En defensa del neoliberalismo
 


Los salarios de la política
S
alario mínimo y sus graves consecuencias económicas.
 

 


Opini

 

Opinion Journal del WSJ


Todo indica que el aumento del salario mínimo nacional se convertirá en el primer fruto de las victorias electorales de los demócratas.  Nancy Pelosi, la presunta Presidenta de la Cámara, ha prometido elevar el salario mínimo en algo más de 2 dólares, de $5.15 a $7.25.  Y el Presidente Bush ha dado señales que no pondría objeciones. En lo que a los estados concierne, seis de ellos no sólo aprobaron esta semana aumentos del salario mínimo mediante referendos, sino fueron más allá e indexaron ese mínimo a la inflación.  Esperamos que Bush se enfrente a cualquier intento de indexación federal e insista en medidas destinadas a proteger las empresas pequeñas. La elevación del salario mínimo ha sido una perenne demanda de la izquierda desde hace décadas.  Lo que resulta asombroso es el grado en que ha llegado a contemplarse como una medida que no es gravosa para la economía.  Incluso algunos economistas de reconocida imparcialidad han comenzado a promocionar la idea de que el salario mínimo no afecta negativamente la creación de empleos. Si esto fuese verdad, estarían clamando por un salario mínimo de $10, $20 e incluso de $50 por hora.  Pero ni ellos ni Nancy Pelosi lo están haciendo.  Y ello se debe a que la ley de la oferta y la demanda es uno de los preceptos más confiables de la ciencia económica.  Según esta ley, cuando el precio de algo sube, su demanda baja.  Los salarios que percibe un trabajador son el precio que el empleador paga por sus servicios, por lo que la elevación de sus salarios fuerza a los empleadores a pagar más por los trabajadores.  El precio sube y disminuye entonces la demanda de trabajadore s.  Si las demás condiciones permanecen iguales, se pierden puestos de trabajo.

Durante mucho tiempo esto resultaba tan obvio  que ninguna persona seria lo ponía en duda.  Pero un par de estudios durante la década de los noventa afirmaron no haber encontrado prueba alguna de que la pérdida de empleos estuviera asociada a los aumentos del salario mínimo.  Sin embargo, la economía clásica enseña que para cada empleo existe un precio de mercado que equipara la oferta y la demanda, es decir, el precio según el cual alguien desea hacer algo y alguien está dispuesto a pagarle para que lo haga.  Si uno eleva el mínimo legal por encima de ese precio, habrá más gente dispuesta a realizar el trabajo, pero lo más probable es que sean menos las personas (los empleado res) dispuestos a pagar el nuevo precio, más alto, para que el trabajo se realice.    

Para tener una idea de cómo funciona esto, piense en el empacador del supermercado, un servicio clásico de bajo salario. Los supermercados contratan a los empacadores por el salario mínimo, o por un salario cercano a éste, porque se trata de un servicio adicional que hace que los clientes se sientan mejor, contribuye a que las colas disminuyan y es posible que permita contratar menos cajeros, cuyos salarios son mayores que los de los empacadores.

Ahora bien, ¿que ocurriría si se aprobase una ley que estipula pagar $10 la hora a todo trabajador, incluidos los empacadores de los supermercados?  Lo más probable es que el supermercado contrate menos empacadores, o reduzca sus horas de trabajo.  A lo mejor decide que sólo los necesitan en el horario de 4 p.m. a 7 p.m.  Si el salario mínimo se eleva hasta $20 la hora, los clientes mismos tendrían que empacar sus compras. Esto es tan evidente que a los defensores de un salario mínimo que nunca deja de elevarse les ha costado tiempo crear una teoría adecuada que lo oculte.

La mayoría de los trabajos no tienen que empaquetar víveres.  Pero la mayoría de ellos no pagan el salario mínimo.  El Buró de Estadísticas Laborales señala que los que trabajan por un salario mínimo constituyen el 2% de la fuerza laboral.  La mayoría de ellos tienen menos de 25 años y son solteros.  Además, la fuerza de trabajo en los empleos de salario mínimo tiende a ser más inestable.  

La teoría que proponen los que abogan por un salario mínimo más alto es la siguiente: el mercado de los empleos de salario mínimo no es ni eficiente ni justo.  Los trabajadores carecen de información adecuada sobre las alternativas existentes, mientras que los empleadores imponen un salario artificialmente bajo a los desfavorecidos, quienes, como resultado de ello, no trabajan con mucho ahínco y tienden a cambiar de trabajo con una frecuencia mayor con la que lo harían si se les pagara de una manera más “justa”.  El aumento del salario mínimo eleva la productividad y reduce la inestabilidad de la fuerza laboral (debido a que los trabajadores están más satisfechos), lo que rebaja el costo real del trabajo as í como los costos que ocasiona la búsqueda y entrenamiento constante de nuevos trabajadores (costos estos que el empleador pagaba sin darse cuenta de ello, ya que desconocía el precio “correcto” que debía pagar a sus trabajadores).  Todos se benefician y nadie sufre.

Los problemas que afectan este idilio no difieren de los que enfrentan todos los intentos por remplazar los precios que el mercado determina por los planificados. Incluso si es cierto que algunos trabajadores perciben un salario inferior al que debían, y probablemente lo es (nunca nos hemos tropezado con algún periodista que crea que los desdichados que se manchan de tinta, como clase, ganan más que lo que debían), queda el problema de establecer cuál es el salario correcto. ¿Cabe suponer que Nancy Pelosi lo sabe mejor que cualquier gerente de un supermercado?  

En cuanto al empleador que supuestamente se daña a sí mismo y daña su negocio al despedir a trabajadores mal pagados, ¿quién es capaz de afirmar que no sabe lo que está haciendo? Quizás los años de experiencia le enseñaron que los empacadores de víveres abandonan su empleo después de seis meses, independientemente de lo que se les pague (dentro de límites razonables).  En todo caso, dudamos que la señora Pelosi pierda el sueño por el hecho de que los capitalistas no entienden su propio mercado laboral.

La lógica que se encuentra detrás de la elevación del salario mínimo lleva implícita la idea de que si apretamos un poco a los empleadores éstos ni siquiera se darán cuenta. Otro argumento, explícito éste, es que se eliminan empleos, pero los aumentos salariales compensan la reducción del número de empleos. Pero esto sólo es cierto si el empleo que se elimina no es el de uno. Si usted es un joven negro, su situación será ligeramente mejor que la de la población general a la que se le pagará el salario mínimo, pero sus posibilidades de encontrar algún trabajo serán diez veces menores.  Y si usted está desempleado, lo más probable es que el incremento del salario mínimo, en vez de ayudarlo a encontrar un empleo, s e lo hará más difícil.  Bienvenida sea la idea del progreso de la señora Pelosi.

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Tomado del Opinion Journal del WSJ, edición de noviembre 11, 2006.
Traducido por Félix de la Uz.

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