En defensa del neoliberalismo

 


La plaga del éxito

 


Víctor Davis Hanson

 

Tras el 9/11, los demócratas votaron a favor de todo tipo de duras medidas de seguridad. Aprobaron la Ley Patriota, la guerra en Afganistán, autorizaron el derrocamiento de Saddam Hussein y no pestañearon cuando se les informó sobre Guantánamo o el espionaje telefónica de llamadas sospechosas vinculadas con el Medio Oriente.

Tras el susto del ántrax, los arrestos de docenas de células terroristas y una serie de fatwas de Al Qaida, la mayoría de los americanos pensaban que el próximo ataque era inminente: y querían que sus políticos pensaran o mismo. Hay una foto del senador Harry Reid todo sonriente en la firma de la Ley Patriota. Así que hemos olvidado que la mayoría de nosotros nunca hubiera imaginado que Estados Unidos permanecería libre de ataques durante más de cuatro años después del terrible ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Ahora, los horrores de aquel día, la gente saltando al vacío por las ventanas, ha ido quedando atrás. Los demócratas y la izquierda, en su amnesia, y como beneficiarios de las políticas que súbitamente aborrecen, ahora casi nunca mencionan Al Qaida ni el fascismo islámico.

Aparentemente, debido al éxito de George W. Bush en mantener seguros los Estados Unidos, ahora es él y no Osama bin Laden, el centro de los ataques de la izquierda: desde el asesinato en una novela de Alfred Knopf, el calificativo de ejecutor de políticas nazis según un senador americano, de bufón, y de canalla en el filme de Michael Moore. Y porque ha tenido tanto éxito contra nuestros verdaderos enemigos, pronto ha habido tiempo libre para inventar enemigos imaginarios como Bush/Cheny, Halliborton, la Ley Patriota, John Ashcroft y Scooter Lobby.

 

Afganistán en octubre del 2001, conjuró casi inmediatamente advertencias de un empantanamiento, de una vasta guerra santa en el Ramadán de aliados inestables, de un peligroso Pakistán nuclear en la frontera, de los cadáveres americanos que se iban a sumar a los rusos y británicos. Se habló de todo menos de una victoria en siete semanas y del establecimiento de una democracia ¡nada menos que en Kabul!

 

En nuestra época, nada hubiera sido menos probable que los demócratas destronando a los talibanes y a Al Qaida, aparentemente invulnerables en sus famosos complejos de cuevas que nos aseguraban los mapas en Newsweek. La anterior santificada doctrina Clinton de bombardeos aseguraba que no habría bajas americanas, y que no se conseguiría nada: la estrategia perfecta para los años 90.

 

¿Estamos disfrutando ahora la realidad de que el más diabólico gobierno de fines del siglo XX ha desaparecido de Afganistán y que, en su lugar, hay caminos, escuelas y máquinas de votación? Difícilmente porque las exigencia han crecido de una manera increíble. El parlamento afgano discute mucho y está muy lejos de parecerse al británico.

 

La misma paradoja de éxito hay en Irak. Antes de entrar, los analistas y los opositores pronosticaron pozos de petróleo en lamas, millones de refugiados llegando a Jordania y los reinos del Golfo, miles de americanos muertos sólo en la toma de Bagdad. Los potentados del Medio Oriente nos advirtieron sobre los cohetes químicos que iban a llover sobre nuestras tropas en Kuwait. Vísperas de la guerra, si cualquiera hubiera dicho que Saddam Hussein iba a ser derrocado en tres semanas y que dos años y medio después 11 millones de iraquíes iban a votar en sus terceras elecciones libres – a un coto de unos 2,100 muertos – hubiera sido calificado de iluso o de lunático.

Pero exactamente fue lo que pasó. ¿Y la reacción?  Algunos frenéticos demócratas están hablando de enjuiciar al presidente.

 

¿Qué explica esta paradoja de decepción pública con eventos que han resultado mucho mejores de lo anticipado? ¿Por qué actuamos como los niños que protestan porque los padres no les trajeron algún regalo adicional?

