US: Obama se desinfla
James Neilson
El triunfo por un margen respetable, si bien no abrumador, de
Barack Obama en las elecciones presidenciales norteamericanas de
noviembre del 2008 desató una ola de optimismo no sólo en
Estados Unidos sino también en otros países. Muchos parecieron
convencidos de que, merced a la llegada de un hombre de origen
étnico mixto, sin experiencia administrativa, autor de un par de
libros, pronto terminaría una época de tensiones raciales y
religiosas, guerras crueles y el capitalismo salvaje para que se
iniciara una nueva que sería caracterizada por la armonía
multicultural, soluciones diplomáticas para regiones
conflictivas como el Medio Oriente que permitirían el repliegue
con el honor intacto de las fuerzas expedicionarias
estadounidenses y, después de un intervalo breve en que
políticos progresistas pondrían fin a las andanzas de los
financistas, el progreso económico universal.
Por desgracia, sólo se trataba de una ilusión imputable a la
credulidad realmente extraordinaria de progresistas que se
habían concentrado en los presuntos méritos de Obama, negándose
a prestar atención a las advertencias de quienes se habían dado
el trabajo de examinar su trayectoria y analizar sus opiniones.
Es posible que un puñado de incondicionales todavía crea que
Obama es un superdotado carismático, un orador realmente
excepcional cuya mera presencia en la Casa Blanca debería ser
suficiente como para cambiar el mundo, pero a esta altura
quienes piensan así constituyen una minoría reducida. Fuera de
los reductos de los “obamaníacos” irremediables, está
consolidándose el consenso de que, en verdad, el presidente no
posee las cualidades necesarias para pilotear Estados Unidos en
tiempos tan tormentosos como los actuales.
Puede que cualquier otro –John McCain, digamos, o Hillary
Clinton– hubiera defraudado a sus simpatizantes porque los
problemas que tiene que enfrentar la superpotencia son tan
complicados que no admiten soluciones sencillas. También puede
decirse que las expectativas creadas por el ascenso de Obama
fueron tan absurdamente exageradas que era inevitable que el
encontronazo con la realidad resultara traumático. Así y todo,
el colapso de los índices de aprobación del presidente
estadounidense tiene muy pocos precedentes en la historia
reciente. Según las encuestas más confiables, el 65% de los
votantes cree que el gobierno de su país se ha equivocado de
rumbo.
La desaprobación mayoritaria de lo hecho hasta ahora por Obama
se debe no sólo a que la economía sigue resistiéndose a dejarse
estimular por las cantidades astronómicas de dólares con las que
su equipo está procurando reactivarla. También tiene que ver con
la sensación de que es un “elitista” que no entiende la forma de
pensar de sus compatriotas. Por lo demás, la elocuencia que le
atribuyeron sus admiradores cuando estaba en campaña, y que
según ellos le permitiría conectarse con la gente una vez en el
poder, ya no impresiona a nadie. De acuerdo común, Obama depende
demasiado del “teleprompter”, un dispositivo empleado por los
locutores de televisión que les permite leer subrepticiamente
sin apartar sus ojos de la cámara; a diferencia de la presidenta
Cristina, que sí puede improvisar discursos largos y coherentes
sin la ayuda de tales artefactos, a menos que tenga uno a mano
su homólogo norteamericano se siente perdido.
La política exterior de Obama está dominada por su voluntad de
congraciarse con “el mundo musulmán”, pero si bien sus esfuerzos
en tal sentido han ofendido a los muchos norteamericanos que no
comparten la tesis progresista de que su país ha sido
responsable de virtualmente todos los males y por lo tanto
debería pedir perdón al resto del género humano, no parece haber
seducido a demasiados musulmanes; conforme a los sondeos, la
proporción de árabes, paquistaníes y otros que no quieren para
nada a Estados Unidos ha aumentado a partir de la salida de
George W. Bush del 83% aproximadamente al 85. Mientras tanto,
Obama se las ha arreglado para enfurecer esporádicamente a los
británicos, israelíes y polacos, además de merecer el desprecio
apenas disimulado del francés Nicolas Sarkozy, que lo ha tratado
en público como un debilucho.
Hace dos años la imagen rutilante de Obama ayudó mucho a sus
correligionarios demócratas, pero desde entonces ha perdido
tanto brillo que, de cara a las elecciones parciales de
noviembre, los candidatos de su partido prefieren que no visite
sus distritos. Los demócratas más pesimistas temen enfrentar un
tsunami de votos adversos que les cueste no sólo la mayoría de
los escaños en la Cámara de Representantes sino que también los
prive del control del Senado. De concretarse las previsiones
lúgubres de tales estrategas, Obama compartirá el destino de
otro presidente progresista, Jimmy Carter, cuya gestión es
recordada como un fracaso vergonzoso.
En tal caso, a Estados Unidos y al mundo les aguarda un período
sumamente peligroso. Dentro de un año el gobierno de la
superpotencia tendrá que optar entre convivir con un Irán
teocrático pertrechado de armas nucleares y hacer cuanto resulte
necesario para impedir que las consiga: todos saben que ambas
alternativas podrían tener consecuencias catastróficas. Asimismo,
aunque no cabe duda de que Obama quisiera poner fin cuanto antes
a la intervención norteamericana en Afganistán e Irak, no le
convendría en absoluto que la retirada de las tropas fuera
tomada por una gran victoria islamista o que fuera seguida por
matanzas horrendas. Y, como si no bastaran las convulsiones que
están agitando a los países musulmanes, pronto podría estallar
una crisis igualmente explosiva en Corea.
También es alarmante el panorama económico. Mientras que los
líderes europeos han llegado a la conclusión de que sería
suicida continuar amontonando deudas enormes y que por lo tanto
ha llegado la hora de ajustar, Obama se ha comprometido con su
propia versión del keynesianismo, lo que ha provocado la
rebelión de millones de norteamericanos que temen verse
asfixiados por los impuestos que, tarde o temprano, tendrán que
pagar para que un gobierno futuro restaure cierto equilibrio.
Mal que le pese a Obama, la mayoría de los “keynesianos”
congénitos no está en Estados Unidos sino en Europa; a menos que
la economía norteamericana se recupere muy pronto, la segunda
mitad de la gestión que comenzó en un clima de euforia será aún
más ardua que la primera, y la posibilidad de que sea reelegido
a fines del 2012 será nula.
Fuente:
Diario Rio Negro
(Argentina)