En defensa del neoliberalismo
 
 

UN HOMBRE, UN PLAN, UN CANAL.
Lo que Nasser provocó al tomar el Canal de Suez hace medio siglo.

 


Arthur Herman

El 26 de julio de 1956, Gamal Abdel Nasser, Presidente de Egipto,  nacionalizó el Canal de Suez, por aquel entonces el canal internacional más importante del mundo.  El Oriente Medio, y todos nosotros, aún vivimos bajo la sombra de los fatídicos acontecimientos que su decisión provocó hace 50 años.  La crisis de Suez conformó el mundo en que vivimos mucho más que la Guerra Fría.

El socialista Proudhon decía que el robo era el origen de la propiedad privada. Lo mismo podría decirse del Oriente Medio moderno.  Evaluada mediante cualquier criterio objetivo, la toma del canal fue un robo.  Hasta ese mes de julio, una compañía privada con oficinas centrales en París había administrado el canal que era propiedad de accionistas internacionales. Nasser incluso había firmado, dos años antes, un convenio que reconocía la autonomía de la Zona del Canal y que permitía a Gran Bretaña retirar sus últimas tropas de sus bases en Suez.

El retiro de las tropas, como es de suponer, permitió al dictador egipcio hacer lo que le viniera en ganas. Nasser decidió apoderarse del canal para pagar su poco meditada represa de Aswan en el Nilo.  Asimismo, razonaba que la protesta internacional resultante magnificaría su reputación en el mundo árabe, y que la respuesta de un imperio británico en decadencia y la del resto del mundo no serían más que palabrería y ninguna acción, pese a que Suez resultaba vital para abastecer a Inglaterra y Europa de su petróleo en el Golfo Pérsico.  Fue éste un error de cálculo de Nasser, aunque a fin de cuentas careció de importancia. En 1956, los recuerdos de Hitler y Mussolini aún estaban frescos. El apaciguamiento de los dictadores demagógicos que violaban las leyes internacionales contaba con pocos partidarios. Sólo habían pasado tres años desde que Mossadegh en Irán había tratado de nacionalizar los pozos de petróleo de este país. Los ingleses y la CIA lo expulsaron del poder por los problemas que ocasionó. 

El Primer Ministro británico, Anthony Eden, consideró que debía responder a la acción de Nasser con una demostración de fuerza, sobre todo si aspiraba a ser el heredero político de Winston Churchill.  Percibió que se le presentaba la oportunidad de reafirmar la autoridad de Gran Bretaña en la escena mundial después que su país perdiera la India. Pero, a diferencia de Churchill, Eden carecía de visión histórica; según palabras del historiador Paul Johnson, poseía “una fatal propensión a confundir la importancia relativa de los acontecimientos”. Nunca llegó a entender, como lo había hecho Churchill, que para emplear la fuerza militar había que estar dispuesto a utilizarla hasta sus últimas consecuencias.

Cuando el alto mando británico informó a Eden que se necesitarían seis semanas para reunir los barcos, aviones y hombres suficientes para recuperar el canal y derrocar a Nasser, Eden decidió pedir ayuda a los franceses. Éstos, por su parte, apelaron a los israelíes.  Desde hacía algún tiempo los israelíes deseaban barrer las bases guerrilleras palestinas que habían surgido a lo largo de su frontera con Egipto desde la guerra de 1948, las cuales estaban dirigidas por un estudiante convertido en lacayo de Nasser llamado Yasser Arafat.  Entonces Moshe Dayan, el jefe de estado mayor de Israel de 41 años, trazó un plan con la ayuda de Ariel Sharon, un joven coronel de paracaidistas, para realizar una incursión en Gaza y el Sinaí en coordinación con un desembarco anglo-francés en Suez. Los israelíes suponían que Occidente apoyaría una acción audaz contra los terroristas que empleaban tácticas guerrilleras y quienes los sostenían.

Pero ellos y sus aliados franceses e ingleses no habían tomado en cuenta a los Estados Unidos. El Presidente Eisenhower y su Secretario de Estado John Foster Dulles estaban preocupados por la Guerra Fría. Al igual que sus predecesores demócratas, rehusaban apoyar cualquier acción que oliera a “colonialismo”, por justificada que fuese.  Y Eisenhower, según palabras de Stephen Ambrose, se sentía “incómodo con los judíos” y nunca entendió la amenaza que Israel enfrentaba de sus vecinos árabes. Por ello los americanos se negaron a respaldar la invasión de Suez. “No deseamos hacer frente a la violencia con la violencia”, dijo Dulles, cuyas palabras tienen hoy un eco perturbador.  Pero los americanos subieron la parada.  Se le comunicó a Eden que si los ingleses y franceses atacaban Egipto, los Estados Unidos no los apoyarían en las Naciones Unidas.

