tribal y confesión religiosa respectiva. Túnez, que bajo Bourguiba se destacó por conceder ciertos derechos a las mujeres, en fechas recientes está dando marcha atrás a tales aperturas.

El colapso de los precios petroleros en los 1980 y las guerras ínter-árabes, produjeron una reacción cínica  y puritana en toda una progenie de jóvenes, ambulantes y frustrados, en los bazares mesorientales. Son los condenados de la tierra de que habló el escritor antillano Frantz Fanón; los rechazados de las buenas escuelas, los estudiantes nulos, los "disfuncionales" abusados en sus crianzas. Con su promesa de gobiernos más auténticos y virtuosos, estos militantes ansían el poder en casi todos los estados árabes; por eso el debate ya no es entre los defensores del orden secular o del religioso, sino entre quiénes van a gobernar a nombre del Islam. Es la tensión disparatada de toda nación islámica entre la ley divina, por un lado, y la realpolitik del Estado, por el otro. Las contradictorias y violentas reacciones ante el asunto de la fatua contra Salman Rushdie no sólo demostraron la existencia de un virulento fundamentalismo musulmán en suelo árabe, sino también revelaron la presencia de una fuerte tendencia opuesta y antirreligiosa.

Existe un mundo islámico moderado y reflexivo, con capacidad de hacer compatible los valores básicos de Occidente sin renunciar por ello a su propia cultura. Pero ocurre que las políticas occidentales imposibilitan que tal "moderación" adquiera fuerza. Con excepción del francés Charles DeGaulle, euro-América nunca aquilató el no-alineamiento de un Nasser de Egipto, Kassem de Irak, de un Abdullah Mohammed Al-Salal de Yemen, de un Mossadegh de Irán, de un Houarí Bumedián de Argelia o del partido Neo-Destour del tunecino Bourguiba. Al abortarse este nacionalismo a nombre de magnas cruzadas ideológicas, el Occidente polarizó la región, aupando teocracias fundamentalistas y monarquías clánicas que empantanaron, entre otras cosas, el diferendo palestino.

¿Hasta qué punto fue una táctica acertada del Occidente el haber jugado durante la Guerra Fría la "carta islámica" de las monarquías conservadoras y los grupos fundamentalistas contra el nacionalismo y su ideología del socialismo árabe?  Habría que imaginar una historia plausible si la vigente alineación de determinadas naciones islámicas con Occidente hubiese cristalizado en la década de 1950 ó 1960, cuando era intenso el impulso de modernización y emancipación nacional, empantanado por los soviéticos y excomulgado por las potencias europeas desde el conflicto del Canal de Suez en 1956. Como luego fue confirmado por las actuaciones del presidente egipcio Anuar el-Sadat, por los republicanos del Yemen, y los militares turcos. El nacionalismo árabe era mucho más receptivo y maleable para negociar cualquiera de tales crisis que los jeques islámicos agraciados por Londres y Washington.

En 1954, el presidente Nasser trató de reformar a los ulemas, y reprimió sangrientamente a los integrantes de la Hermandad Musulmana, que huyeron despavoridos. Después de la firma del tratado de paz con Israel en 1977, y en un gesto para con sus opositores radicales, el presidente el-Sadat permitió la formación de grupos y asociaciones islámicas. Igualmente, aprobó la enseñanza religiosa tolerando que los islamistas acapararan la educación primaria, donde predicaban contra la noción de nacionalismo egipcio, tildando a los faraones de raza corrupta y proponiendo demoler tumbas, pirámides y monumentos. Entre ellos se destacó el jeque ciego Abdel Hamid Kishk, furibundo opositor al presidente Nasser y prolífico escritor sobre temas islámicos, quien prometía un Paraíso pederasta a los que se inmolaran por el Islam: la erección eterna en compañía de jovencitos acicalados. Pero el presidente Hosni Mubarak aprendió de los errores de su antecesor Sadat y no se mostrado con carantoñas ante la oposición.

La evolución política tercermundista proveniente de la Guerra Fría, de un Estado-nación autónomo y soberano, está bloqueado pues hoy la política interna es inconcebible fuera de la estrategia internacional. No se logra la nación como identificación entre comunidad y Estado. Es el caso también del "arabismo" y su pretendida pertenencia a una comunidad, pero en un Estado-nación donde se desarrolla constituye su negación por estar bajo la sujeción de un sistema internacional, político y estratégico.

El problema que sigue y seguirá durante mucho tiempo planteándose, acerca del pasaje del Tercer Mundo a la democracia, no es si la libertad representa o no un valor universal (salvo que busquemos afirmar o confirmar a través de ella, cualquier reivindicación de superioridad occidental), sino discernir qué podrá significar exactamente el término libertad'' para poblaciones desmoralizadas, sometidas a los sistemas más autoritarios, si no francamente tiránicos fuertemente apoyados por grandes potencias. En este caso se podría intentar discutir, sin complejos ni voluntad de desvalorización, cuáles son las condiciones reales para promover la libertad a un estadio superior y universal. Entonces se sabría si aquellas naciones que se aceptan como bárbaras son capaces de respetar los  derechos humanos.

