En defensa del neoliberalismo

 

El PSOE, la izquierda y el castrismo

 

Orlando Fondevila

Salvo unos cuantos enfermos ideológicos terminales, el marxismo, tanto en su desmesurada pretensión filosófica como en su perversa experiencia sociológica, es un cadáver. Cadáver maloliente por aún insepulto. E incluso probablemente indigno de figurar en un museo de antigüedades ideológicas. Pero esto no quiere decir, como pretenden algunos,  que no exista una importante lucha ideológica entre la izquierda y la derecha a un nivel planetario, y que sea una cuestión menor el resultado de lo que defienden unos y otros. Es verdad que en eso que llamamos Occidente los modos autoritarios de cualquier signo merecen hoy la reprobación de la mayoría de los ciudadanos y de la clase política; pero justamente por eso determinados sectores de la izquierda, sobre todo de aquellos que se han desmarcado de las propuestas totalitarias –las más de las veces más por pragmatismo que por vocación democrática- camuflan su discurso con posicionamientos rosa, a menudo confusos e incoherentes, al tiempo que resuman frecuentemente sus nostalgias por los viejos tiempos de esplendor.

Esa izquierda que deambula a cuesta con los retazos confusos de su antigua ideología desbancada por los hechos, cobra hoy fuerza travestida en “progresismo”, populismo y otros ismos de parecida factura, y utiliza los mecanismos de las siempre odiadas libertad y democracia burguesas buscando nuevas rutas hacia las indias, es decir, hacia la deconstrucción de las sociedades abiertas para conseguir no se sabe bien qué. En su empeño, además de connivencias hasta cierto punto incomprensibles con la locura islámica, han puesto en sus laicos altares a nuevos ídolos. Intelectuales pedantes y filósofos farragosos e ininteligibles. Ya se sabe, los Chomsky y Ramonet por un lado y los Derrida y Habermas por otro. El desmontaje de la razón por unos, o su reestructuración por otros, da igual, todo vale. Cualquier vía es aceptable para destruir a Occidente. Por cierto, que no importa si se es conciente o no de las consecuencias.

Todo lo anterior, lejos de ser una digresión, es una introducción necesaria para explicarnos la evidente y no menguada complicidad de gran parte de la izquierda –aunque a algunos les parezca fea mi insistencia- con la tiranía castro- comunista. Algún ingenuo (concedámosle el beneficio de las buenas intenciones) ha propalado la peregrina especie de que la transición democrática cubana se podría beneficiar con la proliferación de gobiernos de izquierda democrática. Es decir, que serían buenos los gobiernos de Lula, de Kirchner, de Torrijos, de Chávez, de Zapatero y los posibles de López Abrador, de Tabares y otros en América Latina, así como de Kerry en Estados Unidos. Pues bien, ya algunos de estos están el poder y ya me dirán ustedes en qué han beneficiado a la causa de la libertad y los derechos humanos en Cuba.

Más bien ha ocurrido, está ocurriendo todo lo contrario. La colaboración y la hermandad entre el Tirano y estos representantes de la izquierda en el poder o en pugna por alcanzarlo es más que evidente, y no sólo sirve para apuntalar materialmente a un régimen de horror en franco declive, sino que le sostiene simbólicamente y le otorga avales de legitimidad.

El caso del Gobierno del PSOE en España es, si se quiere, el más infame. Muchos lo sabíamos desde que accedió al poder, y muchos nos pedían que esperáramos. Pues no ha habido que esperar tanto. La izquierda que hoy gobierna en España es la más sectaria de todas las izquierdas europeas. El PSOE gobierna en alianza con los comunistas y con la izquierda republicana. En el caso de los comunistas se trata de comunistas puros y duros, de hoz y martillo y loas al leninismo. Y los de izquierda republicana se mantienen aferrados al marxismo. La mayoría de los miembros del Gobierno pertenecen al ala más extremista del PSOE. No es, entonces, una sorpresa la política que promueven de acercamiento al régimen castrista. Y lo peor es la hipocresía con que lo hacen, empleando palabras bonitas y encantadoras sonrisas.

Por estos días ignominiosos que corren el Gobierno socialista español se halla empeñado en cambiar la política de tibias sanciones a La Habana acordadas por la Unión Europea. Lo primero que ha hecho es nombrar a un ex -comunista de antigua prosapia leninista y como se ve admirador de siempre del “luminoso ejemplo” castrista, el señor Carlos Alonso Zaldívar, “Charlie” para sus viejos camaradas, quien no ha tardado en inclinar la cerviz ante el dictador y suplicarle buenas relaciones, insultando de paso a los disidentes que había invitado a la Fiesta de la Hispanidad. Para este señor y para la diplomacia española actual, el diálogo y las buenas maneras se reservan para el dictador, al tiempo que los disidentes son vistos como apestados. Porque, ¿qué es sino el aceptar el chantaje de Castro de que no se les reciba para poder en cambio tomarse unos buenos mojitos con los comisarios y policías del régimen?

Y qué es sino aceptar como un mero desaguisado burocrático o un “afán de llamar la atención”, la expulsión del diputado del PP que viajó a Cuba para entrevistarse con los disidentes, como ha manifestado la secretaria de relaciones exteriores del PSOE, Trinidad Jiménez. O la declaración de Rafael Estrella, portavoz de Exteriores del PSOE señalando que el diputado español quería llamar la atención para evitar el acercamiento de la UE a Castro. O la de la declarada admiradora del régimen, la “niñata” Leire Pajín, nada menos que secretaria de cooperación internacional del Gobierno, quien ha manifestado que la propuesta del Gobierno es abrir un “diálogo” con el Gobierno de Cuba. Ni un solo representante del PSOE ha mostrado apoyo a la calificación de inaceptable que sobre el incidente ha hecho el ministro Moratinos. El PSOE acepta la tesis de Castro de que con los disidentes no se puede hablar.

Nada, absolutamente nada pueden esperar los demócratas cubanos del actual Gobierno del PSOE, como nada pueden esperar de ningún Gobierno de izquierdas, ni de los “liberales” norteamericanos. Querer hacernos creer lo contrario es un manifiesto intento de engañarnos y proteger al dictador. No hay más. Castro continúa siendo un símbolo querido de la izquierda, lo digan de forma abierta o disimulada. Es la izquierda quien sostiene a Castro y quien niega la sal y el agua a los disidentes.

El actual Gobierno socialista de España representa a la más rancia izquierda europea. Por eso blasona de antiamericanismo, se retira de Irak e invita a los demás a imitarle; por eso Zapatero no se pone de pie ante la bandera norteamericana y dice, retomando la retórica castrista, que “no se pondrá de rodillas” ante Estados Unidos. Guarda las reverencias para Castro.