Por último, a finales de octubre, después de semanas de vacilaciones y evasivas, los ingleses, franceses e israelíes atacaron.  La Operación Mosquetero de ingleses y franceses fue un éxito rotundo; el ejército de Nasser se desplomó ante el ataque israelí. Los paracaidistas y tanques franceses estaban dispuestos a entrar en El Cairo. Pero entonces, alentado por los americanos, el Secretario General de la ONU, Dag Hammarskjöld se involucró.  Hasta el día de hoy su nombre se menciona en los círculos elitistas con una reverencia piadosa sólo superada por Gandhi y Martin Luther King.  Después de su muerte, su rostro incluso mereció un sello de correos norteamericano. En realidad, Hammarskjöld posiblemente ha sido el peor Secretario General en la historia de la ONU.  Fue, sin duda, el más artero; el pálido prototipo de otro hombre del aparato de las Naciones Unidas: su correligionario sueco Hans Blix. 

Suez fue su obra.  Desde el comienzo, Hammarskjöld alejó el debate de las Naciones Unidas de la cuestión de cómo tratar con un dictador al margen de la ley, y lo convirtió en un foro abierto de denuncia del “imperialismo occidental”. Las voces más chillonas, las de los rusos y sus aliados comunistas, convirtieron a Israel en su blanco particular (pese a que las tropas rusas estaban aplastando la revuelta húngara). Nasser se convirtió en el nuevo héroe de las “naciones no alineadas”, la frase en clave que designaba a los nuevos países de Asia y África que estaban dispuestos a enfrentar a una superpotencia de la Guerra Fría contra otra.  Según una persona bien informada, aunque Hammarskjöl despreciaba personalmente a Nasser, estuvo de acuerdo con su embajador “en todos los puntos y en todas las etapas” del acuerdo de alto el fuego, y en el llamado a la retirada de ingleses, franceses e israelíes.

Para Hammarskjöld la cuestión era sencilla. Si uno era europeo y blanco, siempre estaría equivocado.  Si uno no era blanco, era entonces una víctima de algo e, ipso facto, tendría razón.  No obstante, las resoluciones de la ONU de Hammarskjöld se habrían convertido en papel mojado si el Presidente Eisenhower no hubiese amenazado con quebrar la libra esterlina en los mercados financieros mundiales. La voluntad de luchar de Eden explotó como una pompa de jabón.  Las tropas francesas y británicas comenzaron a retirarse en marzo de 1957. Nasser reivindicó triunfalmente su canal; Israel abandonó Gaza y el Sinaí.

La crisis de Suez llegó a su fin, pero el daño que ocasionó fue, y sigue siendo, incalculable. Eisenhower destrozó la confianza entre los Estados Unidos y sus aliados de la Segunda Guerra Mundial durante una generación; en el caso de Francia, para siempre.  Si uno se pregunta por qué los políticos franceses desean siempre socavar las iniciativas norteamericanas en todo el mundo, la respuesta la resume una palabra: “Suez”.

Suez también destruyó la ONU. Al ponerla en manos de Dag Hammarslköld y su irresponsable gente, Eisenhower convirtió la organización, de enérgica voz de la ley y el orden internacionales, en una farsa sin sentido, en el mejor de los casos. En el peor, en una maquiavélica cloaca. En lugar de haber enseñado a Nasser y a sus amigos dictadores que la violación del derecho internacional no paga, Suez les hizo ver que toda transgresión sería olvidada y perdonada, sobre todo si lo que estaba en juego era el petróleo. 

En lo que a Nasser concierne, Israel pasó a ocupar un lugar central en sus planes. Atacar el Estado judío se convirtió en la vía reconocida conducente al liderazgo del mundo árabe, desde Nasser hasta Saddam Hussein en Irak y Ahmadinejad en Irán, mientras la ONU y la opinión pública mundial permanecen cruzadas de brazos.  Nasser también entregó dinero y armas a la Organización para la Liberación de Palestina de Arafat, lo que la convirtió en el primer grupo terrorista del mundo patrocinado por un Estado.  Y, una vez más, el mundo nada hizo.

Ésta fue, a fin de cuentas, la peor de las consecuencias de Suez. Hammarskjöld marcó el comienzo de una nueva época de gansterismo internacional, al tiempo que la ONU devino una organización  antioccidental por naturaleza. Alcanzó su punto más bajo dos décadas más tarde, en 1975, cuando aprobó una resolución que calificaba de racismo el sionismo, y un victorioso Yasser Arafat se dirigió a la Asamblea General con una pistola al cinto. Suez destruyó la autoridad moral de la llamada comunidad mundial. Cincuenta años después seguimos viviendo en sus escombros.

(Arthur Herman es escritor. Su libro más reciente es “To Rule the Waves: How the British Navy Shaped the Modern World” (Harper Collins/Perennial)