En defensa del neoliberalismo

 

El ajedrez atómico

 

¿Qué hizo a Gorvachev rechazar la 'doctrina Brezhnev' que precipitó en el caos a los partidos comunistas de
Europa del Este?

Juan F. Benemelis, Miami

El período que engloba la década de los setenta se caracterizó por el violento desarrollo militar soviético que tenía alarmado a Occidente. El Kremlin pensó que había invertido a su favor el balance de fuerzas militares y nucleares del planeta. Sus pasos siguientes se encaminaron a la construcción de sistemas defensivos anticohetes. El hecho fue que en 1972, los soviéticos insistían en una incorrecta definición del imperativo "detente".

La autosuficiencia e ilusión de fortaleza que emanaba del bloque soviético se reflejó en sus ideólogos, que pregonaban cómo la corriente de la historia se movía en su dirección, y tildaban la crisis energética como un fenómeno propio del capitalismo. De no haber tropezado con los yacimientos siberianos a principios de 1970, y con un mercado que pagaba a precio de oro el hidrocarburo, el derrotero de la Unión Soviética, la Europa del Este, los estalinismos tercermundistas, e incluso, de la carrera armamentista y la misma perestroika, hubiese tenido lugar dos décadas antes.

Convencidos de que a Estados Unidos le resultaba difícil recuperar la iniciativa estratégica internacional, la Unión Soviética introducía el elemento "terrorismo" en mayores proporciones, abalanzándose sobre países fuera de la cobertura militar de la OTAN. En términos imperiales, la "era Brezhnev" propició el alcance de la paridad en los sistemas de armamentos estratégicos de Estados Unidos, y la superioridad en ciertos campos. La Unión Soviética buscaba desconcentrar su arsenal nuclear del territorio soviético, para hacerlo menos vulnerable a un primer golpe atómico, sobre todo ante su inferioridad en bombarderos estratégicos y submarinos.

Los soviéticos realizaron una movida en Europa con el objeto de quebrar la alianza atlántica, al reemplazar su vieja cohetería con los efectivos SS-20, dirigidos hacia la masa continental. Moscú estaba convencido de la incapacidad norteamericana para responder. Europa perdió confianza en la alianza Atlántica ante la ausencia de una respuesta norteamericana adecuada a los casos de Afganistán, Angola, Etiopía, Kampuchea e Irán, al punto de que muchos de sus politólogos consideraban como un hecho de realpolitik el que los soviéticos, como imperio, controlasen un número de Estados "clientes".

Pero fallaron en prever que el emplazamiento de los SS-20 sería tomado en Occidente como un acto de provocación. Las administraciones norteamericanas de Jimmy Carter y luego de Ronald Reagan lucharían por solventar el desbalance atómico, en una pugna tecnológica en la que la capacidad industrial y científica de Estados Unidos hizo polvo los sueños moscovitas de mantener la supremacía militar mundial.

Si la carrera armamentista soviética fue cuantitativa, la norteamericana durante la era de Reagan se caracterizó por lo cualitativo. A un costo de dos trillones de dólares, Estados Unidos emprendió la más elevada producción bélica en época de paz, elevando significativamente la calidad de sus fuerzas armadas, y creando un novísimo arsenal sofisticado. La introducción de tecnologías de punta en los armamentos posibilitó restaurar la confianza de Occidente e hizo más vulnerable a los soviéticos.

La modernización llevó a la instalación del ultrarrápido cohete Crucero y el preciso cohete Pershing-II, a sólo 12 minutos de los centros de mando y radares del arsenal atómico soviético, alterando la superioridad táctica en el escenario europeo a favor de la OTAN, y concediendo a Washington la posibilidad de lanzar un primer golpe nuclear decisivo.

Como corolario, en marzo de 1983, el presidente Reagan anunció la decisión de no aceptar la vulnerabilidad permanente de total destrucción, y por lo tanto, de defender el país de la amenaza atómica soviética con una compleja defensa anticohetes desde el espacio y a un costo horroroso. Esto fue conocido como la Iniciativa de Defensa Estratégica, que en el lenguaje corriente se denominó la Guerra de las Galaxias. La defensa espacial de Reagan resultó el resorte fundamental para que los soviéticos retornaran a la negociación sobre control de armamentos, como la única posibilidad de detener el programa de defensa estratégica.

