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El fundamentalismo Islámico

 

 

Juan F. Benemelis

El mundo islámico dispone de una historia y un fondo religioso compartido, una continuidad geográfica y una lengua; sin embargo ello no ha logrado la integración pan-islámica, por la ausencia de un deseo político de unión. No existe la nación árabe, sino un conjunto diverso y contradictorio. Como expresa en su ensayo Antun Saçade: "La unidad de idioma no determina la nación, pero es necesaria para mantener su cohesión. Cada vez que el idioma es considerado como base de la nacionalidad, de lo que se trata es de expresar la necesidad de expansión y de extensión, como es el caso eh Alemania (...) El mundo del idioma árabe no constituye una sola nación, como tampoco el de los idiomas inglés y español. Cada una de las naciones que pertenecen a estos mundos lingüísticos elabora su literatura especifica, que redefine sus problemas, y expresa su psiquismo y su sabor en un idioma que constituye un rasgo común entre esas naciones y otras naciones" (La naissance des nations, Beirut, 1959, p. 154).
¿Que se entiende hoy como "religión musulmana" o mejor dicho como "Islam normativo" por parte de la mayoría de los musulmanes?
En el Islam existen las siguientes fuentes: El Corán, directamente dictado al Profeta por Dios; los Jadits (dichos del Profeta) y la Sunna (tradición profética).  La Sharia, considerada como Ley musulmana divina, elaborada en los primeros siglos del Islam, jugó un papel central durante sus conquistas, para asentar un orden social común a los musulmanes, un marco jurídico y religioso "transnacional". La Sharia se mantiene como la fuente del Derecho civil actual en la casi totalidad de los países musulmanes. Muy pocos Estados aplican una sharia "integral" pero todos "islamizan" su edificio legislativo bajo la presión del islamismo político, ya sea instrumentalizando la fe religiosa a favor del régimen, como en Egipto, Argelia, Marruecos y en Irak a partir de 1991.
En su libro A History of God, Karen Armstrong escribe sobre el origen de la religión islámica fundada por Mahoma a comienzos del siglo VII. Relaciona su surgimiento con transformaciones significativas en las circunstancias de la tribu de los qoreichitas de la región de la Meca, a la cual perteneció Mahoma, específicamente con un cambio rápido y dramático de una vida nómada en las estepas arenosas a una próspera en el comercio de la región en lo que hoy es Arabia Saudita, acompañada de los correspondientes cambios ideológicos. De acuerdo con Armstrong: "a causa de las grandes transformaciones en su modo de vida, a los antiguos valores de la tribu los suplantó un capitalismo desenfrenado y despiadado".
El Corán era una perspectiva idealizada, propia de un beduino bajo las condiciones materiales y sociales en la cuales vivió Mahoma. Esta perspectiva no representa la percepción o la voluntad de algún Dios eterno, trascendente, omnisciente, omnipresente y omnipotente, sino la de un individuo y su entorno. El Islam se divide entre las tendencias sunita y chiíta. Los sunitas, que son la mayoría, se apoyan tanto en el Corán como en la "sunna", que es el comportamiento o el ejemplo de Mahoma y de la primitiva comunidad musulmana. Los chiítas, alrededor del 10% del mundo islámico, son los seguidores del califa Alí, el yerno y genuino sucesor de Mahoma como líder del pueblo musulmán, que fue asesinado. Los chiítas creen que los descendientes de Alí deben ser los guías del islamismo. Una tercera escuela es la de los sufíes, que son los musulmanes experimentadores de una experiencia mística con Dios, que rechazan el conocimiento intelectual, entregándose a las prácticas supersticiosas.
Mahoma fue el primer fundamentalista y su imaginario Alá, una deidad intolerante e injusta, que considera a  los creyentes de otras religiones, como seres inferiores, que nos ha traído al hombre-bomba, la lapidación de la mujer, la ablación del clítoris, la burka, la yihad, la profanación de lugares santos para orinarse en ellos, la sumisión de los judíos y cristianos. La pregunta y el análisis del momento es si este alarido de violencia y fundamentalismo del Islam marca su declive total o, por el contrario, su apogeo. Este es el tema que tratan los especialistas en las sociedades musulmanas como Oliver Roy, François Burgat y Gilles Kepel.
