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¿Reducir gases de invernadero? ¿A qué costo?
Steven F. Hayward
Estados Unidos y Europa Occidental pueden anotarse un logro
significativo en los últimos 40 años: reducciones importantes en la
contaminación del aire con sólo un efecto pequeño en el crecimiento
económico y la prosperidad.
¿Por qué no podemos esperar lo mismo con las emisiones de gases de
efecto invernadero?
Los gases de efecto invernadero no son un problema de contaminación
tradicional. Es un problema de uso de energía, y eso lo hace muy
diferente. La polución tradicional del aire es un producto indeseado.
Reducirla no requiere restringir el uso de combustibles de origen
fósil. En las últimas décadas, hemos duplicado el consumo de algunos
carburantes fósiles mientras realizamos grandes reducciones en la
polución.
El dióxido de carbono, sin embargo, resulta de la combustión
completa del combustible. No existe tecnología para eliminarlo del
proceso. La única forma de reducir emisiones es quemar menos
combustible.
Así que para cumplir los objetivos establecidos por los activistas
ecológicos, EE.UU., Europa y Japón deberán reemplazar casi todo su
sistema de infraestructura.
Para EE.UU., el objetivo de reducir en 80% las emisiones significa
volver a un nivel visto por última vez en 1910.
No está claro que el objetivo de reemplazar los combustibles fósiles
pueda cumplirse independientemente de su costo, algo que apuntó la
Agencia Internacional de la Energía en su pronóstico anual
energético más reciente.
El problema es que las alternativas propuestas —energía solar,
eólica y nuclear, el hidrógeno y el biocombustible— son mucho más
caras que los combustibles fósiles. Los cálculos creíbles de
implementación de energía de baja emisión en EE.UU. en la próxima
generación empiezan a partir de algunos millones de millones de
dólares. Nadie puede dudar que esto reducirá el crecimiento
económico.
El recurso maestro
La energía no es como otros bienes que pueden ser sustituidos. Ha
sido llamada el recurso maestro porque es clave para el resto de la
economía. No existe ningún ejemplo de un país que se haya
enriquecido con energía cara.
En las últimas décadas, EE.UU. ha mejorado su eficiencia energética
al mismo tiempo que ha crecido. Pero las emisiones siguen aumentando.
Conseguir una reducción de 80% de aquí a 2050 significaría triplicar
nuestros logros en cuanto a eficiencia y mantenerlos por años, algo
sin duda imposible.
Tal vez habrá algunos avances exponenciales en la tecnología
energética, pero incluso así, el costo para la economía será muy
grande. Las plantas energéticas, refinerías y redes de transmisión
son activos de larga duración, así que un cambio rápido a una nueva
tecnología implicará retirar activos antes de que cumplan su vida
útil y redirigir billones en capital de otros sectores.
Algunos proponen realizar cambios graduales usando métodos como el
intercambio de licencias de emisión. Pero esos planes se basan en
predicciones poco realistas sobre lo que es factible conseguir y a
qué costo. La estimación de costos del proyecto de ley
estadounidense Waxman-Markey, por ejemplo, asume que se creará un
sistema internacional para transar créditos, un mercado que ayudará
a estabilizar los precios energéticos. Pero los obstáculos que
afronta la creación de este sistema son enormes. Australia, Nueva
Zelanda y Rusia ya muestran señales de querer retirarse de la actual
regulación para reducir emisiones.
Una ínfima posibilidad
La posibilidad de conseguir un acuerdo ambicioso de reducción de
emisiones con economías emergentes es casi inexistente. Los países
en desarrollo necesitan grandes cantidades de energía nueva en los
próximos 40 años. ¿Cuál es la posibilidad de que adopten una
política energética cara a una escala que ni siquiera los países
ricos se pueden permitir?
Algunos sugieren dar a los países en desarrollo objetivos más bajos,
pero algunos de los países emergentes más importantes, como India,
han indicado que no aceptarán ninguna limitación.
Finalmente, la idea de que debemos actuar ahora para evitar mayores
costos más adelante no se sostiene. El mundo de mañana será
considerablemente más rico y mucho más capaz de absorber los costos
del cambio climático. William Nordhaus, de la Universidad de Yale,
uno de los principales economistas del clima, cree que la mitad o
más de los efectos nocivos del cambio climático se deberían permitir,
ya que el mundo dentro de 40 o 60 años tendrá mayor capacidad para
responder a los efectos económicos.
—Hayward es un investigador invitado en el American Enterprise
Institute y autor del Índice de Principales Indicadores
Medioambientales, que se publica cada año.
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