La Defensa Estratégica no fue recibida en los círculos militares soviéticos como una simple escalada de la carrera armamentista, sino como el comienzo de la introducción de armamentos de nuevo patrón, basados en principios físicos inexplorados. De golpe, la sofisticada tecnología militar norteamericana transformó en obsoleto el recién concluido arsenal militar soviético —incluido sus cohetes intercontinentales, que acumularon durante la Guerra Fría—, fabricado con tecnología de la inmediata posguerra, y para el cual habían sacrificado el desarrollo del bloque comunista y los niveles de vida de toda una generación.

Esta estrategia, imposible de igualar, los obligaba a tomar una decisión maximalista, al no quedarles ni siquiera el recurso de un ataque masivo sorpresivo de saturación atómica. En palabras de Yuri Andropov, entonces primer secretario del PCUS, luego de instalado en el espacio este escudo antiatómico, Estados Unidos estaba en capacidad de propinar, sin el menor riesgo, un primer golpe nuclear aniquilador sobre el territorio soviético.

Ya agotados, y con una maquinaria industrial añosa, los soviéticos no pudieron reiniciar una nueva y sostenida carrera armamentista, esta vez más costosa por la novedosa tecnología y el encarecimiento de las materias primas, lo cual requería de industrias altamente eficientes y de abundante capital inversionista. Después de la moratoria nuclear, la cumbre de ambas potencias en Reykiavik y los acuerdos sobre las armas estratégicas en suelo europeo, el alto mando militar soviético y los conservadores del aparato partidista avizoraron su fin.

El duelo coheteril entre los SS-20 soviéticos, con los Pershing-II y los Cruceros, fue el detonador del desplome final del imperio soviético. Así, la partida de ajedrez atómica entraría en un final de peones nucleares, técnicamente perdido.

De esa manera es que la perestroika irrumpe en los albores de una nueva (y final) carrera armamentista. Gorbachev consideró que la Unión Soviética debía asumir una doctrina militar estrictamente defensiva: desmantelar la costosa avanzada blindada en Europa del Este y extraer de Alemania los ejércitos de ambos bloques militares. El propio Gorbachev reconoció que el país se había arruinado al desestimar la opción del desarrollo económico tras la desestalinización en los sesenta y optar por una colosal carrera armamentista con el corolario de crear un imperio en el Tercer Mundo.

Gorbachev no sólo impresionó a los más sagaces políticos occidentales, sino que los sorprendió al descartar el uso de la fuerza militar en el Tercer Mundo y entregar sus plazas fuertes de Afganistán, Camboya, Etiopía, Yemen del Sur y Angola. Por otro lado, la situación interna en Polonia se hacía cada vez más crítica y las reformas de economía mercantil introducidas en China y Hungría cobraban mayor importancia.

La era Gorbachev decidió no persistir en el error de su herencia bolchevique y precipitó el reencuentro del utópico comunista —convertido en implacable burócrata— con la verdadera esencia humana que había suprimido.

Ante la imposibilidad financiera y tecnológica de sostener la paridad, y como única manera de frenar el programa de Defensa Estratégica, Gorbachev terminó la Guerra Fría y declaró la derrota soviética, evitando la única opción que tenía el Kremlin: la de desencadenar un ataque atómico sorpresivo sobre Estados Unidos y Europa occidental, como lo habrían hecho Nikita Jruschov o Brezhnev.

Así, negoció los cohetes SS-20 por los Pershing-II, inició el desmantelamiento de las 30 divisiones y los 40.000 tanques emplazados en Europa del Este, y extrajo los submarinos nucleares del Mar Báltico. Seguidamente, aceptó negociar esferas de influencias regionales, como el caso del protagonismo que China, Japón y la India podían tener en Asia, aunque ello implicase el sacrificio de posiciones estratégicas como Vietnam.