Mahoma entendía que se necesitaba una visión que ayudara a adaptarse a tal nueva situación. "La religión islámica de aquella época, recibió una variedad de influencias, especialmente del judaísmo y el cristianismo, que tenían creyentes en la región. A partir de todo eso, Mahoma estableció un nuevo credo que combinaba aspectos de esas religiones y tradiciones monoteístas con las de las tribus beduinas, una insólita síntesis capaz de trascender y superar las divisiones tribales "una nueva espiritualidad que se ajustaba en forma muy especial a sus propias tradiciones" (A History of God, Karen Armstrong).
¿Es que la Edad de la Razón y el Iluminismo, con su devoción a la lógica, dejaron detrás un sentido de vacío que sólo ha podido llenarse con la fe primitiva?
¿Es que las masas sienten que la tecnología las ha dejado sin poder, que ha despersonalizado tanto a la sociedad moderna y a los asuntos humanos que se requiere de prácticas religiosas extremas para concederle sentido a sus vidas?
Si la respuesta a tales preguntas es afirmativa, a la sazón la humanidad ha cambiado de dirección de un proceso de secularización en el cual se embarcó hace cinco siglos; y entonces se puede sumariar de que el mundo se halla en los comienzos de un cambio.
El término fundamentalismo en Occidente está vinculado a una corriente protestante que tenía fe en su pureza original, producto de la lectura literal de las escrituras. Pero los fundamentalismos cristianos contemporáneos no descansan, como el Islam, en la teocracia y en el proselitismo a punta de pistola. El judaísmo se niega al proselitismo y los códices cristianos desaprueban la violencia. Sin embargo, muchos políticos y pensadores moderados islámicos, tratando de justificar el extremismo, como el filósofo sirio Sadiq Al-Azm, plantean que el término fundamentalismo occidental encaja con el islámico. (Viorst, 2001, 20).
Encontramos también en Occidente autores que tratan de igualar los extremos religiosos del Islam con los del cristianismo y el judaísmo. Entre ellos figura Ernest Gellner, para el cual "la idea fundamental es que una fe determinada debe sostenerse firmemente en su forma completa y literal, sin concesiones, matizaciones, reinterpretaciones ni reducciones. Presupone que el núcleo de la religión es la doctrina y no el ritual, y también que esta doctrina puede establecerse con precisión y de modo terminante, lo cual, por lo demás, presupone la escritura". Esta definición la aplica Gellner tanto para cristianos, judíos y musulmanes como para distintas sectas que cuentan con su propio texto sagrado. Aunque está en muchas religiones, el fundamentalismo está en su apogeo en el Islam (Gellner, 1994).
El vocablo fundamentalista corresponde con la revolución del ayatolá Jomeini contraria a la modernización occidental. El término se usa indistinta y erróneamente con el de "islamismo", sobre todo cuando se aborda la vertiente política. Sus principios más genéricos resultan la unidad religiosa para transformar el Islam en un poder universal, la implementación de la sharia o ley islámica y la liberación de Palestina y Jerusalén. Se interesa solamente por la religiosidad, y fomenta una especie de fe que no se relaciona con la cultura o la teología, mezclando a menudo el radicalismo religioso con el radicalismo político terrorista. Su método exige consistencia con su verdad y simplicidad; una visión exclusiva que no vislumbra más allá de su pequeño círculo, que no razona, no evalúa, no dialoga frente a la opinión, modo de vida o cultura de los demás: el enemigo.
No tratan de imponer literalmente la era de Mahoma, sino que buscan un híbrido, injertando antiguas tradiciones en la sociedad actual. Es un conjunto de postulados que afirman la infalibilidad de los textos sagrados, como el Corán, el respeto irrestricto a las ceremonias litúrgicas que promueve la inamovilidad y veneración de la tradición orientada hacia una anti-modernidad. Es, sin dudas, una versión moderna de la vieja teocracia y origina regímenes políticos intransigentes y conductas sometidas al dogma, con una peligrosa mezcla de fanatismo con exaltación política, que pretende regir tanto la vida pública como privada del individuo.
El fundamentalismo, no es de tipo religioso; es un movimiento de interpretación jurídica para la reconstrucción de la sociedad política de tiempos del Profeta Mahoma. El fundamentalismo surge en la ciudad de Ismailía, hacia 1930, fundado por Hassan El-Banna, el cual muere bajo las balas de la policía del rey Faruk en Egipto, en febrero de 1949. El movimiento fundamentalista islámico nace como una recuperación "ideologizada" de valores religiosos pasados, con la imagen de un Islam en guerra que deberá vencer contra el Satanás; es la ira religioso-ideológica por la derrota musulmana a manos de la civilización cristiana europea.
