En defensa del neoliberalismo

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Las raíces del terrorismo 
 

 

Juan F. Benemelis

Las raíces del terrorismo son muy complejas, es difícil pensar que de solucionarse los conflictos cesará el terrorismo. En efecto, para todo ese mundo durante mucho tiempo sometido, colectiva e individualmente humillado, que vivió casi sin futuro, desesperado con tantas derrotas y  frustraciones, el discurso sentimental de la dignidad y grandeza por reconquistar es, al mismo tiempo, un catecismo y una esperanza. Eso es lo que explica cómo la muerte del rais se transformó en tragedia, en la que los gritos son menos un gesto de despedida que una manifestación de desesperación de un pueblo que, temiendo más a sus futuros jefes que a sus enemigos exteriores, se sentía huérfano desde ahora.

Esto es lo que tienden a introducir las nociones de "humillación" y "frustración" de las que hace amplio uso el periodista franco-argelino Jean-Daniel Boisonnat, en su editorial Pourquoi nous combattons, para refutar los supuestos "argumentos árabes''. Fue como para disculparse ante la opinión occidental, crítica y ya acusadora por ese justo y racional impulso de solidaridad el cual llevó a que muchos árabes lanzara los términos, "humillación" y "frustración", que no parecen corresponderse con la realidad. Las causas exactas son más positivas: una voluntad consciente de transformar la relación de fuerzas estratégicas.

La escenificación de la ejecución de rehenes resulta del asesinato del premier italiano Aldo Moro en 1978, y proviene de la ultra-izquierda europea de los años sesenta y setenta. El terrorismo de esa izquierda ha muerto porque se ha disuelto su base, los adeptos, que era en final de cuentas su objetivo y meta. Por eso, el conflicto del fundamentalismo no reside en el dogma. Por ejemplo, la Iglesia Católica se ha adaptado a la modernidad sin alterar sus dogmas, pues aceptó la república por razones políticas.

A pesar de las afinidades que unen a los países árabes, de la existencia de la Liga de Estados Árabes, de los intentos de unidad y, recientemente, de agrupación en consejos de cooperación económica, la competición política entre los regímenes que profesan el islamismo es todavía muy fuerte e impide la cristalización de una supuesta voluntad árabe común. El inmemorial antagonismo entre Bagdad y Damasco, por ejemplo, es más virulento que las rivalidades inter-árabes contemporáneas. Si las guerras árabe-israelíes destruyeron la mística militar árabe, la del Líbano reveló lo absurdo del Pan-arabismo, al sufrir su agonía sin que le importase al resto del mundo islámico, sólo porque en el conflicto no concurrían los "infieles". El tema fue abordado por el dramaturgo libanés Alias Khourí, en su pieza La Amnesia cultural.

Los intelectuales sirios (otrora a la vanguardia del nacionalismo árabe junto a los egipcios) han sido diezmados, censurados o exilados por oponerse a la mano dura de los Assad. Este ha sido el caso del eminente poeta Ali Kanaap; de los dramaturgos alawitas, Mamduh Udwan y Sadallah Wannous, prohibidos en Siria y publicados extensamente en el extranjero; del filósofo político Sadiq Al-Azm, el más acérrimo defensor de Rushdie; del afamado director fílmico Duraid Lahham, vetado en casi todos los países islámicos por censurar el fundamentalismo religioso y exponer la irreversibilidad del Estado de Israel.

Como irónicamente expresó el periodista egipcio Mohammed Heikal, "Alá depositó un vasto poder financiero en las áridas tierras de los pocos, en los marginales y atrasados moradores árabes del desierto". Salida de la convulsión militante Wahabita del siglo XIX, practicando calladamente la esclavitud supuestamente "abolida" en 1962, y condenando la teoría heliocéntrica de Copérnico como una herejía al Corán, Arabia Saudita ha propagado su Islam conservador por todo el Medio Oriente. Este país, regido por una familia real asistida por un colegio de ulemas, es la quintaesencia teocrática, con su códice jurídico afincado en la sharia, su justicia medieval y sus bandos gubernativos contra la mujer.