Estos repliegues no respondieron al giro reformista de la perestroika, sino a la incapacidad económica de sostener guerras de desgaste, para impedir el desplome del comunismo. La movida entronizó un cambio de consecuencias incalculables, pues la Unión Soviética ya no tenía necesidad de mantener el cordón sanitario de Europa del Este. Por este camino se suscribieron la apertura interna y la supresión de las concesiones a Europa del Este, como las ventas de petróleo subsidiado.

Estas rápidas reformas eran innegablemente dables y refrendadas, cuando no alentadas, por Gorbachev. Las cúpulas rectoras perdieron su legitimidad de gobierno cuando el presidente soviético hizo saber que no podían contar con sus unidades blindadas y que la invasión del Pacto de Varsovia en 1968 era ilegal. Al rechazarse la "doctrina Brezhnev", los partidos comunistas de Europa del Este se precipitaron en el caos.

Los ejércitos nacionales rehusaron, entonces, apoyar a la conservadora nomenclatura, lo cual entronizó el desconcierto en las dirigencias comunistas locales, desató la fuerza del nacionalismo, y llenó las calles, a la sazón, de multitudes airadas que derrumbaron a las dictaduras comunistas. Tal dinámica se repitió en regiones habitadas por minorías, como la de los lituanos, armenios, ucranianos…

Gorbachev aceptó la derrota militar y entonces trató de reiniciar el programa de reformas económicas acariciado por el ala reformista de las propias élites comunistas en el poder —a lo Imre Nagy, Liberman, Komarek y Dubcek— a principios de la década de los sesenta. Una continuación de la corriente desestalinizadora que en esa misma fecha había abortado el grupo Suslov-Brezhnev cuando precipitó el bloque comunista a la búsqueda de la paridad atómica y la superioridad militar sobre Occidente, desestimando el duelo económico promovido por la política de coexistencia pacífica jruchoviana.

Los años entre 1989 y 1993, sin duda, resumieron los eventos más cardinales desde la revolución francesa y las guerras napoleónicas, cuando un gran trozo político del planeta —el bloque soviético— se enfrascaba en una gigantesca ola de reformas.

La estampida germano oriental hacia Austria y su apoyo a la glasnost precipitó la revolución palaciega de Bulgaria. Polonia se saturó con huelgas de Solidaridad, los checos desbordaron las calles de Praga con demandas de libertad, medio millón de checos y eslovacos suscribieron un pliego de emancipación religiosa, los húngaros colmaron las plazas acusando a los rumanos de genocidio en Transilvania, y las etnias rumanas y húngaras se lanzaron a las calles en la ciudad rumana de Timisoara. Así se dio fin a la inmovilidad brezhneviana de Checoslovaquia y Alemania del Este y a la tiranía rotunda del socialismo familiar de Rumania.

El fin fulminante y drástico del ancien régime en Polonia y Hungría calificaba, más que como una reforma, como una revolución pactada entre dos contrincantes, al combinarse la fuerte voluntad de cambio de la élite reformista del comunismo con la presión popular de base.

Los espontáneos movimientos pacíficos negociaron su protesta popular con la élite comunista. El éxito de la misma en Hungría, Polonia, Checoslovaquia y los estados del Báltico respondió a que las cabezas pensantes de la oposición tenían una idea definida y concluyente de la profundidad del cambio que buscaban inicialmente, las medidas y el marco constitucional que pretendían. Por eso no existió una violencia contrarrevolucionaria, por eso ninguna Bastilla fue tomada, ninguna guillotina levantada. Las farolas sólo servían para alumbrar las calles. Sólo Rumania vio los tanques y los pelotones de ejecución.

Los acontecimientos de Europa del Este inyectaron la dinámica independentista de los estados del Báltico y estremecieron a Rumania, Ucrania y a la Moldova soviética. Pero el socialismo soviético no halló los mecanismos para reformar su economía. En algún momento entre la liberación de Europa del Este y la crisis de secesión de Lituania, Gorbachev perdió la iniciativa política y quedó a remolque de los acontecimientos.