La resurrección del puritanismo islámico es sólo el gesto desesperado de un diseño religioso arcaico, hoy amenazado en sus pilares básicos por el estado secular, por el empuje del modernismo, por el desenfrenado avance científico y tecnológico que atraviesa el planeta: el drama de una visión dogmática que rehúsa renovarse y se resiste a ceder el terreno de la sociedad civil. En los países musulmanes con Estados Islámicos y en los países de Occidente con gran cantidad de inmigrantes musulmanes, una crisis política se convierte en una oportunidad para proclamar el gobierno de Alá (Kepel, Barcelona, 1995a). El fundamentalismo proviene del fondo beduino, religioso y conservador, xenofóbico y sospechoso de lo foráneo (el inicio con Mahoma en Medina); contrario a la médula doctrinal islámica que parte de una cultura urbana y comercial (el Califato de Bagdad, de Córdoba o de Estambul), más adecuado para la renovación.
La prédica demagógica del fundamentalismo, o islamismo, tiene su caldo de cultivo en el hecho de que su mundo no ha procurado ni puede conseguir aventajar a Occidente en prosperidad, riqueza y poder. Su beligerancia no sólo tiene asidero en las mezquitas y las prédicas de cadíes, mullas, imanes y ayatolaes. En su intento por forzar la conversión y combatir el secularismo muchos se apoyan en las ideologizantes  madrazas; otros practican la violencia y la guerra religiosa para intimidar o derrocar gobiernos. Para sus guerreros en espíritu el mundo es un campo de batalla entre el bien y el mal.
Estos movimientos islámicos pueden catalogarse como una reacción a la modernización y occidentalización de su cultura y también como resistencia al colonialismo. Se predicaba el retorno al esplendor de la otrora civilización islámica argumentando que su declive radicó en el abandono de las viejas costumbres. Esta tendencia conservadora conocida como salafiyya, considera que la sharia (código normativo) se adapta a la época contemporánea y por tanto aboga por el retorno a las raíces del Islam. En su declarada hostilidad, a la secularización, abogan por un Estado islámico, en el cual la sharia tiene que ser impuesta desde la cúspide del poder a toda la sociedad, para reestructurar las relaciones e instituciones sociales y culturales según los preceptos y normas tradicionales.
Es el credo politizado y fanatizado que culmina en la violencia y el terrorismo y muchos de los actos de los Estados e individuos sólo califican como bárbaros y medievales. Amén de la superstición y el extremismo religioso, de la ignorancia, la falta de derechos humanos, la lapidación hasta la muerte de mujeres violadas o acusadas de relaciones sexuales, las mutilaciones genitales femeninas, la reclusión forzada de la mujer dentro de sus casas, existen y figuran la decapitación de rehenes inocentes, las penas de muerte y los asesinatos por razones religiosas, la cercenación de manos y pies, el asesinato por honor basado en simples sospechas. Los atentados suicidas con bombas, y el terrorismo figuran como los mayores logros de los estados musulmanes bajo la influencia de los petrodólares Sauditas e iraníes.
El islamismo no es un sistema monolítico, y si bien todos sus fieles toman su inspiración de Mahoma y del Corán, pueden identificarse muchos grupos y movimientos. "Lo que distingue al fenómeno del fundamentalismo islámico es el hecho de que se trata de un pensamiento que también se pone de manifiesto en forma de sentimiento. No es una organización, y en muchas ocasiones tampoco un movimiento. Todo comienza con las ideas de algunos pensadores y su lectura de una situación en la que el Islam es considerado como una religión marginal en los propios países islámicos. Dichos pensadores logran atraer a ciertas personas que generalmente no comprenden esa idea. Esto es algo natural, así como mucha gente se hizo comunista después de haber leído El Manifiesto, y quizás ofrendó su vida con una fe ciega en algo que comprendía tan sólo parcialmente, pero que resultaba suficiente para explicarle el mundo e impulsarla a la acción" (Sivan, 2006). Estos mensajes fueron compilados más tarde y registrados en el Corán.