Estos príncipes presuntuosos, sentados sobre el 30% de la reserva mundial de petróleo, con una instrucción religiosa que no les habilita para operar una gestión estatal efectiva, han comprado los bienestares modernos sin la consecuente modernización.  La Casa Saudita protege su legitimidad arremetiendo contra todo el que rete su herencia religiosa; así, expulsaron al valor intelectual más célebre de su reino, el novelista Abdelrahman Munif. Es cierto que Irán, Irak y Paquistán han atizado el terrorismo islámico, pero el apoyo Saudita y el de sus parientes del Golfo, aunque vidrioso, no ha sido menos vital.

En marzo de 1975, el rey Feisal de Arabia Saudita (el águila del desierto) fue asesinado por miembros de la familia real que buscaban una mayor apertura al Occidente. Este hecho sacudiría a todo el mundo islámico y ahondaría el abismo que contraponía a la casa real Saudita con los fundamentalistas y musulmanes chiítas por la custodia de los sagrarios de la Meca y Medina, y por la alianza con Estados Unidos, vista como una ingerencia nociva. Un par de años después una noticia erosionaba los valores tradicionales de la sociedad Mesoriental: el presidente egipcio Anuar El-Sadat, en andas norteamericanas, pactaba con Israel en tierra santa de Jerusalén. La afrenta llegaría a niveles inconcebibles al acogerse en El Cairo al depuesto shah de Irán, Reza Pahlavi; poco tardaría para que rodase la cabeza de El-Sadat.

El 20 de noviembre de 1979, la Gran Mezquita de la Meca fue asaltada por un contingente de 1,500 hombres al mando de Juhayman Al-Utaibi, quien se arrogó el título de "mahdi" (Mesías), colocándose en la galería de los Moisés y Jesús. El grueso de los atacantes se había entrenado en Libia y Yemen del Sur bajo instructores cubanos y palestinos. El levantamiento de la Meca, abortado nada menos que por la "infiel" Legión Extranjera francesa, convulsionó al mundo islámico, entre otros a Ben Laden, por las acusaciones de corrupción y de contubernio con Occidente lanzadas por Juhayman a la familia real Saudita y su pedido de retorno a la pureza del Islam. .

No es exactamente el Islam lo único que interesa a estos jóvenes musulmanes terroristas pues ninguno ha vuelto a su país para hacer la yihad, ni siquiera los palestinos. Al haber fracasado el primer objetivo de los terroristas: desbancar a los regímenes árabes que no cumplen con los requisitos de la sharia, tornarían sus armas al Occidente. Los palestinos, por ejemplo, recurren a métodos terroristas, pero tienen objetivos políticos. Normalmente quieren territorios, un Estado, fronteras, etcétera. Todo el movimiento de Ben Laden se construyó en Afganistán contra los soviéticos y no en Arabia Saudita contra el Rey Saud. Es un desbordamiento de un movimiento con métodos violentos, que se extiende pero que sólo se asocia de lejos con el conflicto palestino-israelí.

Desde la llegada del petróleo saudita, los petrodólares comenzaron a respaldar a los movimientos extremistas islámicos alrededor de todo el mundo, creando miles de centros Islámicos para el control y propaganda social y política. Asimismo se hizo del control de la distribución de las películas en el mundo árabe. El Alá de los saudíes hace que sea obligatoria la sumisión al Islam, aquéllos que rehúsen someterse, o que difieran de la versión saudita del Islam son llamados "el partido de Satán", y deben ser eliminados. El wahabismo saudita se exportaría mediante un programa de financiamiento de madrazas y construcción de mezquitas. Para 2001 la monarquía saudita cayó en cuenta de la trampa en la cual estaba, pues el terrorismo podría volverse contra ellos y por el hecho de que su petróleo se halla en territorio chiíta.

