Lula y los Castro.
Mario Vargas Llosa.
PIEDRA DE TOQUE. Cuando se trata del exterior, el presidente
brasileño
se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con la
hez de
América Latina. Su foto con Raúl y Fidel me retorció las
tripas
MARIO VARGAS LLOSA 07/03/2010
Mi capacidad de indignación política se embota algo los
meses del año
que paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en
países
democráticos en los que, no importa los problemas que
padezcan, hay un
amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los
partidos,
las instituciones y los individuos suelen protestar con
entereza y
ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable,
sobre todo
en el campo político.
En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses
al año,
aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la
furia de mi
juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y
alerta,
esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el
hecho
execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran
número, o
merecerá el beneplácito o la indiferencia general.
Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e
ira, viendo
al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando
cariñosamente a Fidel
y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de
la
dictadura cubana correteaban a los disidentes y los
sepultaban en los
calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando
Zapata
Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del
Grupo de los
75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre -luego
de
someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con
pretextos
a más de 30 años de prisión- tras 85 días de huelga de
hambre.
Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un
mínimo de
información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen
castrista
que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia
entre la
condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política
terrorista
de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la
violación
sistemática de los más elementales derechos humanos,
procesos amañados
para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y
someterlos allí
a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al
suicidio.
Los hermanos Castro llevan 51 años practicando esa política
y sólo los
idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.
Pero de Luiz Inácio Lula da Silva, gobernante elegido en
comicios
legítimos, presidente constitucional de un país democrático
como
Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más
digna y
coherente con la cultura democrática que en teoría
representa, y no la
desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con
los asesinos
virtuales de un disidente democrático, legitimando con su
presencia y
proceder la cacería de opositores desencadenada por el
régimen en los
mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los
verdugos de
Orlando Zapata Tamayo.
El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes
de viajar a
Cuba, 50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia
durante su
estancia en La Habana y que intercediera ante las
autoridades de la
isla por la liberación de los presos políticos martirizados
como
Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas.
Tampoco los
recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a
la isla,
cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor
eufemismo.
Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario
brasileño ha
caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política
exterior,
desmiente de manera sistemática su política interna, en la
que respeta
las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de
las
recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y
candidato
-dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la
inversión
extranjera, etcétera-, promueve una economía de mercado y de
libre
empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.
Pero, cuando se trata del exterior, el presidente Lula se
desviste de
los atuendos democráticos y se abraza con el comandante
Chávez, con
Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez
de América
Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas
diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía
teocrática
integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el
presidente
Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido,
capaz de
todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin
espina dorsal
cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos
para Brasil
del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que
Cuba sea,
con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen
los peores
atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos
políticos. Lo
importante para él serían cosas más trascendentes como el
puerto de
Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de
dólares así
como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de
lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado
¿qué puede
importarle al “estadista” brasileño que un albañil cubano
del montón,
y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por
nimiedades como
la libertad?
En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico
mandatario
“democrático” latinoamericano. Casi todos ellos están
cortados por la
misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque
-cuando no
tienen más remedio- practican la democracia en el seno de
sus propios
países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula,
en cortejar
a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen,
los
pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una
credencial de “progresistas” que los libre de huelgas,
revoluciones,
acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos
de violar
los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano
Fernando
Rospigliosi, en un admirable artículo, “Mientras Zapata
moría
lentamente, los presidentes de América Latina -incluido el
sátrapa
cubano- se reunían en México para formar una organización
-¡otra más!-
regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la
libertad o un
mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos”.
El único
que se atrevió a protestar -un justo entre los fariseos- fue
el
presidente electo de Chile Sebastián Piñera.
De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado
hubiera
podido reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva,
abrazando a los
hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al
leer la
prensa de esta mañana.
Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el
civismo,
la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos
valores se
encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas
de Blanco,
Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez, y
demás
cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso,
las
agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se
siguen
enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo,
en
principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros
políticos y,
sobre todo, en el periodista independiente Guillermo
Fariñas, que,
cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga
de hambre
en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la
liberación
de los presos políticos.
Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de
los más
inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el
continente donde se
hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América
Latina.