Cómo Reagan ganó la guerra fría
Dinesh D’Souza
Hace más de diez años, frente a la Puerta de
Brandenburgo, Ronald Reagan dijo: ‘‘Secretario General Gorbachov, si
usted realmente busca la paz, la prosperidad de la Unión Soviética y
del este de Europa, si busca la liberalización: ¡Venga aquí! ¡Abra
esta puerta! ¡Derribe este muro!’’
No pasó mucho tiempo antes de que el muro fuera
derribado y el imperio más formidable en la historia del mundo se
colapsara tan rápidamente que, según palabras de Havel, ‘‘no tuvimos
tiempo ni para sorprendernos".
Con la desintegración de la Unión Soviética,
concluyó el experimento político y social más ambicioso de la era
moderna. El mayor drama político del siglo XX: el conflicto entre el
Occidente libre y el Este totalitario, terminó con el fracaso de
este último. Lo que probablemente sea el evento histórico más
importante de nuestras vidas ya está en el pasado.
Es natural preguntarse, dado lo extraordinario de
estos acontecimientos, qué fue lo que provocó la destrucción del
comunismo soviético. Para nuestra sorpresa, sin embargo, se trata de
un tema que nadie parece querer discutir. Esa renuencia es
particularmente aguda entre los intelectuales. Consideren lo que
sucedió el 4 de julio de 1990, cuando Mijail Gorbachov se dirigió a
los estudiantes y profesores de la Universidad de Stanford. La
Guerra Fría ha terminado, dijo Gorbachov, y la gente aplaudió con
evidente alivio. Luego añadió: ‘‘Y es mejor no discutir quién la
ganó.’’ En ese momento, la multitud se puso de pie y lo aplaudió
delirantemente.
El deseo de Gorbachov de eludir este tema era muy
comprensible. Pero ¿por qué estaban los aparentes triunfadores de la
Guerra Fría igualmente dispuestos a no celebrar su victoria ni
analizar cómo se había conseguido la misma? Quizás la razón fuera
porque prácticamente todo el mundo se equivocó en relación con la
Unión Soviética. Las palomas o apaciguadores estuvieron total y
espectacularmente equivocados en todos los puntos. En 1983, por
ejemplo, cuando Reagan califico a la Unión Soviética de ‘‘imperio
maligno’’, Anthony Lewis de The New York Times se indignó
tanto que tuvo que registrar su repertorio para encontrar un
adjetivo adecuado: ‘‘simplista’’, "sectario", "peligroso",
"escandaloso", nada parecía suficiente. Finalmente, Lewis se decidió
por ‘‘primitivo’’ como "la única palabra para calificarlo’’.
A mediados de los años 80, Strobe Talbott, que
entonces era periodista de Time, y que posteriormente fue
funcionario del Departamento de Estado de Clinton, escribió:
‘‘Reagan está contando con la tecnología y la hegemonía económica
norteamericana para imponerse al final’’ pero si la economía
soviética está en algún tipo de crisis ‘‘es una crisis permanente,
institucionalizada con la que han aprendido a vivir’’
La historiadora Barbara Tuchman alegaba que en vez
de utilizar una política de confrontación, el Occidente debía
congraciarse con los soviéticos siguiendo ‘la opción del pavo
relleno", es decir, "dándoles todos los granos y bienes de consumo
que necesitan’’. Si Reagan hubiera seguido ese consejo cuando se lo
ofrecieron en 1982, probablemente el imperio soviético seguiría
existiendo todavía.
Es cierto que los halcones anticomunistas
comprendían mucho mejor el totalitarismo y la necesidad de armarse
para disuadir la agresión soviética. Pero también ellos consideraban
al comunismo soviético como un adversario permanente y prácticamente
indestructible. Esta melancolía spengleriana se refleja en la famosa
observación de Whittaker Chambers ante la Comisión de Actividades
Anti-Norteamericanas en 1948 cuando dijo que, al abandonar el
comunismo, estaba ‘‘dejando el lado ganador.’’
Por otra parte, los halcones también se
equivocaron en relación con los pasos que había que dar para
conseguir el desmantelamiento del imperio soviético. Durante el
segundo período de Reagan, cuando éste apoyaba los esfuerzos
reformistas de Gorbachov y buscaba acuerdos de reducción de
armamentos con él, muchos conservadores denunciaron su aparente
cambio de posición. ‘‘Ignorante y patética’’ fue como Charles
Krauthammer calificó la conducta de Reagan. William F.Buckley Jr.,
por su parte, lo exhortó a reconsiderar su valoración positiva de
Gorbachov: ‘‘Saludarlo ahora como si ya el régimen no fuera maligno
es como cambiar nuestra posición en relación con Adolfo Hitler.’’
También George Will se lamentaba porque ‘‘Reagan ha acelerado el
desarme moral del Occidente al elevar los deseos al status de
filosofía política’’.
A nadie le gusta que cuestionen su conocimiento
pero las palomas han sido especialmente renuentes en admitir que se
equivocaron y que Reagan tenía razón. De aquí que en los últimos
años hayan hecho un serio esfuerzo por reescribir la historia. En su
opinión, el fin de la Unión Soviética no encierra ningún misterio:
sufría de crónicos problemas económicos y se derrumbó por su propio
peso. ‘‘El sistema soviético se colapsó debido a las fallas y
defectos de su núcleo central’’, escribe Strobe Talbott, ‘‘no por
nada que el mundo exterior haya hecho o dejado de hacer.’’
