En defensa del neoliberalismo

 

Harry Wu en Miami

 

Adolfo Rivero Caro

Un americano de origen chino, sin canas pero con rostro de infinito cansancio, vino a Miami recientemente invitado por el Comité Cubano pro Derechos Humanos. Estuvo entre nosotros un par de días. Habló en la radio cubana y, el 10 de diciembre, participó en un acto en la Universidad Internacional de la Florida. Su nombre es Harry Wu y es uno de los disidentes más famosos del mundo.

Al triunfo de la revolución china en 1948, Harry Wu estudiaba en una escuela primaria jesuita. La represión que se abatió sobre China clausuró todas las escuelas religiosas, envió a la cárcel a sus maestros y provocó la muerte de su madre. A los 19 años y en la furiosa China de Mao Tse-tung, marcado quizás por un destino, se atrevió a criticar la intervención soviética en Hungría. La irritada seguridad china lo mandó a un laogai, un campo de trabajos forzados, el equivalente chino del gulag soviético. Allí estuvo preso 15 años. A su salida de la prisión, espantado porque el mundo desconociera los horrores de ese remoto y escondido infierno, se dedicó a su denuncia. Detenido, puesto en libertad, vuelto a detener, convertido en un problema político porque su trabajo suicida lo había hecho conocido internacionalmente, Harry Wu fue expulsado de China en 1995 acusado de espionaje. En su conjunto, había estado 19 años preso. Recibió asilo político en Estados Unidos.

¿Qué hizo este disidente que frisaba los 60 años cuando consiguió la ciudadanía americana? Aunque parezca increíble, regresó a China clandestinamente para seguir obteniendo información sobre los laogai. Armado de una cámara de vídeo entró a través de Nepal y se las arregló para realizar algunas filmaciones. Detenido y encarcelado nuevamente, sólo la intensa presión del gobierno de Estados Unidos y de la opinión pública internacional consiguieron su última liberación hace pocos años.

Me parece que, para Harry Wu, esta visita a Miami ha sido una revelación. Siempre me ha intrigado, dijo, que hubiera un embargo comercial de Estados Unidos contra la dictadura de Castro y que no lo hubiera habido contra la China comunista. No es por falta de razones. La dictadura china es una empedernida violadora de los derechos humanos. En China, por ejemplo, hay unos 2,000 fusilamientos todos los años. Sin embargo, en medio del apoyo universal, los próximos Juegos Olímpicos se van a celebrar en China. ¿Cómo es posible?, se preguntó. En Europa se critica que haya pena de muerte en Estados Unidos, pero esos mismos estadios donde van competir los atletas del mundo entero, en medio del apoyo universal, son escenarios de ejecuciones públicas, a los que se lleva a los estudiantes de secundaria porque se consideran como una experiencia ''educativa''. Y no sólo eso. Los órganos de los fusilados se venden luego por divisas ante la indiferencia de los ''liberales'' americanos y el resto de las cohortes progresistas del mundo entero.

Las mujeres chinas necesitan una autorización del gobierno para quedar embarazadas y tienen prohibido tener más de un hijo. Las que pretendan desafiar esa política se enfrentan al aborto y la esterilización forzosos. El Papa Juan Pablo II pudo visitar Cuba en 1998, pero en China, dijo Wu, la Iglesia Católica sigue siendo ilegal. Y las minorías étnicas --tibetanos, mongoles, musulmanes-- son reprimidas.

Es increíble, dijo, que la comunidad de origen chino en Estados Unidos sea más numerosa que la comunidad cubanoamericana y, sin embargo, no sea capaz de influir sobre la actitud del gobierno de Estados Unidos. Por otra parte, confesó con amargura, en la última visita del presidente Jiang Zeming a Estados Unidos, miles de exiliados chinos saludaron al dictador comunista agitando banderitas rojas... Razón de más, pensamos nosotros, en reforzar nuestra solidaridad con Taiwán.

En una entrevista en Washington, Wu le preguntó al antiguo asesor de Seguridad Nacional Bert Scowcroft por qué había un embargo comercial contra la dictadura de Fidel Castro y no lo había contra la dictadura china. Scowcroft le dijo que, en Estados Unidos, el embargo era un asunto de política interna. Esto, dijo Harry Wu, es un enorme triunfo de la comunidad cubanoamericana.

En la conferencia de FIU, casualmente sentada a mi lado, había una bella cubana con su libro Troublemaker. Me dijo que lo había conseguido hacía algunos años y que, desde entonces, se había convertido en una fervorosa admiradora. Quería su autógrafo. Me llamó la atención que Wu no se hubiera referido a los laogai en su conferencia y pedí la palabra. ''Usted ha hecho conocer el nombre de los laogai en el mundo'', le dije mostrándole el libro. ''Y, sin embargo, no los ha mencionado en la conferencia.'' ¿Es que ha habido algún cambio en ese terreno?''

''No'', me dijo, ''no ha habido cambios, los tigres no se vuelven vegetarianos. Alexandr Solyenitzin incorporó la palabra gulag al vocabulario político del mundo. Yo quisiera ser recordado como el hombre que hizo conocida la palabra laogai. No soy ningún héroe,'' añadió, ``soy un sobreviviente. Los héroes son los que quedaron enterrados en los laogai. Como todo el mundo, quisiera tener dinero, una familia, ser feliz, pero simplemente no puedo olvidar a los que quedaron atrás. Sería una traición.''

Cuando le devolví el libro a la bella cubana, me pareció que tenía los ojos enrojecidos. Sin duda, estaba emocionada. No era para menos. Con todo, no se le olvidó pedirle a Harry Wu que le autografiara el libro. Fue, para todos, una ocasión inolvidable. La comunidad cubanoamericana tiene un nuevo amigo.