En defensa del neoliberalismo

 

Observando a Schwarzenegger

 

George F. Will

SAN FRANCISCO – El gobernador Arnold Schwarzenegger, la contribución austriaca a la política y otros entretenimientos americanos, no puede ser presidente porque no es americano de nacimiento pero eso no significa que su poder político esté confinado a California. Su estado es tan grande – la economía del Condado de Los Ángeles es casi tan grande como la economía de Rusia – que lo que suceda aquí puede provocar reverberaciones en todo el continente, y Schwarzenegger espera que pasen muchas cosas en los próximos 10 meses.

Al hablar en su oficina aquí, combina un agudo sentido del papel de California en la nación, y de su papel en California, con el sentido que un actor tiene de la audiencia.  "En la mayoría de los estados," dice sonriente, "no va a pasar nada este año." Así que le van a prestar atención a lo que va a pasar aquí. Y  "si  ganamos, ellos van a ganar energía".

Al hablar de "ellos” quiere decir personas y fuerzas políticas en todo el país que están ansiosas de emular su peculiar tipo de conservadurismo libertario. Sus ideas libertarias se extienden más allá de la teoría de economía política que encontró cuando joven en los escritos de Milton Friedman, y más allá del exuberante espíritu empresarial de su vida, y comprenden los temas sociales.

Está a favor del derecho al aborto, no le interesa si los electores de algún estado apoyan el matrimonio homosexual y no está interesado en una enmienda constitucional que lo prohíba. De aquí que algunos republicanos lo consideren útil pero no un verdadero representante de la iglesia conservadora. Sin embargo, sus principios conservadores, más que los de ellos, son la punta de lanza del principal objetivo político conservador: derrotar el intento liberal de europeizar a Estados Unidos.

Su objetivo –el Congreso estatal probablemente tratará de impedirlo y luego los electores decidirán en un referendo– es rebajar los gastos generales cuando el presupuesto no esté balanceado, y adoptar una forma de reorganizar los distritos electorales que no sea partidista, poniendo esa responsabilidad en un panel de jueces retirados. Esta última proposición pudiera afectar la influencia que el Partido Demócrata y su base de sindicatos de empleados públicos –el gobierno organizado como un grupo de intereses– tienen sobre el Congreso estatal. El programa de Schwarzenegger está dirigido a frenar la política distributiva que impulsa la expansión del gobierno.

 

El Partido Demócrata de hoy está definido por su creciente devoción a la distribución de los ingresos gubernamentales a sus clientes: al complejo de educación-servicio social. Esto explica lo que el mapa de los condados de las elecciones del 2004 revela: Hay muy pocos estados azules. Los demócratas dependen, cada vez más, de las concentraciones de electores urbanos y de ciudades-universitarias que trabajan en ese complejo. 

California, donde el gasto social per. capita en dólares constantes se ha más que triplicado en cinco décadas, está abrumada por el tipo de gobierno inhibidor de desarrollo que ha estrangulado muchas ciudades del país. En un ensayo publicado en the Weekly Standard, Joel Kotkin distingue entre las ciudades “empresariales” y las ciudades “euro-americanas”. Las primeras, - e.g., Atlanta, Charlotte, Reno, Boise, Phoenix, Orlando, Las Vegas, Salt Lake City, Fort Myers – están creciendo aceleradamente. Las otras - e.g., Boston, New York, San Francisco, Chicago, Philadelphia – están experimentando una fragmentación social: los empleados dependientes del gobierno luchan por recursos cada vez menores, y muchas de estas ciudades están perdiendo población que, en muchos casos, emigra a las ciudades empresariales.

Las ciudades euro-americanas, donde los sindicatos de maestros impiden el mejoramiento de la educación pública y los “estados municipales de bienestar social” mantienen alto el costo de la vida, atraen cada vez más liberales acaudalados y frecuentemente sin hijos. Seattle, dice Kotkin, "tiene aproximadamente la misma población que tenía en 1960, pero apenas la mitad de los niños." Las ciudades euro-americanas tienen, en grados diversos, la enfermedad conocida en los años 70 como “la enfermedad británica”, cuando Gran Bretaña era llamada, como lo fuera Turquía, “el enfermo de Europa”.

La enfermedad es el resultado de un ciclo perverso: los sindicatos del sector público producen altos niveles de gastos en servicios sociales. Esto produce una demanda siempre creciente de gastos gubernamentales y de cada vez más empleados públicos, lo que hace crecer el poder de sus sindicatos.

La enfermedad británica hizo su aparición en EEUU en 1975, en la ciudad de Nueva York, y la llevó a la bancarrota. En un ensayo publicado en el número de invierno del 2005 del Public Interest, E.J. McMahon del Manhattan Institute y Fred Siegel, un profesor de historia de Cooper Union, escribían sobre el debilitamiento de Nueva York debido a políticas distributivas en el sector público que simplemente ignoraban al sector privado. 

Para 1975, había 340,000 personas en la nómina de la ciudad y más de 1 millón en bienestar social.

Schwarzenegger utiliza un lenguaje terapéutico cuando dice que los legisladores son "como adictos" y que su programa es "un tratamiento": "Hay que irles rebajando, poco a poco, lo que uno les da". Es todo un espectáculo: un inmigrante europeo, familiarizado con esclerosis social que genera el estatismo, trabajando por vacunar a California contra esa enfermedad. Sólo en América.

Febrero 13/2005