Si bien en distintos períodos de su existencia, el Medio Oriente resultó el centro de la civilización, este pasado le ha impulsado y compelido a la reproducción artificial de tal grandeza, tratando de recrear los días del Islam medieval cuando era centro político de un imperio que se extendía de los montes Pirineos al Asia Menor. El esplendor con que brilló el Islam con el califato de Córdoba, con el Bagdad de Harún Al Rashid o el Estambul de Solimán Kanuni, el Magnífico, le posibilitó brindar al Occidente "bárbaro" lecciones de ilustración.

Las sociedades islámicas, como modelos estáticos, arrastran una realidad histórica negativa (inacción, apatía, estatismo, encierro, conservatismo, uniformidad) como amparo ante la amenaza de cambio procedente de los "infieles"; amenaza que presentan como incompatible con su civilización por haber asumido la "anti-tradición". La reacción ante la influencia exterior siempre ha sido el enclaustramiento, como es la meta que enarbola el retorno a una primitiva mística religiosa con los movimientos fundamentalistas del wahabismo saudita, del mahdismo sudanés y del sanusismo en el siglo XIX, cuando se desata la colonización franco-inglesa.

Este Islam procura mantenerse fiel a su lanzamiento inicial, en nada antropocéntrico; a toda costa busca la idea de legitimarse elevando la tradición a niveles ideológicos, para así mantener a toda costa la adhesión a un pasado, que si bien fue glorioso en el presente se deteriora de manera lamentable. Sus defensores no cesan de calificar el vertiginoso desarrollo tecno-industrial de Occidente como una temporal imitación de aquellas viejas culturas que -como China, la India y la propia islámica- una vez atravesaron tal experiencia, la superaron y han asumido la virtud espiritual. Occidente, para ellos, se ha desviado del patrón esencial humano, de sus propias raíces con la ruptura que implicó la Reforma, mientras el Islam se recobra en las andas de las cualidades morales de su pasado.

Los fracasos de sus intentos de modernización han conllevado a la descomposición de las ideologías clásicas del poder y a plantearse seriamente si el "arabismo" es sólo un insignificante aspecto lingüístico glorificado como civilización. La integración de ese mundo a la globalización precipita aún más su desunión. En su futuro inmediato se vislumbran tres grandes conjuntos en razón de la similitud estructural y las experiencias nacionales: los países del Golfo, productores de petróleo; el Magreb más vinculado a Europa; y el conjunto Egipto, Sudán, Irak, Siria y Yemen.

En Marruecos, el monarquismo se impone al arabismo, al islamismo y al nacionalismo. En Túnez es persistente el esfuerzo por hacer una nación tunecina. En Argelia el islamismo se mezcla con el arabismo y nacionalismo. En Egipto, el nacionalismo se pierde en la ineficacia y la corrupción. En el Creciente Fértil, el Estado débil se manifiesta en la violencia y la sucesión de los golpes de Estado mientras los Estados del Golfo se defienden contra las veleidades nacionalistas.

Hay naciones, como Irán o Arabia Saudita, cuyo sistemas de gobierno provienen de la sharia, y otras, como Malasia y Jordania, que combinan estos principios tradicionales de justicia con otras fórmulas gubernamentales y sociales más modernas y laicas. En esta dinámica que nace con la descolonización, hay naciones que por mera supervivencia, como Argelia, Egipto, Arabia Saudita y Siria se han encarado brutalmente a estos fanáticos intolerantes. En 1982, Hafez el-Assad no vaciló en masacrar cerca de 30,000 sunnitas en la ciudad de Hama, sólo porque allí se refugiaban adeptos de la Hermandad Musulmana. En  Argelia la Hermandad Musulmana desató una viciosa guerra civil desde 1992, cuando el gobierno secular del presidente Chadli Benjedid rehusó aceptar los resultados electorales y decidió aplastarlos. La Hermandad respondió asesinando a las mujeres sin velo y a los intelectuales seculares. La experiencia de Argelia, y la represión que también experimentaron en Egipto y Siria les convenció de que el único recurso era la toma violenta del poder.

Los conflictos regionales, la megalomanía de los jefes, las oposiciones absurdas, el espíritu de competencia desleal entre las élites en el poder, la ausencia de responsabilidad colectiva, son la causa de una crisis histórica que hace resurgir los aspectos negativos de una experiencia de más de un siglo de búsqueda del progreso. Es la quiebra de una cultura política caduca, de una comunidad suspendida en el vacío de su pasado y su patrimonio,  cuya incapacidad de captar las nuevas realidades le ha impedido encontrar sus referencias en el universo de la modernidad.

Esta muerte de la esperanza sin proyecto colectivo, sin objetivo mínimo común, sin visión del futuro, sin política sólo tiene como solución el auto-suicidio, el cuestionamiento del patrimonio, del idioma, de la cultura, el rechazo de una identidad que descansa en la religiosidad y el culto al pasado.