Es un ideario totalitario de nuevo cuño que, igual al fascismo, se funda en una historia remota mitificada, en los tapices fascinantes y los minaretes de fábula de las Mil y Una Noches, en la excepcional expansión y conversión conseguida en sus primeros siglos, en los campos de batalla de España a la India, en un ideal de esplendor imperial de una supuesta perfecta sociedad pasada que contribuye a la poderosa fe interior de sus creyentes. Este credo universal no se limitará a la consolidación y la conservación del poder en un país, sino que buscará su exportación. Así sucedió con la instauración del imperio árabe que se extendió al África sub-sahariana, a la Europa central y septentrional.
En su alcance global e intenciones agresivas el fundamentalismo guarda similitud con el comunismo. El estudioso francés Roger du Pasquier nos expresa: "Los teóricos de mayor autoridad en el seno de los movimientos integristas y activistas comprometidos del mundo musulmán, a pesar de su rechazo formal y superficial de Occidente, manifiestan en realidad una contaminación de pensamiento de las concepciones occidentales modernas (...) Las de las fuerzas subversivas que desde hace dos siglos han provocado tantas revoluciones y violencias en Occidente, Oriente y hasta en China" (Pasquier, p. 34).
Por ejemplo, Dajmal El-Din Afgani (1839-1897) que había bebido las doctrinas europeas de su época, desde Londres atizó la insurrección iraní. Mohamad Abduh (1849-1905), su continuador, predicó ideas progresistas europeas de tipo anticolonialista, mientras en la India, Sayed Ahmad Kahn (1817-1898) encabezó el nacionalismo musulmán. Mohammed Ikbal (1873-1938), un admirador de Georg Wilhelm Hegel, Friedrich Niestzche y Henry Bergson, formuló al actual Paquistán, y su discípulo, Abdul Ala Maududi (1903-1979), fuertemente modernista, predicó una tercera vía entre capitalismo y comunismo, siendo considerado el padre del fundamentalismo moderno (Pasquier, pp. 56-64). La mayoría de los teóricos y representantes del fundamentalismo obtuvieron su educación universitaria en Occidente. El sudanés Hassan Al-Turabi se diplomó en Oxford y la Sorbonne, y el millonario Osama Ben Laden fue educado en el colegio Le Rosey, en Suiza (O Globo", 25-9-01; "O Estado de S. Paulo", 30/09/01). Los argelinos Ali Benadí y Abasi Madani aprendieron en Europa; por eso sus escritos reproducen el virus revolucionario occidental en un caldo de cultura estancado.
El fundamentalismo es un fascismo a la musulmana no solo por su anti-semitismo sino por su aversión a la pluralidad democrática y a la libertad personal. El fenómeno del fascismo islámico ha sido detallado por el francés Alexander Adler en su J'ai vu finir le monde ancien (París,  2002,  69). Asimismo, la revista Le Meilleur des mondes, publicada por la editorial Éditions Denoël apuntaría en varios artículos la necesidad de sacudir la complacencia europea ante el Islam y asumir una actitud anti-totalitaria (el Arthur Koestler, notre contemporain, de Michel Laval). Algo que también se planteó en el manifiesto firmado por destacados intelectuales islámicos y franceses como Bernard Heni Levy y Carolina Fourest: "Luego de haber vencido al fascismo, el nazismo y el estalinismo, el mundo enfrenta una nueva amenaza global de tipo totalitario: el islamismo" (Hebdo, 2006).
Bernard Henri Levy ha denunciado la connotación fascista y el peligro totalitario de Hamás y de HizbAllah, movimientos manipulados por Siria e Irán (Le Point, 07-20-2006). El periodista norteamericano William Kristol también presenta al islamismo como un nuevo peligro comparable al estalinismo y el nazismo (Weekly Standard, 07-15-2006). Toda la prensa de Francia se alarmó ante las declaraciones del ex ministro de Educación Luc Ferry, el cual comparó el desarrollo del islamismo con el auge del nazismo (Apathie <http://www.rtl.fr/info/chroniques/chroniquesint.asp?dicid=412431&rubid=17311>, 2006). El ministro alemán de Relaciones Exteriores, Joschka Fischer se refirió al fundamentalismo islámico en términos semejantes (Servicio de prensa del ministerio alemán de Relaciones Exteriores, 05- 28-2004).
Zbigniew Brzezinski en su artículo Totalitarianism and Rationality (1956, pp.751-763) define al totalitarismo como las técnicas de manipulación y de dirección de las masas, al servicio de un objetivo que consiste en sustituir el pluralismo por la uniformidad. El sociólogo Raymond Aron había afirmado que el totalitarismo monopolizaba la actividad política, establecía una ideología oficial de Estado, se aseguraba el monopolio de los medios de fuerza y de comunicación; el control de la economía por el Estado y la instauración de un terror policial e ideológico (Aron, 1958).
