En defensa del neoliberalismo

 

La Gran Estafa y las Letras Cubanas

 

Julio San Francisco

En el Café Comercial de Madrid coincidimos alrededor de una mesa varios amigos y, como es de suponer cuando se reúnen estos malditos seres que nos dedicamos a sacarle punta a las palabras, hablamos de periodismo, literatura y otras banalidades. En algún momento surgió una discusión. Como no tengo nada, me la cogí para mí.

En medio de la apasionada charla literaria –no hay Dios que logre que no lo sean- un escritor, que, como intelectual y como persona, merece todo mi respeto, mi humilde respeto, se refirió a “los años que duró el proyecto revolucionario democrático” y  “al indiscutible espacio que había abierto la revolución a los escritores cubanos”. La primera formulación la argumentó con los ideales de justicia iniciales y la segunda con la creciente posibilidad de lanzamiento del escritor de nuestra patria al mundo editorial.

Digo explícitamente que se trata de una persona que, en ningún caso, yo consideraría castrista. Atribuyo sus juicios únicamente a que ha transcurrido mucho tiempo desde que salió de Cuba –que no es mi caso, sólo unos años aunque no parece que fue ayer- por lo cual vivió la llamada –así ha quedado- “efervescencia revolucionaria”, la producción en serie de editoriales nacionales y las ediciones, en mi opinión desproporcionadas, de parte –no de toda- de la mejor literatura universal, con el siempre Quijote como ejemplo. Algo, por cierto, que por su naturaleza racional y calculada no tuvo nada de quijotesco.

EL MITO DEL PROYECTO DE JUSTICIA

INICIAL DE LA REVOLUCIÓN CUBANA

En primer lugar, ¿hubo proyecto revolucionario democrático cargado de su correspondiente ideal de justicia? Para que haya revolución social tiene que haber un líder, -y había un líder- para que haya un proyecto tiene que haber un proyectista –y había un proyectista- y para que haya ideal de justicia tiene que haber un justiciero en el sentido medieval aunque sea. ¡Esto es justamente lo que faltaba en esta satánica trinidad! Por tanto, nunca hubo proyecto de justicia, sino proyecto de El Avaro arquetípico de Honoré de Balzac enmascarado de zorro justiciero dispuesto a encaramarse en el poder al amparo y con el apoyo de un discursillo lógicamente justiciero para grabar su Z fatal en todas las fachadas cubanas. Como las dos primeras condiciones se cumplían, muchos nos confundimos y algunos siguen confundidos. Hubo un estafador “revolucionario”, hubo una estafa revolucionaria que duró hasta que los estafados nos dimos cuenta –incluidas la gran burguesía cubana y la administración norteamericana del momento- que no sólo no impedimos la estafa, sino que, en mayor o menor medida, de una forma o de otra y durante mayor o menor tiempo, la posibilitamos por omisión o por acto, por quedarnos o por irnos, excepto el honorable Rafael Díaz – Balard y el grupo que, como él, supo tener ojos y, además, utilizarlos bien, y los otros que fueron fusilados o encarcelados por oponerse desde la noche del 31 de diciembre del ’58. Sí existieron dentro del movimiento encabezado por el Gran Zorro en Jefe, que después armaría la zorrera de la Nueva Clase, personas que tenían ideales de justicia –tal vez la mayoría de los que murieron y unos pocos de los que quedaron vivos. Pienso en el emblemático Mario Chanes de Armas que cumplió exactamente 30 años  de cárcel y es el hombre que, por razones políticas, más tiempo ha estado tras los barrotes aunque no se haya hecho por él una campaña internacional como la que tan justamente se hizo por Nelson Mandela. O pienso en el no menos emblemático comandante Hubert Matos-. Ellos luchaban por ese proyecto, pero no eran el proyecto. El proyecto de marras se llamaba, y era-es, Proyecto Ego Fidel Castro. Ellos no se dieron cuenta a tiempo de que les esperaba la Gran Estafa. Se equivocó George Orwell. No era 1984. Era 1959. Cuba es ese mundo preconcebido, precozmente, por el Máximo Manipulador en Jefe.  Aceptar que hubo una etapa inicial de vocación de justicia es aceptar que hubo una etapa en la que el Excelentísimo Señor Presidente Guarapo fue honesto, pero esto es, justamente, lo inaceptable. ¿Puede el Diablo cumplir las aspiraciones de Dios? Sólo puede usurparlo y usar su tridente haciéndonos creer, mediante su magia roja, que es un cáliz. ¡Y qué fuerza hipnótica demostró tener esta nueva magia!

