En defensa del neoliberalismo
 


LA SUPUESTA GRATUIDAD DE LA ASISTENCIA MEDICA
 

 


William F. Buckley Jr.


Los demócratas profesionales afirman que John Edwards puso muy alto el listón en la cuestión de la asistencia médica. Nadie que aspire a presidente puede ofrecer menos de lo que él está ofreciendo, que es, por supuesto,  la asistencia médica gratuita garantizada.

 

La queja principal de Edward es que 47 millones de norteamericanos carecen de seguro médico. Veamos.

 

Si el seguro médico no costara nada, todo el mundo tendría seguro médico. Corolario de ello es que en una sociedad en la que se alega que la asistencia médica es gratuita todos estarían pagando realmente los costos colectivos de esa asistencia.  El reto político consiste en disfrazar el costo.

 

La asistencia médica no puede ser gratuita, por la sencilla razón de que no existe una oferta infinita de doctores, enfermeras y medicinas. Por ello, ¿podemos generar lo que equivale a un subsidio público reduciendo los costos de la atención médica?

 

Para encarar este problema buscamos cifras relevantes. Un grupo de ellas nos revela que el costo de la asistencia médica para un estadounidense es el doble del que corresponde a un europeo occidental. Si en Alemania equivale a 100 dólares diarios por paciente en un hospital, mientras que en un hospital norteamericano comparable a aquél asciende a 200 dólares, nos estamos acercando a una explicación.  ¿Se debe esta diferencia a que la asistencia médica en EE.UU. es dos veces más cara porque abarca el doble de la alemana, o porque tiene el doble de recursos? ¿O simplemente a que doctores, enfermeras y medicinas cuestan el doble en los Estados Unidos?

 

En cualquier caso, ¿qué podríamos hacer para reducir estos costos?  O bien promulgamos una ley obligando a doctores, enfermeras y compañías que fabrican medicinas a reducir a la mitad el costo de sus servicios y productos --una propuesta que Edwards no ha insinuado en ninguna parte--, o reducimos el número de personas que tienen derecho a recibir asistencia médica.  ¿Cómo hacer esto?

 

No lo haremos siguiendo el camino que Edwards nos propone, sino marchando en dirección contraria. Su propuesta es que el seguro médico debe abarcar a más personas. Pero si son más las personas que el seguro cubre ellas incrementarían su consumo de asistencia médica y, por consiguiente, aumentaría el gasto total en asistencia médica de Estados Unidos.

 

Pero Edwards propone algo diferente: una prestidigitación  fiscal  mediante la cual el costo de la atención médica se desvanecería de alguna manera.  Esto se hace ocultando el agente proveedor de los servicios médicos. Los filósofos sociales han señalado a menudo que aproximadamente desde el año 1943, cuando los impuestos sobre la rentas se dedujeron por primera vez, el obrero medio nunca pensó que estaba pagando impuestos, ya que el instrumento mediante el cual se los cobraban era tan automático que resultaba más o menos invisible. Cuando un obrero norteamericano es contratado a razón de $700 semanales, considera que sus ingresos no son de $700, sino de $500, que es el importe del pago que recibe.

 

Edwards habla presuntuosamente sobre el seguro médico para 47millones de personas que no lo tienen.  Pero, a no ser que se produzca una disminución del costo de los servicios médicos, alguien tendrá que pagar por ellos. Si los 47 millones sin seguro son los mismos 47 millones que constituyen los más pobres de la nación, se podría decir entonces que de lo que se trata es de una mayor redistribución.  Esto es discutible, aunque lo cierto es que la redistribución ha sido aceptada durante años.  El 5% de los norteamericanos más ricos pagan el 54% de todos los impuestos, lo que significa que están pagando impuestos que de otro modo el 95% de aquéllos cuyas cargas impositivas son más bajas tendrían que abonar.

 

Por consiguiente, Edwards no hace más que proponer impuestos más altos para los ricos.  Cuando Inglaterra la introdujo, después de la II  Guerra Mundial, se le solía llamar medicina socializada Cruzó el Atlántico y llegó a Canadá, que es un país excelente para enfermarse, siempre y cuando uno pueda costearse el viaje para cruzar la frontera y visitar a un médico norteamericano. 

 

Tomado de National Review

 Traducido por Félix de la Uz