Pero no toda la culpa reside en cómo es el Islam ni en el fanatismo de sus partidarios, sino en el poco caso que se le ha prestado a ambos. No hemos meditado un escenario en el cual Irán logre producir la bomba atómica, o que Paquistán, que tiene la bomba nuclear, caiga en manos de los fundamentalistas. Algo parecido sucedió con Mein Kampf que no fue tomado en serio. Mai Yamani, profesor del Royal Institute of International Affaire, en Inglaterra, y autor del libro La cuna del Islam, considera que los factores precipitadores del fundamentalismo son la globalización, el acceso a Internet y a la televisión satelital árabe. El yihadismo del Tercer Milenio constituye un hecho nuevo, una nueva tragedia, una tierra incógnita de la confrontación en la cual la categoría política, sociológica e filosófica, válidas en el Novecientos y para el Novecientos, hoy resultan obsoletas e insuficientes para interpretar el fenómeno del terrorismo, con el peligro de que se están delineando escenarios presentes con perspectivas del pasado. El totalitarismo de nuevo cuño incubado por las disquisiciones teológicas de los mullah que exhortan a la furia colectiva y reclaman armamentos nucleares.
Ortodoxia, modernismo y fundamentalismo tienen diferentes visiones del Islam, y su adversario común es la secularización. La diferencia entre el musulmán ortodoxo del modernista y del fundamentalista estriba en la Sharia. Los ortodoxos mantienen que es perfecta: los modernistas consideran que siendo obra de humanos debe ser reinterpretada constantemente, los fundamentalistas manifiestan que el Islam es indiferente a los cambios y que cualquier re-examen debe ser a la luz de mantener la pureza original. Lo que está en juego en este debate es la dirección que tomará la civilización islámica en su relación con el mundo real.
La ortodoxia islámica en sus imperativos sociales ha probado la ventaja de preservar la solidaridad sin recurrir al dinamismo y a la originalidad. Hace diez siglos que la ortodoxia derrotó la tesis de que la razón debe ser un instrumento para arribar a la verdad, premisa que fue argumentada por la disidencia teológica, la única que ha existido en toda la historia islámica, que se llamó mutazilita. La ortodoxia que se consolidó en el siglo X, se mantuvo sin cambios, creando un espíritu de adherencia rígida a la tradición, que hoy es una barrera para restaurar el vigor de la civilización islámica. Sólo en el siglo XX fue que la ortodoxia tradicional del Islam, que nunca se preocupó por las masas, tuvo que enfrentarse seriamente con los disidentes, los "modernistas" por un lado y los "fundamentalistas" por otro, desempeñando hoy el papel que en el Occidente asumió la cristiandad, hasta que el monopolio intelectual de la religión fue quebrado por los ideales seculares del Renacimiento.
El fundamentalismo islámico tiene sus raíces en un fenómeno secular, social y económico. Sin dudas, en todo este resurgir del fundamentalismo ha tenido que ver la crisis de legitimidad de los Estados surgidos de la independencia, el agotamiento de la clase política que se legitima con la descolonización, la dependencia de los Estados con el "Occidente corruptor". El radicalismo islámico se debe al fracaso de la modernización, pese al petróleo y el fin de la Guerra Fría, a la decadencia de los regímenes islámicos tradicionales y a la debilidad del socialismo revolucionario. Sus adherentes abrazan el pendón islámico por razones mundanas, por protestas seculares como el desempleo, la corrupción, la disparidad de riquezas y las brutalidades gubernamentales.
El islamismo es un movimiento de las clases bajas y medias urbanas y rurales; sus militantes se presentan como "hombres jóvenes, nuevos", dispuestos a tomar el relevo de la vieja generación proveniente de la lucha contra el colonialismo. Es la reacción al fracaso de los regímenes y corrientes de pensamiento nacionalistas que brotaron a partir de la Segunda Guerra Mundial. Es la repulsión al trauma de la modernidad con su devoción a la ley sacra, su rechazo a la influencia occidental y la transformación de la fe en ideología, una doctrina parangonable a las ideologías del siglo XX; una versión con sabor islámico de las ideas utópicas radicales de nuestro tiempo: el marxismo-leninismo y el fascismo.
