La demolición del mito del 2008
Charles Krauthammer
Qué duda cabe de que las elecciones de días pasados asustarán a los
demócratas moderados y harán más difícil la aprobación del proyecto
de asistencia médica de Obama, conocido en inglés como Obamacare. Asimismo,
facilitará a los renacidos republicanos la recaudación de fondos y
el reclutamiento de candidatos. Pero el efecto más importante de
las elecciones del martes es histórico: demolió el mito del gran
realineamiento del 2008.
El año pasado, después de la barrida de Obama, no se cesó de hablar
de su naturaleza fundamental, revolucionaria, transformadora. De
que marcaba el comienzo de un realineamiento —semejante al de
Franklin D. Roosevelt— para el siglo XXI en el cual la nueva
demografía, sobre todo las minorías y los jóvenes en ascenso,
acabarían enterrando al Partido Republicano. Un libro llegó a
proclamar “la muerte del conservadurismo”, mientras que otros, más
modestos, simplemente predecían la conversión final de ese partido
en una organización regional del sur profundo o en un partido de
marginados blancos rabiosos.
Desde un principio todo esto resultó ridículo. Las elecciones del
2008 fueron una anomalía histórica. Un candidato excepcionalmente
carismático se postulaba en un momento caracterizado por el profundo
cansancio provocado por la guerra, por un presidente republicano muy
impopular, contra un oponente políticamente incompetente y en medio
del mayor colapso financiero desde la Gran Depresión. Y, a pesar de
todo, ganó por sólo 7 puntos.
Exactamente un año después se produce la validación empírica de ese
escepticismo. Virginia, estado que se consideraba el precursor de
este nuevo realineamiento y que había votado demócrata en el 2008
por primera vez en 44 años, volvió a ser rojo. Barack Obama, como
una suerte de venganza, lo ganó por seis puntos. El candidato
republicano a gobernador ganó con una ventaja de 17 puntos, es decir,
un viraje de 23 puntos. Nueva Jersey pasó de una ventaja de los
demócratas de más 15 puntos en el 2008 a menos 4 en el 2009. Una
diferencia de 19 puntos.
¿Qué ocurrió? El tan cacareado realineamiento de Obama se esfumó.
En el 2009, en Virginia, el voto negro disminuyó un 20 por ciento, y
el de los menores de 30, un 50 por ciento. Y en cuanto a los
independientes, premio supremo de todo realineamiento, rompieron con
los demócratas. En el 2008, tanto en Virginia como en Nueva Jersey,
habían dado el triunfo, por poco margen, a Obama. Este año, la
votación favoreció a los republicanos, en Virginia por unos
sorprendentes 33 puntos, y en Nueva Jersey por 30 puntos, cifra
también escandalosa.
Los apologistas de la Casa Blanca dirán que el demócrata de Virginia
era débil. Pero, ¿cómo explicar una diferencia tan grande entre
Bob McDonnell y Creigh Deeds cuando ellos mismos se enfrentaron hace
cuatro años en el estado por el cargo de procurador general y la
competencia terminó en un empate virtual? Lo que convirtió la
revancha McDonnell-Deeds del 2009 en lo más parecido en política a
un experimento de laboratorio para medir el cambio en las
condiciones externas. Enfréntenlos de nuevo en las
condiciones del obamaísmo en acción y vean lo que ocurre. Y lo que
ocurrió fue una aplastante victoria republicana.
Desaparecieron los beneficios que en el 2008 se obtenían por estar a
la sombra de Obama. La expansión del electorado y la excitación de
los jóvenes se produjeron en circunstancias excepcionalmente
propicias para los demócratas y en medio de un entusiasmo sin
paralelo debido a la elección del primer presidente afroamericano.
Noviembre del 2008 fue algo excepcional, un momento que nunca se
repetirá. Noviembre del 2009 no fue una realineación. Fue, eso sí,
el regreso a la norma, así como la confirmación definitiva de que lo
ocurrido en el 2008 había sido uno de los grandes golpes de fortuna
de la historia política estadounidense.
Lo irónico del 2009 es que la marea antidemócrata rebasó la
norma: el estado profundamente azul de Nueva Jersey eligió un
gobernador republicano por primera vez en 12 años porque los
demócratas hicieron una pésima lectura del 2008 y del mandato que
suponían les había sido otorgado. Obama se creyó autorizado por una
victoria abrumadora para rehacer la vida norteamericana. Sólo cinco
semanas después de tomar posesión, anunció ante el Congreso sus
“Nuevos Cimientos” para Estados Unidos, que comprendían desde la
reforma de la salud pública, que constituye la sexta parte de la
economía norteamericana, hasta la regulación de la energía, sustento
de la vida económica.
Además, la misma opinión convencional que en noviembre pasado había
proclamado el amanecer de una nueva era hizo caso omiso a la
inevitable reacción popular contra la arrogante propuesta de Obama
de expandir el gobierno y aumentar los impuestos, el gasto y la
deuda, como si las manifestaciones y protestas locales en todo el
país fueran obra de una chusma furiosa de reaccionarios resentidos,
desquiciada por Fox News y tan falsa como la hierba artificial.
Precisamente el mes pasado Gallup había descubierto que los
conservadores aventajaban a los liberales en una proporción de 2 a 1
(40 por ciento a 20 por ciento) e incluso a los moderados (que
constituían un 36 por ciento). No resultó extraño entonces que los
“pocos” se rebelaran el martes. Esto no fue más que la reacción
natural de un país de centro izquierda ante un partido gobernante
que intenta acelerar la realización de un programa de izquierda
valiéndose de mayorías temporales como las creadas por las
excepcionales elecciones del 2008. La lectura errónea de esas
elecciones —y el mandato que supuestamente otorgaron— es la causa
fundamental de la debacle demócrata del 2009.
letters@charleskrauthammer.com
Tomado del
Washington Post |