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El cardenal y la Constitución
Mary Anastasia O'Grady
Tegucigalpa.
Son unos 30 minutos en auto desde aquí hasta el centro de retiro
católico adonde viajé la semana pasada para encontrarme con el
cardenal hondureño, Óscar Rodríguez Maradiaga. El complejo con muros
de ladrillos está situado al lado de una carretera despavimentada y
sobre una colina con un bosque de pinos altos. Cuando llegué, el sol
se estaba poniendo, y en la quietud del anochecer, el mundo parecía
tan sereno.
Sin embargo, para el cardenal, la vida por estos días no ha sido
para nada pacífica. Desde que el entonces presidente Manuel Zelaya
empezó a prepararse para tirar por la borda la Constitución y de esa
forma mantenerse en el poder más allá del límite de su mandato,
Honduras ha sido presa de la agitación. Y la Iglesia Católica no
tuvo más remedio que involucrarse.
La extrema izquierda ha argumentado que la decisión de deponer a
Zelaya fue impulsada por la antipatía de la élite hacia el activismo
del presidente en nombre de los pobres. Pero el cardenal, que es un
abierto defensor de los oprimidos y por muchos años ha criticado las
disparidades en los ingresos en Centroamérica, no comparte esa
opinión. Rodríguez ha apoyado la destitución de Zelaya y por ese
motivo quise verlo personalmente para hablar sobre el tema.
"Ha sido tan doloroso", me dijo Rodríguez, poniendo énfasis en la
última palabra. El dolor, señala, ha sido generado por aquellos que
han atacado a los líderes de la Iglesia como "golpistas". En esta
parte del mundo, después de tantos años de dictadura militar, es
difícil encontrar un insulto más grande.
A pesar de que la Iglesia respaldó la decisión del Congreso de
destituir a Zelaya, el cardenal insiste que desde el principio ha
tratado de promover la paz. "En nuestro comunicado inmediatamente
después del evento", explica, "estábamos diciendo que esto era una
destitución constitucional del presidente y que tenemos que aprender
de los errores, y llamábamos a la reconciliación del país. Eso es
todo lo que hicimos, pero ese mismo día nos culparon de golpistas,
golpistas".
Los partidarios de Zelaya han presionado a la Iglesia, pero pese a
las "constantes amenazas de muerte" que el cardenal dice que ha
recibido, él no ha cambiado su postura. En octubre, afirma, todos
los 11 miembros de la Conferencia Episcopal "hicieron otra
declaración llamando a la no violencia y a la reconciliación".
El cardenal también cree firmemente que Zelaya no debería regresar
al poder. "Pienso que una persona que ha estado actuando como lo ha
hecho él ya no tiene la autoridad moral para ser presidente de la
nación", me dijo el cardenal.
Rodríguez es una figura nacional respetada y sus palabras tienen
peso. No obstante, hace hincapié en que la Iglesia no se ha
involucrado en el proceso político sobre el destino de Zelaya, y por
buena razón. "Hay muchas personas que son zelayistas de buena fe
porque él prometía un montón de cosas a los pobres. Yo tengo que ser
un puente de unidad para todos".
Eso no ha sido tan fácil, debido a que el cardenal también tiene la
responsabilidad de cuidar a su rebaño. Y él cree que permitir que el
presidente pisotee la Constitución sería malo para la nación.
Esto no significa un respaldo al status quo. Rodríguez tiene muchas
críticas para un sistema que ha dejado a tantos hondureños sumidos
en la pobreza mientras una pequeña minoría vive una vida de
extravagancias. El cardenal denuncia la falta de igualdad bajo la
ley, lo que ha dañado la movilidad económica. "En América Latina,
cuando tienes dinero, puedes comprar justicia". Tal corrupción es lo
que llevó a "la implosión" de los partidos políticos en Venezuela,
señala. "Y en el vacío estaba este mesías, [Hugo] Chávez, que vino.
Este es el peligro en todos nuestros países".
Sin embargo, el cardenal también reconoce que ha habido progreso
desde el nacimiento de la democracia
constitucional en 1982. "Ahora, el ejército es respetado, porque se
han dedicado al rol constitucional de defender las leyes y las
fronteras". El problema, señala, es que con la llegada de la
democracia, "los partidos políticos tomaron la política como una
industria para el enriquecimiento. Necesitamos cambiar eso".
Rodríguez ve al estado de derecho como un eslabón importante hacia
el desarrollo. "La clave es asegurar la justicia", dice, "porque si
no tienes seguridad legal, no vas a invertir. La inversión es muy
importante. Con las inversiones, hay más empleos para nuestra gente".
Hablando de los inversionistas, el cardenal dice, "por supuesto que
no son todos santos", y los derechos humanos deben ser protegidos. "Pero,
¿qué deberíamos hacer sin esos trabajos", se pregunta. Luego añade:
"Las maquiladoras son especialmente importantes para las mujeres,
porque sus trabajos han sido una fuente de dignidad. Cuando ganan su
propio dinero, dejan de ser esclavas de los hombres macho en su vida,
que a menudo no son siquiera sus maridos".
Honduras llevará a cabo una elección presidencial el 29 de noviembre
y muchos esperan que Zelaya sea pronto sólo un mal recuerdo. Pero la
lucha por la libertad y la justicia social que surge de la igualdad
bajo la ley, continuará. Rodríguez dice que espera que la clase
política haya aprendido una lección.
Amén a eso.
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