El fundamentalismo funciona para los des-culturizados. El fundamentalismo hoy en día no es la afirmación de una cultura de origen, es a la vez un producto y una consecuencia de la globalización. Cuando vemos las teorías, como la de los wahabitas saudíes, de los salafitas, de movimientos que no son salafitas, o los talibanes, todo su discurso nos resulta anti-cultural, insisten en separar lo religioso de lo cultural, porque el mensaje religioso es universal y ha sido corrompido por la cultura, no solo la occidental, sino por las culturas tradicionales. Por eso los talibanes buscaron destruir la cultura tradicional afgana, y los wahabitas rechazaron también lo cultural, el sufismo, el folclore, las costumbres de los campesinos, las novelas, la poesía, la música, etcétera.
El fundamentalista es casi siempre un individuo citadino, desconectado con el campo, que ofrece un modo de vida que rechaza en su totalidad la cultura popular, el consumismo, el individualismo, a favor de un totalitarismo basado en la fe. Pese a sus ingentes ingresos petroleros el mundo árabe, inmerso en conflictos regionales, y pleno de extremismos, cuenta con 32 millones de malnutridos, muestra un lento crecimiento de la renta per cápita, con 65 millones de analfabetos, dos tercios de ellos mujeres.
Por eso existe una analogía entre el papel del Islam hoy día en Irán, por ejemplo, y su momento inicial cuando Mahoma vivía. La similitud es producto de la convulsión masiva de la sociedad moderna, la trashumancia del campesino y la urbanización, entornos en los que prospera al fundamentalismo islámico. Ha sido la crisis económica en Egipto, en Argelia y en Gaza lo que provocó el fundamentalismo islámico y no al revés. Los pobres, los vulnerables sociales, psicológicos y económicos de las congestionadas urbes del mundo árabe son sensibles a las promesas del milenio, a la intoxicación de los textos religiosos sagrados.
No desconcierta, luego, que después de la bestial batalla ruso-alemana del "arco de Kursk", de las cámaras de gases de Auschwitz, de la bomba atómica en Hiroshima, luego de esos terribles acontecimientos que ocurrieron en el mundo ilustrado y tecnológico, y después de los sucesos acaecidos en Manhattan el 11 de septiembre del 2001, que  proyectan una nueva situación internacional, con nuevos y viejos actores ¿puede creerse en el Dios del progreso? No asombra, entonces, que el humano se sienta abandonado; de ahí el japonés Francis Fukuyama apunta que "Si los hombres del futuro buscan nuevas luchas y retos, las consecuencias pueden ser todavía más horrendas porque ahora disponemos de armas que permiten la destrucción en masa instantáneamente".
Ese trastorno de la vida tradicional se relaciona con la desintegración del bloque soviético, el fenómeno de China, la actual modernización y globalización de Occidente, para los cuales, el fundamentalismo islámico ofrece en los bolsones marginales una seguridad ante el temor al vacío de valores y una forma de resistencia. Puede decirse que el fundamentalismo islámico cobra fuerza en este sector de desplazados y emigrantes provenientes de los países donde el Islam es una religión importante, como Paquistán, Turquía, Argelia, Irán. En ellos repercutió el mensaje del ayatolá Jomeini durante el transcurso de la revolución iraní a fines de los años 70.
En gran medida, abrazar el islamismo implica oponerse a una cultura y una religión europeas percibidas como opresivas, en las cuales se vive y trabaja: Este sentimiento dice sencillamente que los musulmanes deben retornar de alguna manera a ciertos principios del pasado, a su cultura auténtica, a fin de evitar su desaparición del mundo (...) En este contexto, el movimiento radica en su motivación básica como corriente cultural, que pasa muy rápidamente por un proceso de politización con base cultural" (Sivan, 2006).
Al buscar su reivindicación, el Islam ha devenido en un proyecto político para eliminar a sus adversarios y asumir el poder en el mundo entero, transformándose así en una ideología "anti-divina" y "anti-humana" sin principios, al mezclar poder-religión a nombre de Dios. El ascenso de este islamismo coincide con la política de difusión ideológica y religiosa sembrada por la Arabia Saudita, financiada por las ganancias petroleras. Arabia Saudita es el petro-Estado corrupto, intolerante con su wahabismo puritano guardián del Islam, el único garante de los derechos humanos. Es el fundamentalismo wahabita que se nutre de la experiencia de Mahoma en Medina, de un Islam mezclado con la política. La ideología marxista era lo mismo, sólo que sin Dios. Es una forma moderna que quiere restaurar la ley islámica con los instrumentos de la política del siglo XX y se concentrar en la moral más que en la política. Sus distintas tipologías van del ultra-progresista, progresista, conservador, fundamentalista hasta el ultra-fundamentalista (Introvigne, Editorial Piemme).
