Reinaldo Arenas o la autenticidadEmilio Ichicawa
Dígase lo que se
diga, el destino de una obra literaria no es ajeno al aburrimiento o la
fascinación que provoca la vida del autor. No es lo mismo haber sido un
funcionario diligente de un régimen autoritario que un enérgico
fugitivo enamorado de la vida. Dios impone un impuesto a la banalidad.
Carpentier, es verdad, tenía un exquisito sentido del humor, pero la
propaganda castrista acabó por convertirlo en el clásico ``pesao''. La
película Before night falls, de Julian Schnabel, sobre la vida de
Reinaldo Arenas, fue estrenada en Washington a salas llenas y gente
esperando en las aceras. Es memorable la escena en que el actor Javier
Bardem repite los tres atributos que, según el mismo Arenas, bastaban
para sacarlo del mundo: ·
homosexual, ·
sin religión, ·
y anticastrista. Es
decir, que funciona como excluyente precisamente aquello que con más
fuerza lo ata a la sicología del pueblo al que pertenece. De ahí la
magnitud de la tragedia. En
la isla el gusto de unos hombres por otros hombres es la contraparte
compensatoria de la machería explícita. La marcada inclinación
homosexual de los varones cubanos puede verse reflejada en nuestra
historia literaria; también, en la complicidad que la gente común
muestra hacia la clásica ``pájara'' del barrio. No
hace mucho lo corroboraba un estudio de la Facultad de Sicología que,
por cierto, incomodó mucho a los ideólogos oficiales. Pero también lo
cuentan los cantineros de La Habana. La potencial homosexualidad de un
coronel ante una barra de un bar del Cerro a las tres de la tarde es
directamente proporcional al tamaño del anillo de compromiso que usa. Y
si lleva pistola, ya puede sentírsele el olor a pomarrosa. Al seguro.
Es curioso que en un régimen policial donde sólo están permitidos los
políticos comunistas, se identifique al homosexual precisamente como
``el partido''. Una intuición genial. En
cada pueblo cubano hay un parque y una iglesia. En los barrios y los
repartos se reverencian por igual los santos. Pero existen diferencias
notables entre la idolatría y la devoción. Yo no me atrevería a
decir, definitivamente, que el cubano es un pueblo profundamente
religioso. Dice el refrán que nos acordamos de Santa Bárbara sólo
cuando truena. Y si la evocamos siempre, es porque en la isla está
tronando desde que llegó Colón, precisamente en octubre, mes ciclónico
por excelencia. Y
desde 1959 hasta la fecha, más que truenos lo que está cayendo son
rayos y centellas. Por demás, Arenas comparte con el vecino la firme
postura anticastrista que se escucha en los rincones privados. Jamás
nadie me llamó nunca aparte y me dijo, bajito, al oído: ``Oye, como yo
quiero a esta revolución''. Los espacios confesionales en Cuba se usan,
aun a los más altos niveles, para disentir del régimen. Era
en la isla donde Reinaldo Arenas tenía su público natural. El lo sabía.
El militar que desea al estudiante y el poeta que teme la guerra; el pícaro
y el cura inflexible; la vieja chismosa y el inconforme: todos fueron
absueltos por su imaginación artística. Y tuvo el valor, como los
grandes poetas homéricos, de identificar el mal. Lo
que seduce en Arenas es su autenticidad. Esa manera de presentar sin
recato lo que nuestra sicología opta por reprimir. El invierte el
camino y disimula con ternura aquello que igual pudo exhibir con
satisfacción: el goce de lo femenino, una intensa pasión por Dios y
una visión compasiva de los sufrimientos de cuatro décadas de
desconcierto revolucionario. Reinaldo
Arenas cumplió con las dos ``cargas'' que, según Albert Camus en el
Discurso de Suecia, dan grandeza al oficio de escritor: la repulsa a
mentir sobre lo que sabemos y la resistencia a la opresión.
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