Por otra parte, sabemos que en el susodicho proyecto diseñado por Fidel Castro él era el único que pintaba y tachaba, ponía y quitaba, ordenaba y desordenaba y decidía porque nunca fue ni será un demócrata.

Los errores de unos políticos, las corrupciones de otros, las desigualdades descuidadas en un país en franco progreso, la inestabilidad social, la inseguridad ciudadana, el escepticismo y la decepción populares, tras años de devaneos democráticos, y, finalmente, el golpe militar de un sargento, le dieron al zorro la cuartada ideal para que se pusiera la máscara y la emprendiera contra todo a espada sucia.

De ser cierto que las revoluciones sociales significan transformaciones y logros, hoy, 40 y pico años después, podemos decir que en Cuba hay transformaciones, grandes transformaciones, radicadísimas transformaciones: un país materialmente, espiritualmente y éticamente destruido. ¿Logros o Escombros? El “gran logro” que haya que pagar tan caro, y en el mejor caso a costa de no pensar, no entra en otro código que no sea gran propaganda ¡Eso sí es un logro del Ministerio de la Verdad cubano cuyos gritos sofisticados aún tienen buena resonancia en esta Europa, o al menos en Madrid, maravillosa! La mal llamada revolución cubana –o muy bien llamada si éstas se consideran como desastres históricos del siglo pasado que en todos los casos llevaron a ningún lugar- no ha sido otra cosa que el paso aplastante, sobre un bellísimo edificio que se conoce como Cuba, de una aplanadora oportunista, demagógica, populista y diabólica pilotada por un mitómano-megalómano astuto y carismático que siempre sabe a quién eliminar, para qué “base virarse” y nunca acierta al apostar. De ahí que sea un hombre del poder, no un hombre de la política, que es el arte de lo persuasivo posible, no de lo impuesto irresistible. ¿O es que las revoluciones sociales no son más que aplanadoras violentas con estandartes de justicia y sed de ruinas?

Veamos, auque sea someramente, “lo de las revoluciones sociales” y sus beneficios para el país que las ha vivido y para el mundo en general. Las revoluciones de la burguesía dejaron aunque sea al capitalismo, las comunistas no pudieron dejar ni el comunismo. Porque las primeras respondían a la esencia del movimiento humano, mientras que las segundas lo negaban rotundamente. Fueron las Revoluciones Contra Natura –así debe llamárseles- y por eso fracasaron. Tenemos de ellas ejemplos bastante elocuentes e ilustrativos: la rusa, la china, la cubana. El proletariado y sus supuestos valerosos líderes no han sabido hacer revoluciones sociales, ni podrán aprender ya porque el tiempo de la violencia ha de haber quedado en el pasado. De la mexicana de 1910, tan distinta, ni qué se diga. La rusa, 70 años de totalitarismo internacionalizado. La mexicana, 70 años de corrupción interiorizada. De la tragedia, pasando por el purgatorio, a los escombros.

Ya deberíamos haber aprendido que esto de las revoluciones, después de la industrial y de la francesa, solo ha servido para introducir máquinas de vapor, contratos sociales, genomas y bits, o sea, como instrumentos pacíficos para el desarrollo y el progreso técnico, científico, económico, cultural.

El camino de la eliminación de la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la injusticia pasa igualmente por la sensibilidad, la inteligencia, el pacifismo, la sensatez y la solidaridad humanas. O simplemente por pragmatismo porque, tanto a pobres como a ricos, conviene un mundo en el que podamos disfrutar de producciones insospechadamente exquisitas o porque pasear por cualquier ciudad suya sea una posibilidad y un placer para que los pobres ricos no tengan que pasar sus vacaciones rutinariamente en puñadito de Costas Azules o Parajes Exóticos. ¡Que algún día se aburrirán, carajo! En caso de que la Especie Humana esté evolucionando, como parece, los poderosos en algún divino instante se preocuparán porque haya más igualdad porque necesitarán más seguridad, menos coches blindados, menos escoltas, menos cordones policíacos, Pero, sobre todo, se darán cuenta de que la carrera por tener cada día más no conduce a la felicidad que es, en definitiva, lo que se busca siempre. De la evolución humana alcanzada hasta hoy, puede deducirse que es posible llegar, agotada la opción material como idílica, a la evolución espiritual. Es posible, en resumen, una conjunción racional de valores que se complementen, nos enriquezcan, enriquezcan a todos. De hecho, como nunca antes, ya hay muchos ricos dedicando su tiempo a crear fundaciones y hacer labores humanitarias en todas las esferas de la vida. Y no me digan que todos lo hacen por salir en la pequeña pantalla o en los grandes periódicos. Que hay ricos buenos y canallas pobres. Lo he comprobado en medio siglo de vida.  