Un Estado fundamentalista es, por definición, el medio principal para promover su programa, una institución cruel que no respeta las reglas y que genera miseria, amén del terrorismo como su instrumento. Así, con resultados desastrosos, asumió el poder en Irán, Sudán y Afganistán, convirtiéndose en el principal partido opositor en Egipto, Turquía, Arabia Saudita, y adquiriendo una influencia notable en el Líbano, Paquistán y Malasia.
En su contienda no distingue entre objetivos militares y civiles y la fuerza de su aparato ideológico "fanatizante" y totalitario es un arma usada por un Estado débil militarmente, como lo fue el Talibán, incapaz de enfrentar a su enemigo en campo abierto, o de un movimiento que aún no ha asumido el poder y que no cuenta con medios suficientes para organizar un ejército, como Hamás o HizbAllah. Ha sido el tema de los salafistas argelinos que han tratado de imponer el regreso a un modelo de sociedad ya obsoleta; el del Movimiento de Liberación de Kosovo que organizó atentados con bombas en pleno centro de Pristina; el caso del gobierno chechenio exilado que organiza atentados en Rusia (Deltombe, septiembre 2004).
Para muchos la alternativa al fundamentalismo islámico actual es un Islam conservador. Si bien el mismo no acepta la separación radical de la Ilustración ni la fusión fundamental entre religión y cultura, busca una autonomía de la cultura y de la política que no impida a la religión presentar su posición en este campo, como el ejemplo del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan.
La censura que los modernistas hacen del fundamentalismo es que éste existió siempre como una corriente minoritaria que nunca llegó a influir directamente en los estados islámicos, y que para entender lo que actualmente sucede no hay que mezclar el Islam con el integrismo, algo que, por supuesto es incorrecto. Si bien aceptan que existen otras religiones con una imagen más abierta al lado de otras que parecen más encorsetadas, arguyen que tal razón no debe llevarnos a estereotipar al Islam, pues lo que está en discusión es la misma esencia de la religión islámica (Amin Maalouf).
Pero el fundamentalista rechaza la separación religión-Estado e intenta cambiar la sociedad con la violencia, como el predicador de Al Jazira, el jeque Yusuf Al-Qaradawi, como Osama Ben Laden, como los grupos de culto wahabita. Los islamistas califican de dictaduras laicas a Egipto, Túnez, Marruecos, Argelia, Turquía, Jordania y se oponen a que las mujeres, atrapadas en círculos endogámicos, puedan votar o manejar autos, denuncian toda legislación que les permita divorciarse de maridos abusadores, viajar sin permiso masculino o lograr representación en los parlamentos y las burocracias estatales. La mujer enfrenta la segregación doméstica, el matrimonio forzado y sin derecho al voto. Muchos neo-natos mueren por falta de asistencia médica durante la gravidez y el parto, algo que es negado ya que los médicos, enfermeros y paramédicos son en su mayoría hombres y no pueden tocar a la paciente.
El fundamentalista aspira a crear un nuevo orden, enfatiza en la comunidad y crea una ideología política. El líder islamista conoce las ciencias de Occidente pero no lo inserta en su medio; ignora la tradición y todo el corpus del saber islámico y fomenta una versión extrañamente protestante del Corán. Por lo general, se halla impaciente para atacar a Occidente, habla en su lengua, y tiende a utilizar la tecnología, visitando a través de la Internet a centenares de sitios islamitas. François Burgat y William Dowell han detallado este contraste en su libro co-editado: The Islamist Movement in North Africa.
Es cierto que el mundo árabe de hoy es lo que más rememora a la Europa cristiana medieval inmersa en el control de la curia, pero en él, los ortodoxos mantienen sus posiciones. Pero el fundamentalismo islámico no es un pronunciamiento de protesta tercermundista, ni es un movimiento de liberación nacional, como la revolución constitucional persa de 1906, la reforma turca de Kemal Atatürk de mediados del siglo XIX o las revoluciones árabes socialistas y populistas de Argelia, Libia, Egipto, Irak y Yemen. Los fundamentalistas proponen el retorno al siglo VII y los modernistas proponen que la sociedad islámica debe correr riesgos para reconstruirse bajo líneas más sólidas. La gran mayoría en el mundo islámico quiere verse gobernada por alguien que hable a nombre de Alá; esa es la razón por la comparecencia de tantas sectas disidentes en la historia del Oriente Medio.