En todos los terroristas existe un mismo proceso, el fenómeno de grupo: jóvenes que en algún momento por distintas razones se han integrado en una cofradía (ya sean los pilotos de las Torres Gemelas, los musulmanes de Casablanca) y la banda con su espíritu de cuerpo, de fidelidad, en algún momento se transforma. En realidad, la oposición a Occidente no es contra la civilización que éste encama, sino muy al contrario, se debe a que éste parece impedir, deliberada y veladamente, acceder a ella. Se le atribuye, además, una voluntad agresiva de querer dejar a los pueblos subdesarrollados en el estancamiento, el tradicionalismo, el arcaísmo, la división y la marginalidad, especialmente al apoyar a los dirigentes corrompidos y anti-populares. Es pues, por el progreso, y no contra él, que los pueblos del Tercer Mundo creen combatir.

Si la Hermandad Musulmana egipcia objeta los valores occidentales, a causa del colonialismo europeo, el nuevo impulso tuvo razón de ser por su rechazo al "socialismo árabe", a la invasión soviética al Afganistán y al modernismo de Occidente simbolizado por Estados Unidos.

Cuando los soviéticos irrumpieron en Afganistán, el episodio llegó hasta las entrañas de la sociedad islámica, cuyo suelo volvía a ser hollado por los "cruzados". Esta acción militar de Moscú respondía al temor de sus dirigentes del contagio que representaba el fundamentalismo en sus fronteras sur. Por eso, el movimiento afgano de resistencia se hizo en nombre de Alá, y no del nacionalismo; por eso se incubó una "legión árabe" que se transmutó en la Al-Qaeda de Ben Laden; por eso el desmantelamiento militar soviético se razonó como una victoria del Islam contra un super-poder impío; y por eso el fundamentalismo se envalentonó para plantar cara ante el otro poder, los Estados Unidos. Entrando así a la cresta del renacimiento fundamentalista en Egipto, Yemen, Arabia Saudita y Afganistán.

En Afganistán, durante catorce años, un gran número de fanáticos religiosos procedentes de varios países árabes y musulmanes declararon la jihad (guerra santa) contra los "infieles" soviéticos; participación que les dio un acceso sin precedentes a armas y arsenales. Allí se conformó una alianza con los mulás y los terratenientes, se inyectó ayuda militar y económica valorada en miles de millones de dólares y en ese proceso, el país se convirtió en un baluarte del fundamentalismo.

La incursión militar al Afganistán evidenció una guerra continuada por la hegemonía del Medio Oriente, por eso, irónicamente la yihad fue financiada por Estados Unidos y Arabia Saudita, aunque ello por sí sólo no fue el elemento que decidió la retirada del ejército soviético. La llegada al poder de los mulás afganos se facilitó por el vacío creado por el colapso de la izquierda estalinista y al fracaso del reformismo. Este "bastión" de los mulás exportaría mercenarios fundamentalistas desde el sur de China y Cachemira hasta el Magreb.

A raíz de la guerra civil libanesa, que se desencadenó en la década setenta, las fuerzas sirias se instalaron indefinidamente en la zona, ahora centro operativo del terrorismo internacional y especialmente de la OLP. Los ingentes esfuerzos por lograr una solución del conflicto árabe-israelí y de la situación libanesa, a través de la mediación de países árabes como Jordania, Arabia Saudita y Egipto, resultaron inefectivos, pues Siria intimidaba toda la zona con su arsenal de guerra.

La cuarta ola terrorista se caracterizó por su naturaleza religiosa, a partir de la Revolución islámica de Irán en 1979 y la "derrota" soviética en Afganistán, que concedió lustre a los muyahidines. El 1979 fue un año clave para la carta islamista con el ascenso de la revolución chiíta del ayatolá Jomeini en Irán que expulsó al shah Reza Pahlevi, un autócrata modernista que construía un Estado laico tipo occidental. La Revolución islámica es un fenómeno moderno, pero distinto del secularismo occidental. Refleja el discurso tercermundista de justicia social. Es una reacción anti-democrática de la juventud a la violenta modernización autocrática del shah (Khosrokhavar, 1993, 327).