Aunque aún persistan manifestaciones residuales de barbarie, no estamos ya en la barbarie. La lectura que hagamos de la catástrofe de Estados Unidos de América –de todo el mundo, incluso de la parte musulmán e islámica- no tiene que ser “de aquí al infierno”. La historia tiene una buena antología de paradojas. Esta podría ser otra de ellas: que un milenio que se inaugure con un desastre trascurra y termine con la solución a los importantes y gravísimos problemas de la Humanidad, aunque ese no sea el propósito de los terroristas, pero la historia también tiene una buena antología de “tiros salidos por la culata” del fusil de sus protagonistas. ¿Por dónde salió el tiro del fusil de Adolf Hitler, por ejemplo?

Acabamos de iniciar, como decía, otro milenio. Pensemos como El Quijote y actuemos como Sancho. Eso es lo que no hemos aprendido en nuestra evolución. El tercero –al tercero va la vencida-, el de un eficaz Derecho Internacional que deberá de caracterizarse, sí, por su vocación de igualdad, justicia, fraternidad y paz. El milenio de la Diplomacia, la Colaboración y la Tolerancia, el milenio de la Política Participativa Planetaria. En el terreno social, esto es evolución, no revolución, esto es saber bien darle la mano al otro –aunque no sea un igual en color, sexo, etnia, religión, clase, cultura o civilización, con la única condición de que sea un animal, un perro, por ejemplo, o una persona, un Pedro Pérez, por ejemplo-, y no empeñarse, unos y otros, en arrancarle el corazón a otros y unos a golpe de puñal o disparo de fusil porque el de uno dé 60 latidos por minuto y el del otro 61. Si fue una falsa alarma anunciar el fin de las clases y las ideologías, -solo han cambiado sus manifestaciones, pero para bien- el fin de la Historia, como lo sería anunciar el fin de las religiones o de las civilizaciones, sí me parece absolutamente racional asegurar que el fin que sí ha llegado es el de las revoluciones sociales, sean obreras, campesinas, anarquistas o comunistas que han pasado, incluida la revolución cubana o, como debería llamársele, la revolución castrista o la revolución anticubana o la Demolición Castrista, (¿qué tuvo o tiene de cubano?) al estante de los sacrificios en vano. En el mundo de hoy hay que apostar a toda costa a la Democracia siempre.

El fin de las revoluciones sociales lo marcaron exactamente la que se ha tenido como la más paradigmática y su indiscutible líder: la Gran Revolución de Octubre y el Gran Lenin, el inventor de la uniformidad ideológica. Este señor y su “proyecto mundial de justicia” le hicieron el mayor favor que se le ha hecho al capitalismo, demostrar la absurdez del partido único y de la economía estatal y, por tanto, su inviabilidad, y, al mundo, lo obligaron a perder 70 años, casi un siglo, de perfeccionamiento de los instrumentos pacíficos, civilizados y democráticos de búsqueda de justicia. El proyecto de la gran bobería que acabó trágicamente con el destino de tanta gente. (La Historia no perdonará que del coeficiente de inteligencia del Lenin haya salido la praxis de la eliminación de la diversidad de pensamiento y de la oposición democrática). Mijail Gorbachov, sin discursos histéricos y sin rostro grave, lo echó a la hoguera en un abrir y cerrar de ojos y en un tercio del planeta y sin una pistolita ni de agua ni una gota de sangre. Fíjense si era bueno el comunismo. Y el cubano es “tan de importación” como lo fue el de Hungría, para los cubanos es “una mercancía tan exótica” como lo fue para los checoslovacos. Castro solo le ha puesto detrás una foto del héroe nacional cubano del siglo XIX José Martí y, debajo, una matemática fórmula china: poder político totalitario + economía de mercado (falseada).

En este punto mi fraternal oponente me refutó “pero ese análisis estás haciéndolo más de cuarenta años después”. “Pero –le respondí- la Historia no se escribe ni antes de que ocurra, ni mientras ocurra. La Historia se escribe, y creo que este es el mejor momento, después que ocurra y esta historia, hermano mío, ya ocurrió. Ya dio sus frutos que resultaron espinas clavadas, directa o indirectamente, en el corazón de 11 millones de cubanos dentro de Cuba y de 3 millones, entre exiliados y sus descendientes, fuera de Cuba. ¿No crees que ya se acabó el tiempo de no saberlo?” La perestroica puso el punto final a este mito.