 

Una razón está en la ausencia de sentido histórico. Ya no se enseña historia o se enseña como un ejercicio terapéutico para exorcizar viejos pecados.

 

De cualquier manera, el resultado es igual: una población históricamente ignorante que no sabe nada de las guerras americanas pasadas y que carece de todo marco de referencia para ganar perspectiva sobre el presente.

 

Muy pocos americanos recuerdan que casi 750 soldados murieron en un solo día en un ejercicio de entrenamiento para la invasión de Normandía, o que durante la retirada americana del río Yalu a fines del año 1950, miles de cadáveres de soldados americanos congelados fueron enviados de regreso en camiones como si fueran leña. Nuestros abuelos pasaron cosas que harían parecer banal nuestros presentes problemas en Irak. Lo hicieron consiguiendo que una Alemania libre ahora pueda poner en libertad a terroristas o que la próspera juventud de Corea del Sur hacer manifestaciones contra Estados Unidos.

 

En vez de eso, creemos haber reinventado las reglas de la guerra y la paz. Tras Granada, Panamá, La Primera Guerra del Golfo, Serbia, Kosovo, Bosnia, Afganistán y el derrocamiento de Saddam en tres semanas, ahora resulta que Estados Unidos no puede tener bajas en las guerras. Y que, si las hay, alguien tiene que ser duramente censurado.

 

En segundo lugar, todo Occidente es víctima de una arrogante hipocresía. Sólo hay que leer los periódicos para ver que sucede en un día cualquiera en cualquier ciudad de Estados Unidos: asesinatos, incendios deliberados, violaciones y robos. Y, sin embargo, nos parece que Afganistán está fracasando cuando se reportan incidentes de violencia.  Criticamos el juicio de Saddam Hussein como si el circo legal de Milosevic o nuestro propio juicio de O.J Simpson hubieran sido modelos.

 

Un mayor porcentaje de iraquíes participó en sus elecciones tras dos años de gobierno consensual que el de los americanos tras casi 230 años de práctica. Es chic menospreciar as fuerzas de seguridad iraquíes pero ellas están atando más yihadistas que los franceses o los alemanes que, con demasiada frecuencia, les mandan dinero a los terroristas, les venden armas o los dejan escapar. En cuanto a mi respecta, prefiero tener a un Jalad Talaban o Yihad ALADI de nuestro lado que a diez Jaques Chirac o Gerhard Schroeder.

 

En tercer lugar es que nuestra acaudalada sociedad está completamente desvinculada de lo difícil que ha sido la vida en 2,500 años de civilización. Los que proclaman la verdad en nuestros medios de comunicación no pueden soldar, arreglar un automóvil, disparar un rifle o hacer nada que no sea buscar cuantas cosas incompetentes se hacen en Irak todos los días. De alguna forma, nos hemos convencido que nuestra riqueza y nuestra tecnología pueden liberarnos de los viejos obstáculos de tiempo y el espacio: como si Irak, a 7,500 millas de distancia, estuviera tan cerca como Washington de Nueva York. Quizás los soldados de patrulla, que pasan 20 horas sin dormir con mochilas de 70 libras a la espalda, son como los periodistas que pasan una noche en blanco elaborando una historia. Quizás el próximo escándalo vaya a ser la falta de televisión de alta definición en Irak, y quien conspiró para que no hayan pantallas planas en Bagdad.

 

Muy pocos reflexionan sobre lo diferente que es un Pakistán neutral de el protector de los talibanes, o una Libia sin programa de armas nucleares, o un Líbano sin sirios o un Irak sin Saddam o un Afganistán sin Mulla Omar. Que nuestros soldados y nuestros diplomáticos hayan conseguido esto en las más difíciles de las circunstancias es olvidado o menospreciado.

 

Precisamente porque estamos ganando esta guerra y porque hemos cambiado el perfil del Medio Oriente, esperamos todavía más: conseguirlo de gratis. Así que en vez de elogiar a los que nos han conseguido estos éxitos, criticamos a los que no nos han dado todavía más.

 

Tomado de Nacional Review

Traducido por AR