Irán es un país del tamaño de Estados Unidos, rico en petróleo, con un mosaico de nacionalidades y con 25 siglos de monarcas absolutos y divinos. El Islam aquí se mezcló con un distintivo sello persa, que mantuvo tensas sus relaciones con los "árabes" a quienes tildaban de "piojosos primitivos". En 1953 tuvo lugar un intento por secularizar al Estado, incidente que concluyó con un golpe promovido por la British Petroleum contra el premier Mossadegh. Aparte del impulso modernizador, durante la tutela del Shah se protegió a las minorías (judía, cristiana, zoroastra y bajai), las mujeres obtuvieron el voto y se introdujo la planificación familiar.

El 1 de febrero de 1979, el ayatolá Jomeini -la sombra de Alá- aterrizó en Irán, expulsó al Shah de su trono del Pavo Real, estableció una república y secuestró a 63 norteamericanos. El derrumbe del Shah, al igual que el de la Unión Soviética, es uno de esos enigmas de la historia donde la pérdida de legitimidad resultó el catalítico. Pero, irónicamente, ningún desempeño tendrían en esta revolución los dos padres del fundamentalismo iraní: Ali Shariati quien realizó una extraña mezcla de marxismo con Islam, y exhortó al martirologio religioso; y Abdelkarim Sorush, un reformista a lo Kemal Atatürk. Con la revolución iraní de 1979 el fundamentalismo ascendió al poder por primera vez, para años después representar una considerable fuerza en todo el Oriente Medio y el Magreb, en los cuales las organizaciones fundamentalistas y sus militantes, que estaban fuera de la ley lograron el reconocimiento. El ayatolá Jomeini afectó a una comunidad que se interrogaba sobre su identidad y su lugar en el mundo (Amin Maalouf).

Los islamistas iraníes mostraron con rapidez su hostilidad a la intervención occidental en su mundo y a la existencia del Estado de Israel. Con el ayatolá Jomeini el chiísmo abandonó su abstención política tradicional y empezó su emancipación, pero muy vinculada al  nacionalismo iraní que se remontaba a las iniciativas del ex primer ministro Mossadegh. El ayatolá Jomeini se transformó en el símbolo de las raíces espirituales y del poder político islámico que rechazaba los valores occidentales. La asonada chiíta y el fiasco del rescate militar de Estados Unidos se juzgó como un triunfo sobre Occidente, confirmó a los ojos ortodoxos un Washington indeciso, y llenó de orgullo a las masas islámicas. No sólo se perturbó la ecuación estratégica de seguridad regional, que fue lo más visible, sino que en las filas del militantismo se precipitó una nueva y amplia diversidad de agrupamientos políticos.

El ayatolá Jomeini politizó no solamente al clero chiíta sino a la religión, al hablar de ideología islámica y someter a los imanes a reglas de funcionamiento político, al ascender ellos como guías de la revolución. Pero esa doble función, extraña al chiísmo, fue rechazada por el grueso de los imanes chiítas, como el ayatolá Al Sistani en Irak. De alguna manera tal contradicción de la revolución islámica iraní impidió que el proceso desembocara en un verdadero totalitarismo, porque las redes clericales conservaron su libertad de pensamiento. El influjo de los ayatolás, replanteó las relaciones entre el Islam como religión nacional y el arabismo como proyecto de unificación política y cultural, fenómenos que se hizo sentir primeramente en Siria, Líbano y luego en Egipto, dañando, como programa político, a la propia cultura árabe.