La apertura al futuro se vislumbra llena de incertidumbres para el Islam y por eso fue suplantado por una acción tradicionalista que sobreestimaba los valores del pasado en busca de una segura estabilidad del poder político, minimizaría su retraso al precio del desfase con las ciencias y la reclusión cultural. En su alineación "occidentalizante" fruto de su retardo cultural en aumento, el porvenir de la nación árabe se sigue relacionando con las verdades absolutas de su mundo medieval: la lengua de Al-Jahiz, la escolástica de Al-Ashari, el misticismo de Al-Gazali (Laruí, A. 1991, 197). Mientras la ortodoxia (los wahabitas de Arabia Saudita, el imanato yemenita) no compara a su mundo islámico con el exterior, los modernistas (el baasismo sirio e iraquí, los hachemíes jordanos, el nasserismo), y los fundamentalistas (Talibán, Hermandad Musulmana, ayatolás iraníes, Hizballah) si lo hacen, y ambos resienten la preeminencia material e intelectual del Occidente, a las que promueven respuestas diferentes.
Para los árabes, las ciencias occidentales se tienen como un instrumento racional de dominación y de control social. Pero hay algo que está desmoronando esta manera maniquea de interpretar su pasado y la organización de sus sociedades: el Occidente industrial, con su historia-progreso, su racionalismo económico, su realpolitik, su cultura humanista (Laruí, A. 1991, 11). Salvo en términos espirituales ya la civilización islámica no es igual a la cristiana y la judía. El Islam es hoy mas cerrado a las ideas exteriores que en tiempos del brillante pensador Ibn Jaldún. Los historiadores futuros, al disponer de una mejor perspectiva, un día denominarán la segunda mitad del siglo XX como la etapa de los fundamentalismos: los católicos y protestantes en Occidente, los musulmanes en el Oriente Medio. En nuestros tiempos sólo podemos tratar de hacer las preguntas correctas.
En el mundo islámico es la percepción y no la realidad histórica lo que prevalece, lo que hace funcionar la dinámica de sus sociedades. La tabla de valoración no parte de las veces que Israel ha desbaratado a los ejércitos árabes, o la forma impresionante en que Estados Unidos aniquiló el vasto ejército iraquí. Esta tradición mítica se convierte en subversiva frente al Estado-nación, aunque muchos de sus rasgos muestran un mimetismo con aspectos de la modernidad y su doctrina se ha conformado sobre bases ilusorias a saber;
Este falso juicio es semejante a la errónea ilusión argelina de que logró su independencia derrotando militarmente a Francia, ignorando que la evacuación militar francesa se debió al aislamiento diplomático y a la lucha política doméstica con el gaullismo (Leveau, 1975). Es también la falsa noción de los muyahidines afganos de haber logrado una "victoria" militar sobre el ejército soviético en Afganistán, desconociendo que fue una retirada producto de un problema general del sistema comunista y de la nueva política que inauguró Mijaíl Gorbachev. Lo más triste del caso es que ello ha conformado la creencia mitología de que es posible entonces desbancar a Israel, e incluso aplastar militarmente a los Estados Unidos. De ahí la actual violencia armada como política contra Occidente, la transferencia de la yihad de Afganistán a los corruptos gobiernos musulmanes pro-occidentales, al Irak ocupado por Estados Unidos e Inglaterra.
El desconocimiento brutal sobre la literatura, la política y el credo del espacio islámico,  ha tenido repercusiones funestas para el mundo contemporáneo. Es notorio cómo durante los últimos años pasaron inadvertidos acontecimientos trascendentales de tipo intelectual y religioso, producto de que el análisis habitual siempre ha enfocado sólo aquello que ocurre en los polos industriales del planeta. El ascenso del Medio Oriente a punto de tensión internacional se asienta en varios ingredientes: el conflicto árabe-israelí con su secuela Palestina; la ortodoxia religiosa; el ultra nacionalismo de Egipto, Libia, Siria, e Irak; el imperativo geoestratégico del petróleo; y la flamante irrupción de los ex estados soviéticos islámicos del Asia Central.