En defensa del neoliberalismo

La muerte del tercermundismo
FABIO RAFAEL FIALLO

La globalización de la economía internacional y las revueltas árabes de este invierno marcan la muerte, cada una en una esfera diferente, de una postura ideológica que floreció en el tercer cuarto del siglo anterior.  El “tercermundismo”, que surgió de la descolonización y el triunfo de revoluciones marxistas en los países en desarrollo, es la creencia o pretensión de que los intereses económicos y políticos de las naciones pobres son distintos y están en contradicción con los de las naciones ricas, específicamente, con aquellas cuyos valores y modos de vida son occidentales.

En el frente económico, el tercermundismo se basa en la teoría del “intercambio desigual”, según la cual el comercio entre los países desarrollados y los países en desarrollo resulta perjudicial para estos.  Las exportaciones de los países en desarrollo —que hace 40 años estaban en gran parte formadas por materias primas y otros productos básicos primarios— se suponía que tenían precios demasiado bajos, mientras que las inversiones extranjeras se consideraban  medios de explotación de los recursos naturales y la fuerza de trabajo de los mercados emergentes.  Estas relaciones comerciales, concluía el tercermundismo, eran la causa principal del atraso de los países en desarrollo.  Para superar esta situación, los “expertos” tercermundistas en círculos académicos y organizaciones internacionales recomendaban fomentar el comercio entre estos países (“autosuficiencia colectiva” fue el nombre que se le dio a ese empeño) e implementar una industrialización orientada hacia adentro mediante barreras proteccionistas contra los productos manufacturados de importación.

Este tipo de autarquía económica tenía como equivalente en el frente político el principio de “autodeterminación”.  Se argumentaba que los países en desarrollo se encontraban en una situación cultural fundamentalmente diferente a la de los países que los habían colonizado.  Los países en desarrollo tenían el derecho y la necesidad de hallar normas políticas que se ajustaran a sus condiciones específicas y niveles de desarrollo, en vez de adoptar los modelos democráticos, multipartidistas y liberales que prevalecían en Occidente.

En la práctica, la autodeterminación no tardó en convertirse en un recurso empleado por los nuevos déspotas establecidos para fortalecerse y perpetuar sus fechorías.  Los Maos, Castros, Gadafis y Mugabes decían ser la encarnación de los intereses de sus naciones.  Los ciudadanos sometidos a ellos quedaban relegados a la categoría de “masas”, cuyo deber principal era implementar las órdenes de sus amos.  Cualquiera que intentara expresar su desacuerdo era acusado de ser un “mercenario” pagado por las potencias extranjeros.  Disentir equivalía a traicionar.

Esta moda de “autodeterminación” del Tercer Mundo dejó a los líderes del Primer Mundo con una sola elección políticamente correcta: tomar asiento, mantenerse tranquilos y dejar que los dictadores —es decir, los “liberadores nacionalistas”—  sigan pisoteando la libre expresión y  continúen persiguiendo, encarcelando, torturando y asesinando a sus opositores.  La alternativa era ser acusados de interferir en los asuntos internos de naciones soberanas en desarrollo, lo que resultaba algo muy desagradable.

Antes del advenimiento del nuevo milenio, la globalización del comercio refutó los fundamentos económicos del tercermundismo.  Uno tras otro, los países desarrollados se dieron cuenta de que el proteccionismo los había llevado a la pobreza y que para ellos sería más beneficioso participar ampliamente en el comercio internacional.  Muchos decidieron entonces revisar sus políticas macroeconómicas, privatizar las empresas estatales ineficientes y abrir sus mercados al capital extranjero y a las tecnologías que lo acompañan.  Gracias a este cambio de paradigma, muchos estos países devinieron competidores formidables en los mercados internacionales de productos manufacturados.

Pero los pilares políticos del tercermundismo no fueron segados.  Desde la caída del Muro de Berlín se rechazó el abuso del principio de “autodeterminación” por los tiranos.  En los foros internacionales se propuso instituir el “derecho a interferir”  que desde entonces se convirtió en la “responsabilidad de proteger” a los pueblos de las violaciones flagrantes de los derechos humanos.  En junio de 1990, en la ciudad de La Baule, el presidente francés François Mitterand prometió que Francia haría depender su apoyo a los regímenes africanos de la disposición  de estos a fomentar la libertad política y la eficiencia económica. El expresidente norteamericano George W. Bush, posteriormente,  impulsó su “agenda de libertad” que subrayaba la promoción de la democracia como ingrediente esencial de la política exterior estadounidense.

Todas estas iniciativas trataban de combatir la idea de que la “autodeterminación” debía servir de subterfugio al que recurrían incontables autócratas para perpetuar sus regímenes.  Pero los déspotas del Tercer Mundo (así como los intelectuales de mentalidad semejante) argumentaron que esas iniciativas carecían de raíces o de legitimidad en las culturas de los países en desarrollo.  El Oriente Medio constituía el ejemplo perfecto de una región donde la democracia representativa nunca prosperó y ni siquiera se intentó. 

Las revoluciones invernales despedazaron este lamentable argumento.  En las calles de Túnez, El Cairo, Trípoli y prácticamente en cualquier lugar de esta región, hombres y mujeres arriesgaron sus vidas para mostrar que no eran simples “masas”, sino individuos que deseaban y tenían el derecho a escoger e impugnar a sus gobernantes.   Por lo que sé, estos manifestantes no han quemado una sola efigie del Tío Sam o una bandera israelí, a cuyas acciones sus déspotas los incitaron durante años.  Por el contrario, sus furias las dirigieron a los verdaderos responsables de los sufrimientos que duraron décadas. Los rebeldes libios, por su parte, pidieron ayuda al mundo exterior —y sobre todo a Occidente— para derrocar a Muamar Gadafi.  Cabe mencionar que no es esta la primera vez que los pueblos del Norte de África o del Oriente Medio solicitaron nuestro apoyo.  En el 2009, las calles iraníes vibraron con los gritos de los manifestantes: “¡Obama!, ‘Obama!, ¿estás con ellos o con nosotros?”.

Los anhelos de una verdadera autodeterminación no mermarán cualquiera que sea el resultado de lo que ocurre en Libia, Egipto o Túnez —o en Baréin o Siria. Estos pueblos vislumbraron ahora la libertad, por lo que es improbable que la olviden y regresen a la situación anterior. La lucha por la libertad crea una adicción inquebrantable.  Solidaridad, el sindicato polaco, fue aplastado y tuvo que pasar a la clandestinidad en 1981, pero ocho años después cayó el Muro de Berlín y en 1990 Lech Walesa asumió la presidencia del país.  África del Norte y el Oriente Medio están pasando por una situación que no es diferente de la que existía en Europa del Este en los años 80.  La libertad, tarde o temprano, dirá la última palabra.

Pero las aventuras y desventuras de las revueltas actuales enterraron la legitimidad que quedaba en la ideología del tercermundismo.  Llegó el momento por el que lucharon estadistas e intelectuales.  Al rechazar seguir siendo gobernado por déspotas y manifestar que tiene aspiraciones democráticas similares a las del resto del mundo,  el pueblo árabe le dio el golpe de gracia al tercermundismo.

Fabio Rafael Fiallo, nacido en República Dominicana, es economista, escritor y ex funcionario de la ONU. En su último libro publicado, Ternes Eclats, hace una crítica de las organizaciones internacionales

Tomado del WSJ