En defensa del neoliberalismo

 

Los demócratas, ¿el partido de los trabajadores?

 

Karl Zinsmeister

Los demócratas, el partido de los pobres; los republicanos, el partido de los ricos. Las imágenes de los dos grandes partidos americanos ha estado congelada desde hace generaciones.

Los estereotipos siempre fueron inexactos, incompletos y exagerados pero, como la mayoría de los estereotipos, reflejaban ciertas realidades.

Ya no. A partir de los años 60 y 70 bloques completos de “pobres” - minorías étnicas, residentes rurales, evangélicos, policías, obreros de la construcción, amas de casa, veteranos de las fuerzas armadas empezaron a moverse hacia el Partido Republicano. Y grandes fragmentos de la rica elite americana – financieros, académicos, abogados, barones de la prensa, nuevos millonarios del software, artistas – empezaron a pasar al Partido Demócrata.

La medida en que los partidos han cambiado de posiciones en la división pobres/ricos se ha hecho evidente gracias a las investigaciones de la empresa de encuestas Pisos-Reid. Al comparar los condados que votaron fuertemente por George W. Bush y los que votaron fuertemente por Al Gore en las elecciones del 2000, el estudio muestra que en los condados pro-Bush, sólo 7% de los electores ganaban más de $100,000 mientras que 38% tenía ingresos familiares por debajo de los $30,000. En los condados pro-Gore, 14% ganaba $100,000 o más mientras que 29% ganaba menos de $30,000.

Como ha planteado Daniel Heninger, “se está haciendo cada vez más difícil tomar seriamente a los demócratas como el partido del hombre del pueblo.” Los pilares financieros de los demócratas son ahora los multimillonarios abogados litigantes, los ejecutivos del entretenimiento en Hollywood  y los grandes financistas. Obviamente, ambos partidos tienen sus millonarios pero los datos de la Comisión Federal Electoral muestran que muchos de los más ricos activistas políticos ahora militan en el Partido Demócrata.

Actualmente, los contribuyentes electorales más agresivos son, con mucho, los abogados. En julio de este año, los grandes bufetes habían donado $112 millones a los candidatos políticos del 2004; en comparación, toda la industria petrolera y del gas sólo donó $15 millones. Y los ricos abogados ahora son fuertemente demócratas: 71% de su dinero va a los demócratas, sólo 29% a los republicanos.

Tradicionalmente, se supone que Wall Street es un bastión republicano.  Eso ha dejado de ser cierto. Los grandes banqueros y comisionistas dan enormes cantidades a los demócratas. Seis de los principales 15 contribuyentes a John Kerry son firmas como Citigroup, Goldman Sachs, Morgan Stanley y J.P.Morgan.

John Kerry es la perfecta encarnación de cómo las elites multimillonarias se han apoderado del Partido Demócrata. De ser electo, se convertiría en el hombre más rico que haya llegado nunca a la Casa Blanca; los expertos describen su herencia como “más aristocrática que ningún anterior presidente americano”; su trayectoria educacional es absolutamente aristocrática. Y ahora hay muchos demócratas como John Kerry: desde el senador Jon Corzine hasta el senador Jay Rockefeller que están simultáneamente entre los americanos más ricos y los más políticamente a la izquierda.

La migración de los ricos y poderosos a los demócratas ha sido tan pronunciada que en la primavera y el verano John Kerry ha recaudado más dinero que el presidente Bush: las recaudaciones de Kerry han duplicado y triplicado regularmente las de Bush. Y mientras Bush se ha apoyado fundamentalmente en grupos de pequeños donantes, el dinero de Kerry viene mucho más de individuos como Soros o los Hamptons que le dieron $3 millones en un sólo día a fines de agosto.

¿Cuál es entonces el partido del pueblo?

Estados Unidos tiene una larga historia de rechazo del elitismo. George Washington aprendió rápidamente que no se podía dar órdenes a sus yanquis, imbuidos de un poderoso “espíritu  igualitario… en el que los principios de la democracia prevalecían,” sino que había que dirigirlos. Desde Andrew Jackson hasta George Bush padre, los políticos americanos han sabido que el electorado no va a simpatizar con los que hagan los importantes o se separen de alguna otra forma de los americanos corrientes.

Lo que refuerza los principios igualitarios en los que está fundado nuestro gobierno (como ha señalado Daniel Boorstin) tradicionalmente ha sido una cultura sin una capital. En la época de los fundadores, más del 95% de los habitantes vivían fuera de las ciudades, y seguimos siendo un pueblo altamente disperso e independiente, muy resistente a que nadie lo esté mandando desde algún centro.

El americano promedio cree que el elitismo no es sólo erróneo en principio sino también inefectivo. Y tiene razón. En general, un segmento transversal de nuestra población va a resolver mejor los complejos problemas sociales que cualquier grupito de expertos. Observadores atentos como F. A Hayek, observaron hace mucho tiempo que los ciudadanos corrientes poseen formas de conocimiento, intuición y sentido moral que los hacen mejores árbitros colectivos que cualquier cultivada elite. Esto no es ninguna demagogia sino una verdad comprobada una y otra vez por la historia, y que explica gran parte del éxito de Estados Unidos y de los hombres y mujeres sencillos que han llegado a sus costas.

Hubo una época en que el disgusto americano por el elitismo se traducía fácilmente en la desconfianza en los conservadores. Pero actualmente, cuando los republicanos de country-club han sido echados de lado por los republicanos Nascar, no hay nada de antidemocrático en el conservadurismo americano. Entre las elites, ahora el credo dominante es el “liberalismo”americano (el socialismo).

En la última generación, según afirma Samuel Huntington, las elites profesionales se han vuelto “menos nacionalistas” y “más liberales que la mayoría del pueblo americano. Esto queda claro en los resultados de 20 encuestas de opinión pública hechas entre 1974 y 2000.” Un serio estudio de una docena de diferentes elites, incluyendo los altos funcionarios públicos, los abogados, los líderes religiosos, los oficiales de las fuerzas armadas, los magnates del entretenimiento, los dirigentes sindicales, los ejecutivos de negocios y los capitanes de la prensa, hallaron que cada uno de esos grupos menos dos (empresarios y las fuerzas armadas) era el doble y triple de liberal que la mayoría del público.

No es que los demócratas se hayan apoderado de la cumbre socioeconómica y los republicanos del fondo. Se trata, más bien, que los demócratas dominan la cumbre y el fondo mientras que los republicanos tienen sus seguidores en el medio.

Esto puede verse cuando se divide el electorado por educación y por ingresos. En el fondo, los desertores escolares y los trabajadores no calificados son muy demócratas pero también los estudiantes con postgrados  los profesores en el otro extremo del espectro educativo. (Los profesores universitarios están entre los principales contribuyentes de John Kerry, según los datos de la Comisión Federal Electoral.) Mientras tanto, los graduados de secundaria y los que tienen títulos universitarios (el medio) son fundamentalmente republicanos.

Así que estamos en una época nueva e interesante. La derecha se ha convertido en el partido pensante, con ricos recursos intelectuales,  simultáneamente opuesto al elitismo político y al snobismo cultural. La gran clase media americana se ha ido haciendo conservadora. En el mismo período, la izquierda se ha vuelto dominante entre los estratos por arriba y por debajo de la clase media conservadora.

Como resultado, la vieja forma de pensar sobre la política americana –  demócratas pobres vs. ricos republicanos – es tan pertinente en la actualidad como un pronóstico metereológico de 1930.

Publicado en The Wall Street Journal
Traducido por AR