Al instituir un "Estado de juristas", en el que una clerecía iluminada "persuadida por Alá" aceptaba gobernar, el régimen de los ayatolás marcó una ruptura con el hasta ese momento rechazo chiíta al poder temporal. Al transfigurarse el Islam en una ideología y en un instrumento de gobierno y, por consiguiente, fracasar en la organización de un Estado moderno y próspero, el experimento tuvo efectos contraproducentes que minaron su credibilidad frente a una joven generación distanciada de las "turbas divinas". Esta innegable distorsión de la fe encontró acusadores internos dentro del propio curato, y llevó al arresto del teólogo más prominente del chiísmo, el ayatolá Kassim Shariatmadari, por sus diatribas contra el poder teocrático instaurado por Jomeini. Otro prelado del chiísmo, el ayatolá Hairi-Yazdi, en su libro La Sabiduría del gobierno, vapuleaba a la claque de Jomeini.

Las minorías étnicas, la mujer, los intelectuales y los teólogos chiítas fueron objeto primario de la represión ortodoxa. El decreto del ayatolá Jomeini de que las mujeres procrearan varones para el ejército, tuvo efectos demográficos desastrosos al duplicar la población en sólo dos décadas. Jomeini acusó a la minoría bajai de apostasía y puso precio a la cabeza de Rushdie por sus Versos satánicos, un libro que él mismo confesó nunca había leído. Saidi-Sirjani, un escritor fecundo y para muchos superior al propio Rushdie, encarcelado por exigir se reformase la religión, murió a  causa de las torturas. Las películas del cineasta, dramaturgo y guionista, Bahram Beizai, fueron también proscritas porque las mujeres encarnaban papeles destacados, y se empleaban temas históricos persas.

No obstante, la sólida tradición persa, el calibre de su cultura de tiempos bíblicos, el acceso a las profesiones y el mundo moderno, durante gran parte del siglo XX, son elementos que lejos de haber desaparecido bajo una corteza fanática, están resurgiendo y confrontando a los ayatolás. Irán no ha podido escapar a la dinámica de su propia cultura. Al lado de las "turbas divinas", la Coca-Cola se mantuvo como la bebida nacional; pululan los conciertos de jazz y se consume alcohol en las fiestas. Teherán es un bosque de antenas y discos de satélites y el país es un hervidero de jóvenes sin causa afiliados a la Internet.

No les quedó más remedio a los canónigos a tolerar en las universidades a autores como Marx y Michel Foucalt, y no todos los rivales serios al régimen teocrático fueron eliminados. Muchos directores cinematográficos, como Moceen Makhamalbaf, artistas y autores iraníes desafiaban a los censores. La literata y editora feminista Shala Sherkat afrontaría a los prelados chiítas desde la Internet y desde su revista cultural Kiyan (Esencia), promoviendo los derechos civiles y de la mujer dentro del Islam, la libertad de expresión y de prensa. Kiyan tomó como bandera las ideas del profesor de filosofía y ética de la universidad de Teherán, y teólogo reformista Abdelkarim Sorush, nombre peligroso a los oídos oficiales.   

Concurren varias paradojas en el actual Irán, atrapado en el callejón sin salida de un fundamentalismo cada vez más impopular, pero obstinado en su designio de mantener el poder, y sin planes de contingencia para cuando se agote el petróleo para la exportación. Acaso estemos abocados a otra crisis petrolera en el Golfo Persa -y en fecha no muy lejana-, pues la solución que acaricia Teherán es la anexión de los Emiratos del Golfo, territorios que de forma vehemente ha reclamado como suyos.

En Irán, después de años de revolución islámica (chiíta) la economía está en una situación desastrosa y muestra la evidente contradicción entre una economía moderna y los mitos teológicos metafísicos. El tráfico de drogas patrocinado por los mullahs y la mayoría de las organizaciones fundamentalistas, es un ejemplo evidente de la doble moral y el carácter primitivo de su práctica en los asuntos económicos.

