En defensa del neoliberalismo

El hombre que predijo la depresión

Ludwig von Mises explicó como las expansiones crediticias que el gobierno indujo generaron desequilibrios en la economía 

 MARK SPITZNAGEL

 Ludwig von Mises fue rechazado por los economistas del mundo cuando anunció una crisis crediticia en los años veinte.  Hoy, corremos riesgos si desatendemos al gran austriaco.

Las ideas de Mises sobre los ciclos económicos se expresaron en su obra de 1912 La teoría del dinero y del crédito.  No nos sorprende que pocas personas repararan en ella, ya que sólo se publicó en alemán y no era exactamente una obra para leer en la playa.

Siguiendo el ejemplo de David Hume y David Ricardo, Mises explicó cómo el sistema bancario estaba dotado de la singular capacidad de expandir el crédito y con él, la oferta de dinero, y cómo la intervención gubernamental ampliaba este proceso.  Si se les deja actuar, las tasas de interés ajustarían ese proceso de modo tal que sólo se utilizaría la cantidad de crédito ofertada y demandada voluntariamente.  Pero cuando el crédito se fuerza más allá de un punto (llamémoslo alimentación forzada) comienzan a ocurrir cosas grotescas.

La expansion del crédito bancario impuesta por el gobierno distorsiona nuestras “preferencias temporales” o nuestro deseo de ahorrar en vez de consumir.  Los tipos de interés impuestos por el gobierno que artificialmente están por debajo de los que los ahorradores demandan, conducen a  solicitudes de préstamos e inversiones de capital que sobrepasan las que los ahorradores proveerán.  Esto ocasiona un crecimiento temporal del empleo, los salarios y el consumo.

Por lo general, el sistema absorbe rápidamente cualesquiera aumentos aleatorios del crédito: los errores en los precios se corrigen y las inversiones  semimaduras se liquidan, tal como ocurre con el árbol flexible que el viento inclina y después retoma su posición.  Pero cuando el gobierno mantiene los tipos artificialmente bajos con el objetivo de alimentar inversiones de capital de magnitudes nunca vistas en negocios poco sanos e insostenibles no hace más que crear condiciones para un crac.  Todo parece marchar bien durante algún tiempo, pero en cierto momento la monstruosidad se desploma bajo su propio peso debido a la contracción del crédito o, lo que es peor, a un colapso bancario.

El sistema es muy susceptible a los errores, tanto los ocasionados por las políticas vigentes como por la parte empresarial.  La expansión gubernamental del crédito transforma un sistema elástico y capaz de reajustarse en otro de inmensa volatilidad cíclica.

La teoría del dinero y del crédito no se convirtió en libro de consulta de quienes formulaban las políticas.  Los años veinte estuvieron marcados por la  época feliz de un sistema de la Reserva Federal que promovía la expansión inflacionaria del crédito y, con ella, la prosperidad permanente.  Desgraciadamente, el pobre Ludwig fue casi el único que advirtió sobre el colapso que esta expansión crediticia causaría.  A mediados de 1929, rechazó tenazmente un empleo lucrativo en el banco vienés Kreditanstalt, lo que mucho enojó a su novia, declarando: “Se avecina un gran crac, y no quiero que mi nombre se vincule de algún modo a él”.

Todos sabemos lo que ocurrió.  En gran medida según el pronóstico de Mises, los bancos excesivamente apalancados (entre ellos el Kreditanstalt) colapsaron, como colapsaron también las empresas y el empleo.  El frágil árbol se quebró.  Si seguimos la lógica de Mises, ¿fue estos un fallo del capitalismo, o un fallo de la arrogancia desmedida?

La solución de Mises se desprende lógicamente de sus advertencias. No se puede arreglar lo que está roto volviéndolo a romper.  Hay que detener la alimentación artificial y la inflación.  No alentar el consumo, sino el ahorro y los pagos de las deudas.  Dejar que todos los negocios fracasados desaparezcan, nada de rescates.  (Ya verán a donde llego con esto).  Las distorsiones deben eliminarse, pues de no hacerlo el precipicio desde donde el sistema caerá inevitablemente será cada vez más alto.

Mises comenzó a recibir el respeto que tanto merecería una vez que La teoría del dinero y del crédito se publicó en inglés en el año 1934.  Es una lástima que tuviera que ocurrir tamaño desastre para que la gente prestara atención a la que era la explicación docta que predecía lo que estaba ocurriendo. 

Pero entonces —de nuevo la mala suerte de Mises—, apareció en 1936 la obra de John Maynard Keynes Teoría general  de la ocupación, el interés y el dinero. Keynes era vivaz, fresco y sofisticado.  ¡Incluso escribía en inglés! Y el tipo tuvo descaro y luchó sin temor contra el desempleo poniendo en movimiento las prensas de imprimir dinero y vaciando los cofres del gobierno.

Fue el anti-Mises.  Qué importaba que Keynes hubieses perdido su camisa en el crac de la bolsa.  Su libro estaba sazonado con una matemática elaborada (incluso con letras griegas), lo que significaba rigor, modernidad.  Para añadir el insulto al daño, Keynes y su gente ni siquiera refutaron a Mises.  No le hicieron caso.

Pasaron 70 años durante los cuales contemplamos los desencantos repetidos del keynesianismo, el fin del patrón oro, la inflación persistente con intermitentes recesiones inflacionarias y crisis bancarias, hasta culminar en la “Gran Moderación” de Alan Greenspan y el posterior colapso catastrófico de la vivienda y los bancos.  ¿A dónde llegamos? ¿A un punto de honda comprensión lograda a través de la lógica económica, la prueba y el error y un empirismo objetivo? ¿O al punto desde donde comenzamos?

Con las tasas de interés en cero, las impresoras de dinero a todo tren y un gobierno que se proclama keynesiano, regresamos a la época feliz de la prosperidad y la deuda promovidas por el gobierno.  Y hoy más que nunca, el sistema amontona incertidumbres  que convierten una economía elástica en una frágil.

Resulta curioso que el escritor del guión que describió nuestra historia sin fin de expansión crediticia, inflación y colapso inducidos por el gobierno haya permanecido tan persistentemente olvidado.  ¿Tendremos que ser espectadores de otra representación de esta tragedia?

Mark Spitznagel es fundador y jefe de inversiones del fondo de alto riesgo Universa Investments LP, con sede en Santa Monica, Calif.

 

 

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