En defensa del neoliberalismo
 

Zvika

 

Michael Ledeen

Peter Malchin –Zvika para sus amigos – ha muerto.  Falleció en un centro de rehabilitación de Nueva York tras una infección sanguínea. No podía haber simplemente cerrado los ojos y haberse muerto. Nunca hizo nada de la forma en que las personas normales lo hacen. Era una persona absolutamente extraordinaria que hizo cosas extraordinarias de las que casi nadie se enteró porque Zvika era un gran maestro en el arte de pasar inadvertido. La mayor parte del tiempo, la gente ni siquiera lo veía.

Así fue como se convirtió en el agente secreto más grande de su generación, y quizás el más grande de todos los tiempos. No he conocido a nadie cuyas habilidades fueran al mismo tiempo tan diversas y tan constantemente afiladas, porque nunca estaba satisfecho con ellas. Nunca dejó de analizar los problemas que la mayoría de nosotros cree comprender, y una conversación con Zvika era como entrar en una vorágine intelectual y emotiva. Nadie podía mantener semejante intensidad y encontraba su relajamiento en la pintura, en la que también se destacó.

Su hazaña más conocida fue la captura de Adolph Eichman en Buenos Aires. Fue el hombre invisible que abordó al asesino nazi cuando se bajaba de un autobús en la calle Garibaldi y le susurró: “Un momentito, señor” y lo agarró con las manos enguantadas para evitar tener que tocarlo. Drogado y disfrazado como un sobrecargo en estado de embriaguez, fue trasladado de contrabando a Israel en un jet israelí. Tras un juicio de cuatro meses al año siguiente, fue hallado culpable de crímenes contra la humanidad. Ahorcado y cremado, sus cenizas se dispersaron en el Mediterráneo. Durante el interrogatorio de Eichman, mientras esperaban el momento adecuado para llevárselo a Israel, Zvika dibujó algunos bocetos del cautivo sobre unos mapas. Posteriormente, esos bocetos fueron enmarcados y exhibidos en todo el mundo.

Pero la verdadera habilidad de Zvika, su verdadero genio, diría yo, no era simplemente realizar misiones peligrosas porque muchos han hecho eso. La singularidad de Zvika estaba en poder penetrar el centro mismo de cualquier problema de inteligencia, desde la seguridad de los edificios hasta los incomprensibles misterios de la contra-inteligencia. Se dice que organizó la captura de casi 30 agentes soviéticos en Israel. En cierta ocasión le pregunté como los había podido localizar. “Yo no los localicé en lo más mínimo’’, me dijo riendo entre dientes. “Sólo me preguntaba, si yo fuera un espía ruso, ¿Dónde estaría ahora? Y una vez que me respondía esa pregunta, iba a ese lugar y los esperaba. No era difícil darse cuenta de quienes eran’’.

Zvika era tan incomparable en penetrar la mente de otros como en penetrar edificios. Los israelíes lo usaban para chequear su propia seguridad. Una vez que creían haber hecho un edificio o una oficina impenetrable, le ordenaban  a Zvika que entrara en ella, lo que invariablemente conseguía. Luego lo hacían impenetrable para Zvika, y pensaban que ya no se podía hacer más. En los años 50, cuando los dirigentes de Singapur pidieron ayuda israelí para establecer sus servicios de inteligencia y seguridad, Zvika fue a visitarlos para ver que habían hecho. Para su sorpresa, encontró que un sólo edificio albergaba el ministerio de defensa y los servicios de inteligencia. No le pareció muy inteligente. “Una vez que alguien consiga entrar, va a poder conseguir tanto los secretos de la defensa como los de la seguridad’’, observó. En Singapur no estaban convencidos. Pensaban que era más fácil garantizar la seguridad de un edificio que la de dos, y el jefe de la inteligencia no quiso separarlos. La propiedad más preciada de este hombre era rara tortuga tallada, que encerraba en su caja fuerte todas las noches. Poco después e su conversación con Zvika, el jefe de inteligencia llegó a su oficina temprano en la mañana y abrió su caja fuerte. La tortuga había desaparecido y en su lugar había una nota dentro de la caja fuerte. La nota decía: “Nada está realmente seguro, ni siquiera una tortuga”.

Mi historia favorita de Zvika tiene que ver con Egipto. El Mossad estaba decidido a poner un micrófono en el salón de conferencias de Nasser, para que Israel pudiera saber lo que se discutía a los más altos niveles del gobierno egipcio. Zvika entró en el salón  durante una pausa para almorzar y se metió debajo de la mesa de conferencias - que estaba cubierta con un gran tapiz que llegaba hasta el suelo - para instalar los micrófonos. Cuando estaba terminando oyó gente entrando en el salón, y permaneció debajo de la mesa hasta el fin de la reunión. “Mi gran problema era observar todos esos pies y calcular cual de ellos se iba a mover’’. Dios sabe como se las pudo arreglar. Posteriormente, de regreso en Israel, presentó un reporte de la acción:”Nuestro manual está incompleto. No sólo tenemos que saber cómo entrar sino que hay que añadir un capítulo sobre como salir. Y a veces muy rápidamente’’.

Posteriormente disgustado por lo que consideraba métodos excesivamente groseros adoptados por la seguridad israelí y lleno de menosprecio por la calidad de sus sucesores, Zvika se mudó para Nueva York y pasó la mayor parte de su tiempo pintando y dando conferencias. De tiempo en tiempo ayudaba a localizar a algún monstruo, de los que ha hablado Richard Morgenthau y ha escrito Uri Dan. Uno de sus hijos, Omer, un asesor financiero, estaba en la torre sur del World Trade Center el 11 de septiembre del 2001. Salvó la vida milagrosamente cuando dejó su oficina para reunirse con su padre, que estaba a pocas cuadras.

Como concuerda con una persona que quiere permanecer invisible, era un hombre muy tranquilo. Hablaba en un susurro grave que en ocasiones era difícil de escuchar. Pero merecía la pena hacer el esfuerzo porque era una inspiración, especialmente para los jóvenes. Explicaba que la vida es muy difícil y algunas veces terrible: gran parte de su familia fue asesinada por los nazis en Polonia. Pero, a pesar de todo, insistía, una tiene que echarse al hombro los problemas y luchar.

Como corresponde a un heterodoxo empedernido, Zvika no era muy buscado por los modernos practicantes de la inteligencia. Inclusive después del 9/11, el Washington oficial lo evitaba, aunque nuestros pobres agentes hubieran podido aprender mucho de él. Y hasta que uno de sus amigos insistiera, ni siquiera el Museo del Holocausto pensó en honrarlo, o incluso pedirle que contara su historia a una generación muy necesitada de escucharla. Cuando finalmente llegó, el salón estaba abarrotado, y nadie que lo escuchara aquel día podrá olvidarlo nunca.

Como casi todos los sobrevivientes de los horrores nazis, era un alma atormentada, y sus angustias se veían intensificadas por la necesidad de mantener secretas casi todas las actividades de su vida de adulto.

Muchas de sus acciones permanecerán ignoradas durante mucho tiempo, quizás para siempre, y él estaría de acuerdo.

Su propia madre sólo supo que Zvika había capturado a Eichman en su lecho de muerte. Pero nosotros, los que sí sabemos y los que conocimos aquel hombre extraordinario, lo recordaremos y lo extrañaremos siempre. Y diremos el Kaddish por él, con todo nuestro corazón.

Michael Ledeen, es el autor  The War Against the Terror Masters
Tomado de National Review

Traducido por AR