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Nicaragua: La enfermedad de la dictadura
Félix Maradiaga
Varios sistemas políticos en América Latina, han vivido una suerte
de implantación pasiva de gérmenes autoritarios que más tarde que
temprano adquieren, en el momento menos esperado, la forma de
dictaduras. Tal es el caso del régimen de Daniel Ortega en
Nicaragua, que el lunes 19 de octubre de este año, cual tórsalo
enquistado en la débil fibra democrática del país, salió de su
cascarón.
No es de extrañarse que Daniel Ortega haya demostrado ser un
avanzado estudioso de la dictadura de la familia Somoza para
aprender de sus errores y replicar los rasgos que le permitieron
sobrevivir por más de cuarenta años hasta el levantamiento popular
de 1979. Quien haya leído la obra "Entre Sandino y Fonseca", de
Chuno Blandón se queda perplejo ante la ingenuidad de la clase
política conservadora que, resignada a ser un partido zancudo a
través de un pacto entre su caudillo Emiliano Chamorro y el dictador,
observaba indolente el paso agigantado con que la familia Somoza
secuestraba Nicaragua.
En 1934 el teniente Abelardo Cuadra trató infructuosamente de
derrocar a Somoza y diez años después el líder estudiantil Uriel
Sotomayor fue asesinado. En 1947, Somoza dio un golpe de Estado a
Leonardo Argüello y en abril de 1954 se organizó una pequeña
sublevación que terminó en una verdadera cacería humana. Ni ésas, ni
las acciones subsiguientes como la de Rigoberto López Pérez en 1956,
lograron movilizar masivamente la conciencia popular contra la
dictadura que en los próximos veinte años se enquistó profundamente
en una cultura política de doble moral.
La familia Somoza tenía como poderosos aliados a la Guardia Nacional
y el apoyo de los Estados Unidos, país que durante la guerra fría
estaba dispuesto a soportar dictaduras en el hemisferio a cambio de
una supuesta contención del comunismo. Fue así que el somocismo
avanzó implacablemente como una enfermedad que muchos creían
incurable o inexistente y no fue sino hasta el asesinato del líder
cívico de oposición Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en 1978 y la
posterior unificación del FSLN en marzo de 1979 que se dio un
auténtico despertar insurreccional.
El asesinato de Pedro Joaquín Chamorro abrió una nueva etapa
política en el país, caracterizada por la unión de todas las fuerzas
opositoras en un frente amplio contra Somoza. A esas alturas, más de
veinte mil vidas humanas se habían perdido y la salida violenta de
la dictadura dejó profundas heridas abiertas en la nación, que luego
se profundizaron con una guerra civil que costó otras treinta mil
vidas y la reducción de nuestro país a ser la segunda economía más
pobre del continente.
Es cierto que Ortega no cuenta con fuerzas armadas partidarias como
lo fue en su momento el Ejército Popular Sandinista (EPS) hasta su
reforma en 1994 a través de la Ley 181. Tampoco cuenta con el apoyo
de una potencia internacional y de hecho sabe que no lo necesita.
Nicaragua ya no es noticia internacional y su condición de país muy
pobre hace que pase desapercibido para los grandes intereses
geoestratégicos. Pero sí cuenta con el masivo respaldo económico de
Hugo Chávez, otro dictador que se ha convertido en el principal
patrocinador financiero del Orteguismo y de otros regímenes
similares.
Según cifras oficiales del Banco Central de Nicaragua, sólo en el
año 2008 Venezuela envió, al margen del Presupuesto General de la
República, más de 450 millones de dólares. Sin embargo, la principal
ventaja de Ortega es su hábil maximización de las debilidades del
sistema democrático que él tanto se empeñó en desbaratar desde la
oposición. De la atropellada transición y consolidación democrática
iniciada en 1990, surgió un Consejo Supremo Electoral y una Corte
Suprema de Justicia sin ninguna independencia. Ambos poderes
operaban hasta hace poco en función de las cuotas de poder de los
dos partidos políticos mayoritarios, pero ese balance de poder se
rompió cuando Arnoldo Alemán cedió todo lo que podía ceder a cambio
de su libertad. Es así que el FSLN logró secuestrar al Estado al
romper una de las premisas básicas de la democracia moderna, como es
la separación de poderes.
Ortega sabe que la movilización de su base partidaria no es
suficiente para enquistarse en el poder. El FSLN, además de ser
minoría en Nicaragua ha perdido la legitimidad de su origen
revolucionario. Se requiere entonces dotar al régimen de una serie
de artimañas que le permita dar apariencia de legalidad a fin de
avanzar en el control político del sistema sin ser prematuramente
removidos.
El dictador sabe que la principal debilidad del sistema político es
la ausencia del reconocimiento de su naturaleza, ya que muchas
personas siguen interpretando las dictaduras con los lentes del
pasado, esperando que haya un golpe de Estado efectuado por fuerzas
armadas o coaliciones civiles-militares.
La realidad es que las dictaduras de hoy, no por ser menos aparentes
son menos letales. Todo lo contrario. Un virus de alta resistencia
al antibiótico es más mortal que un virus convencional. Ése será el
caso mientras la sociedad no reconozca los síntomas de su mal e
ingenuamente siga esperando más pruebas de que la dictadura ya está
aquí. De la misma forma que un enfermo sólo puede ser tratado
efectivamente cuando reconoce la realidad de su enfermedad, un
pueblo cuya democracia haya sido cercenada sólo recuperará su
libertad en el momento en que reconozca que la ha perdido.
Fuente: La Prensa
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