 

EL MITO DE LA LITERATURA CUBANA

FAVORECIDA POR EL MITO ANTERIOR

En segundo lugar, ¿la Gran Estafa abrió un indiscutible espacio a los escritores cubanos? Es cierto que no existía una editorial nacional llamada letras cubanas, pero mucho más importante me parece destacar que ya existían las Letras Cubanas –y he invertido el uso de las mayúsculas interesadamente. Nombres de renombre –desde antes del parto de esa hija editorial mencionada y malformada- no faltarían para una lista que las represente y dignifique. Cuba tiene tres Premios Cervantes –creo que es el país hispanoamericano que más tiene- que son Alejo Carpentier, Dulce María Loynaz y Guillermo Cabrera Infante. Cuba tiene un José Lezama Lima, un Eliseo Diego, un Virgilio Piñera. Cuba tiene una Carilda Oliver Labra, un Isidoro Núñez Miró, un Rolando Escardó,  Cuba tiene un Heberto Padilla, un Severo Sarduy, un Gastón Baquero, estos muertos en el exilio. Cuba tiene un José Ángel Buesa, que escribía grandes “poemitas” de amor, y tuvo que emigrar a morir en República Dominicana, como un águila herida. Ninguno es “hijo de la Revolución”. En 1959 ya tenían un prestigio ganado en los círculos literarios cubanos.

Cuba tiene un Reynaldo Arenas, suicidado en New York y un Alberto Serret, fallecido en Quito –este último amigo mío desde 1979 que lo conocí en la sureña cubana Isla de Pinos donde yo era jefe de la página cultural del periódico local y publicaba sus poemas- que podrían haber sido lanzados por la revolución, pero la revolución les puso como condición aplaudir tres veces antes de que saliera un libro. Lo que sufrió Reynaldo lo vi en el celuloide de Antes que anochezca, lo que sufrió Serret lo vi en su propia carne.

Tenemos los casos de cinco escritores: Heberto Padilla, Antón Arrufat, José Yanes, Tania Díaz-Castro y María Elena Cruz Varela. Estos sí conocieron el espacio que les abrió la “Revolución Cubana”.

En estos años de “mecenas Revolución”, otros han salido en Cuba al terreno o al  ruedo literario, con mayor rapidez o tardanza, con menor o mayor éxito –independientemente de la calidad estética- como siempre ha ocurrido, pero, si no optaron por la literatura intimista o policíaca o de ciencia ficción, por la que se le pueda pasar por la tangente a la “gran obra común”, han ofrecido libros castrados como marranos para ceba, en este caso para ceba de la “gran causa”. Porque la literatura es en Cuba, como la prensa, el cine, el deporte, la salud y la educación –de estas dos últimas también hay mucho que dar a conocer, y lo tengo- un departamento más de propaganda revolucionaria. En fin, que el camino del arte es como el del infierno, con la diferencia de que el artista honesto en el comunismo tiene tres infierno: el del comunismo, el del arte y el de la parte del cielo dominado por el otro Satán adonde probablemente llegará con el alma muerta mucho antes que el cuerpo carroñable. Los poetas Manuel Vázquez Portal y Raúl Rivero que decidieron romper con el castrismo y rebelar sus letras ya sabemos dónde están. Encalabozados. 

No hay que lamentar que en 1959 hubiera muchas editoriales, pero pequeñas. Hay que elogiarlo. No hay que lamentar que un escritor tuviera que costearse la edición de su librito, hay que elogiarlo. No hay que lamentar que un amigo mecenas tuviera que pagar la edición de un amigo escritor. Hay que elogiarlo. No hay que lamentar que existieran pequeñas y efímeras –a veces no tanto- revistas literarias. Hay que elogiarlo. Todo esto era parte de la libertad y de todo esto y mediante todo esto llegaron al mundo literario los mejores escritores cubanos de entonces. Lo que sí hay que lamentar es que en Cuba existan varias, muchas, infinidad de editoriales, que todas sean grandes y que todas pertenezcan al mismo Dueño en Jefe. Esto, contrariamente a lo que esgrimía mi interlocutor, lo que ha hecho es empobrecer la literatura cubana que se escribe y se publica acullá, una literatura de personajes esquemáticamente caracterizados, “la literatura del aplauso”, la políticamente correcta y estandarizada.  Hoy, dentro de Cuba, está, entre esas editoriales, la traída y llevada Letras Cubanas, con mayúsculas, pero las letras cubanas, con las excepciones que se dan como constante en toda regla, están en minúscula. O sea, editoriales, editores, escritores y letras en totalitarismo. Me parece tan obvio que me parecería una ofensa a la inteligencia del lector informar, explicar, “machacar”, sobre el asunto de quiénes pueden publicar hoy en Cuba y, a esos elegidos, qué les publican, qué exigen de ellos y cómo los premian. “¿Todavía no te dice nada –le dije- la frase ‘con la revolución todo, contra la revolución nada’?”.