Al desplomarse el comunismo en Europa del Este, el bloque soviético capituló y reconoció la ineptitud del marxismo como método analítico de las sociedades históricas, como filosofía de Estado e ideología política, como un regimentador económico y social. La paradoja fundamental del estancamiento de la perestroika no se debe a la ambivalencia ideológica de Gorbachev, sino al desgarramiento de su papel dual de Martín Lutero y de Papa. Sus medidas eran un asalto al Estado contra sí mismo, como jefe de tal Estado.

La aspiración de Gorbachev se hallaba fuera de tiempo, ya que los noventa no eran los sesenta. La reforma del comunismo ya no atraía a la élite pensante marxista ni a las masas de los países socialistas. Los otrora marxista-reformistas habían pasado a la disidencia buscando el camino hacia una sociedad plural y democrática. El ala pro-reforma hizo causa común con las ideas de las oposiciones, llevando a efecto los pactos y las negociaciones para el desmantelamiento del totalitarismo, y finalmente, al devinir actor político de la transición.

En este escenario, la disidencia y la oposición del Este accionó con impunidad, precipitando una revolución que se movió en dos planos simultáneos: desde arriba y desde abajo, de ahí sus éxitos iniciales. Los marxista-reformistas de la década de los sesenta (György Konrád, Václav Benda, Ion Iliescu, Franjo Tudjman, Iván Szelényi, Adam Michnik, Michael Kovac, Joseph Kuron, Gáspar Miklos Tamás, Arpád Goncz,  Deng Tsiao Ping y demás), dentro y fuera del aparato partidista, conformaron el grueso de la nueva élite política y pensante que inició las reformas en la transición.

En un análisis minimalista se podría decir que el colosal rearme norteamericano en los ochenta, el coeficiente del sindicato Solidaridad en Polonia, con sus dos huelgas masivas en 1988, y la glasnost y la perestroika de Gorbachev provocaron la liquidación del estalinismo, mientras los países socialistas del Este liquidaban el leninismo. Y, por eso, los acontecimientos se escaparon de las manos en medio de una declinante economía, guerras étnicas, retroceso del poder imperial y colapso de los gobiernos comunistas.

Todo el sistema político, diplomático, militar y de seguridad internacional, conocido desde mediados del siglo XX, se vino abajo. De manera insólita se esfumaba la última de las grandes proyecciones imperiales por espacios económicos, lo que clausuró el ciclo moderno iniciado por el imperio inglés. El planeta fue influido por los sucesos de Europa del Este y la antigua Unión Soviética. El mundo occidental, aunque no tuvo que cambiar su sistema —como sí lo hizo el comunista—, ha tenido que ajustarse y adaptarse. Ello hace de la situación actual, uno de los momentos más importantes de la historia humana.

El fin de los imperios raramente se produce de manera higiénica o plácida. Si algo interesa el ejemplo histórico del hundimiento de los imperios es que tal corrimiento nunca se detiene a medio camino. Lo habitual es que la agonía se prolongue después de su muerte. Así, lo que vemos en Europa Central y en los Balcanes, la rémora del imperio Austro-Húngaro desbancado en 1918, y lo que sucede en el Cáucaso y Asia Central es parte de los estertores del Imperio Otomano.

En el caso de imperios basados solamente en la fuerza y el fraude político, como el construido por Vladimir I. Lenin y Stalin, el declive del bolchevismo como ideología viene desde sus inicios, pero las grietas en el poder soviético comenzaron a presentarse en la década de los setenta, cuando el Kremlin aspiró seriamente a construir un imperio mundial con satrapías en todos los continentes y regímenes clientes tan diversos como Cuba, Etiopía y Laos.

El colapso del comunismo puso a la defensiva a los abanderados del socialismo y de la opción del fuerte control gubernamental. El concepto del siglo XX, de que el gobierno tenía la responsabilidad de disminuir la brecha entre ricos y pobres, ya no sería el diseño preferido de las modernas estructuras económicas de los países en pos del desarrollo.