Los islamistas argumentan que debido a la "universalidad y centralidad" del Islam para el creyente, un sistema legal secular e instituciones políticas estilo Occidente no pueden echar raíces en el Medio Oriente, salvo que el Corán sufra una renovación. Pero el militantismo islámico no es la solución. Los iraníes ya han concluido que no existe una "economía islámica", ni una "sociología islámica", ni forma "islámica" de construir automóviles, de estabilizar el sistema monetario, ni un camino milagroso islámico al desarrollo y alternativa a los ya recorridos por Occidente. Lo irónico es que si en algún lugar puede producirse un glasnost islámico es precisamente en Irán, cuna de disidentes religiosos, de intelectuales contestatarios y de jóvenes rebeldes sin causa. ¡Qué triste sería que luego de tantos sufrimientos la "civilización árabe" abrazara otra utopía religiosa de algún enfebrecido profeta que les impidiese recuperar la prosperidad, el dinamismo, la tolerancia e imaginación que una vez la caracterizaron!

"Parte esencial de ello, es el establecimiento y fortalecimiento de los estados teocráticos de la región, como por ejemplo Irán con ambiciones nucleares, se convierte en una amenaza nada despreciable. En ese país, toda esperanza de renovación, de modernización y democracia, han quedado sepultadas por un largo tiempo y por ende, se convierte en tierra fértil para los llamados del fundamentalismo islámico que sostiene que: Las causas por las cuales se debe emprender el combate y la yihad están explicitadas en el Sagrado Corán y se justifican ante la agresión imperialista occidental. Los musulmanes del mundo no deben abandonar en ningún momento, su deber religioso de liberar Jerusalén y la tierra ocupada. Por lo tanto, se hace un llamado a todos los musulmanes del mundo a dar sus vidas en defensa de los países del Islam que están bajo el ataque o la ocupación perversa y restaurarlos junto a sus lugares santos, arrancándolos de las manos usurpadoras" (Gotthelf, Dossier 16).

En Indonesia y Paquistán, los iniciales regímenes de Ahmed Soekarno y Zulfikar Alí Bhutto, enfrentaron al resurgimiento del fundamentalismo. Paquistán ha sido un laboratorio experimental del Islam, un centro de fundamentalismo, extremismo, y terrorismo. En 1980, el general Zia ul Haq forzó la islamización bajo la presión saudita para que se introdujera la sharia medieval. El principal partido fundamentalista, Jamaat-a-Islami, fue la principal herramienta del régimen del general Zia-ul-Haq para perseguir a la oposición.

Las mujeres violadas son enviadas a la horca por el crimen de haber sido violadas. Paquistán creó el odiado Talibán afgano y muchas otras organizaciones similares. Los talibán eran jóvenes huérfanos de los campos de refugiados que produjo la guerra en Afganistán y se educaron en las rígidas escuelas sunnitas (madrazas) de Afganistán y Paquistán; los currículos abogaban por una sociedad comunitaria el estilo de la época de Mahoma, en la cual las mujeres no participaban en la vida social, y que debía estar depurada de todo "oscurantismo" pagano.  El coro central de la doctrina de estas madrazas sunní islamistas proviene de la salafiya (de salaf, antepasado) desarrollada por ulemas seglares pegados a las escrituras, que promueven la sumisión incondicional a Mahoma.

El año 1988 cambió drásticamente el destino a favor del terrorismo islámico. El avión en que viajaba el presidente de Paquistán Zia-ul-Hag y parte de su equipo de gobierno se estrelló en circunstancias hasta hoy desconocidas, permitiendo el ascenso de Mohtamar Benazir Bhutto, la hija de Alí Bhutto, como la premier, y con ella la visión grupal más dogmática de Paquistán. El gobierno de coalición de Benazir Bhutto se vio obligado a realizar concesiones para así apaciguar a los mullahs. Sectores importantes de la clase alta en la India se han adherido al fundamentalismo y están apoyando y financiando al Bhartia Janata Party, el principal partido fundamentalista hindú, para obtener beneficios políticos, económicos y financieros. Benazir Bhutto entró de inmediato en alianzas con Siria, Irán y Corea del Norte, en su intento de avivar el Islam militante en toda Asia, hacerse de Cachemira, instalar al Talibán en Afganistán, y lanzar a Ben Laden y su Al-Qaeda contra los países "moderados" del área. Todo esto lo hizo bajo las propias narices de Occidente.