Hay, entretanto, una Generación Inédita, de entre 40 y 50 años, de la que me vienen a la mente mis amigos Oscar Kessel (El lunes del arquero); Reynaldo Escobar (La isla de la esperanza); José Luis García (Asesinos); Ernesto Canteli (La visita del Señor Siamés); Reynaldo Izquierdo (Palomo romo); y Enrique Patterson (Letras) y Pedro Fowler (La huella del Limo), hoy estos dos últimos en Estados Unidos. Ninguno (¿quién sabe cuántos más?) ha podido publicar nada en Cuba. Si lo consideran después que lean mi libro Todo mi corazón y otros agravantes, que apareció en Madrid , también pueden incluirme. Yo tengo 50 años y he podido publicar un solo libro y pagado, para más placer literario. Por cierto, editar a este grupo y sacarlo del anonimato sería una buena causa y un buen favor para la Literatura Cubana, que podría asumir algún mecenas cubano del exilio.

He leído todos los libros que he mencionado, incluido el mío, y me parecen buenos, pero mientras  el Gran Hermano Censor decrete el Bien y decrete el Mal, y el Mal lo haga bien y el Bien lo haga mal, ninguno aparecerá en tierra cubana porque todos han sido víctimas de las disecciones del bisturí ideológico oficial. Sus autores no podrán costearse la edición de su librito en una imprenta pequeña, ni publicar un texto en una revista pequeña, ni pertenecer a un grupo pequeño no oficial –Orígenes, digamos- ni recibir el favor de un Cayo Cilnio Mecenas, admirador o amigo. Nadie los –nos- conoce. No hemos podido publicar, luego no hemos podido existir. Y me atrevo a decir “hemos” `porque confío en que les gustará Todo mi corazón...

Deseo subrayar que estas generaciones, censuradas e inéditas por razones extraliterarias (ideológicas) han existido en todos los países comunistas, ¡en todos! y alguno de sus miembros podía conformarse, y a todo riesgo, con un zamisdat –palabra precisamente de origen ruso que significa autoedición o autoeditar. Entre esos inéditos me viene a esta página el gran Mijail Bulgacov, de quien hoy, a 100 años del Nóbel, se dice que no lo obtuvo, a pesar de ser el autor de un libro como El Maestro y Margarita por no habérsele permitido editarlo en su momento.

Esta realidad editorial ideologizada y represiva –o su causa –ha servido para que no pueda dibujarse actualmente un mapa de la literatura cubana, para que no pueda inventariarse actualmente la literatura cubana, (cuando podamos reunir esa biblioteca, será sísmica),  para que sólo le esté permitido sobrevivir fragmentada aquí, allá, acullá, para que, como nunca antes de la Gran Estafa  -y probablemente nunca más después de la Gran Estafa-, nuestra literatura, dada la existencia de esta diáspora –también la de quienes permanecen en las Mazmorras de las Mariposas Marchitas (buen nombre para otra comunidad literaria que debería crear el exilio cubano) en Cuba- enriquecedora y lacerante, ofrezca una visión cosmopolita, imborrable y terrible, hasta en el erotismo y, finalmente, para que, hasta hoy, 27 de octubre, que sangro estas páginas, hayan muerto más de 7 poetas cubanos en el exilio. ¡Bendita obra de la Revolución Cubana para la Literatura Cubana! ¡Dios nos perdone la próxima vez!

Entretanto, yo el censurado –o uno de los tantos censurados-, yo el desterrado –o uno de los tantos desterrados- por los artífices de la farsa de justicia social en Cuba sigo escribiendo artículos por la Libertad y poemas por la Literatura o, aunque sea, poemas por mi literatura, incluso con amor.

SOBRE EL AUTOR:
Julio San Francisco Martínez García (Cuba, 1951). Periodista, narrador y poeta cubano desterrado hacia España en 1997 por cofundar y codirigir la agencia independiente Habana-Press y luchar por la libertad de expresión en su patria. Tiene 8 libros inéditos, el último escrito entre La Habana y Madrid, durante 5 años, y titulado Habana Press (memorias de un periodista desterrado), el primero en el que uno de sus protagonistas cuenta, y reflexivamente, en 380 folios la historia del Movimiento Cubano de Periodismo Independiente y que contiene la mayor cantidad de información reunida hasta hoy sobre este capítulo de la lucha por la libertad de prensa en Cuba, como parte de la lucha por los Derechos Humanos, la Libertad y la Democracia en ese país. .