Desde el punto de vista de Talbot ‘‘la amenaza
soviética no era lo que acostumbraba ser. Lo realmente importante,
sin embargo, es que nunca lo fue. En el gran debate de los pasados
40 años, las palomas tenían la razón.’’ Mientras tanto, George
Kennan, insiste en que "la extrema militarización’’ perseguida por
Reagan y los hombres de línea dura del Pentágono, ‘‘fortalecieron
consistentemente a los hombres de línea dura comparables en la Unión
Soviética.’’ Lejos de acelerar el fin de la Guerra Fría, puede que
lo hayan pospuesto.
Si este análisis es impresionante es por su
audacia. La Unión Soviética realmente sufría de enervantes problemas
económicos. Pero ¿por qué habría esto de aparejar el fin del régimen
político? Históricamente es común que las naciones tengan malos
rendimientos económicos pero nunca han sido las escasees de
alimentos o el retraso tecnológico causas suficientes para la
destrucción de un gran imperio. El imperio romano sobrevivió durante
siglos la corrosión interna antes de ser destruido por la invasión
de las hordas bárbaras. El imperio otomano se mantuvo durante
generaciones como ‘‘el enfermo de Europa" y sólo la catastrófica
derrota de la I Guerra Mundial pudo hacerlo desaparecer.
Tampoco el argumento económico puede explicar por
qué el imperio se colapsó en el momento preciso en que lo hizo. Lo
que los revisionistas vienen a decir es que "sucedió y, por
consiguiente, era inevitable.’’ Pero si el colapso soviético era tan
seguro, ¿por qué no fue pronosticado por los revisionistas, que eran
unánimes en proclamar, como decía una columna de Anthony Lewis de
1983, que el régimen soviético ‘‘no va a desaparecer’’
Afirmar que Gorbachov fue el arquitecto del
colapso de la Unión Soviética no es menos problemático. Sin duda era
un reformador y un nuevo tipo de dirigente soviético pero Gorbachov
no quería llevar al partido y al régimen al precipicio. Cuando la
URSS se colapsó, nadie resultó más sorprendido que Gorbachov. Cuando
fue barrido del poder no quería creerlo y todavía está indignando y
perplejo por haber sacado menos del 1 por ciento de los votos en las
elecciones de 1996.
Es curioso que el hombre que comprendiera bien las
cosas desde el principio fuera, a primera vista, un improbable
estadista. Cuando se convirtió en el líder del mundo libre no tenía
experiencia en política exterior. Algunos pensaban que era un
peligroso guerrerista, otros lo consideraban un hombre agradable
aunque un poco torpe. Sin embargo, este peso ligero de California
resultó tener una comprensión tan profunda del comunismo como
Alexander Solyenitsin. Este amateur desarrolló una estrategia
tan compleja y contra-intuitiva para tratar con la Unión Soviética
que prácticamente nadie a su alrededor la apoyaba o ni siquiera la
comprendía. Gracias una combinación de visión, tenacidad, paciencia
y capacidad de improvisación produjo lo que Henry Kissinger
considera ‘‘la hazaña diplomática más asombrosa de la era moderna.’’
0 como dijo Margaret Thatcher: ‘‘Ronald Regan ganó la Guerra Fría
sin disparar un tiro’ ‘
En su apreciación del poderío soviético, Reagan
era mucho más escéptico que los halcones y que las palomas. En 1981
le dijo a su audiencia en la Universidad de Notredame: ‘‘El
Occidente no va a contener al comunismo. Va a trascender al
comunismo. Lo va a descartar como un extravagante capitulo en la
historia cuyas últimas páginas se están escribiendo ahora.’’ Al año
siguiente, dirigiéndose al Parlamento británico, Reagan pronosticó
que si la Alianza Occidental permanecía fuerte produciría ‘‘una
marcha de la libertad y de la democracia que dejará al
marxismo-leninismo en el basurero de la historia’’
Esas proféticas afirmaciones -descartadas en su
época, como simples artificios retóricos- suscitan una interrogante:
¿Cómo sabía Reagan que el comunismo soviético afrontaba un inminente
colapso cuando las mentes más astutas de su época no tenían ni la
más vaga idea de lo que iba a suceder? Para tratar de responder a
esta pregunta lo mejor es empezar por sus chistes. Con el pasar de
los años, Reagan acumuló muchos cuentos que atribuía al mismo pueblo
soviético. Uno de ellos hablaba de hombre que va a un mercado y pide
un kilo de carne de res, medio kilo de mantequilla y una cuarto de
kilo de café. ‘ ‘No tenemos’’, le responde el dependiente, y el
hombre se va. Otro, que está presenciando la escena, comenta: ‘‘ese
viejo tiene que estar loco.’’ A lo que el dependiente responde, ‘Si,
pero ¡qué memoria tiene!’’
Otra anécdota favorita es la del hombre que va a
una oficina de transporte para pedir un automóvil. Le informan que
tiene que depositar todo el dinero inmediatamente pero que hay una
lista de espera de 10 años. Sin inmutarse, el hombre paga y llena
todos los formularios. Tiene que llevar cada planilla a una oficina
del gobierno diferente. Semanas después termina su recorrido y él
ultima funcionario le dice: ‘‘Bueno, todo está listo. Venga este
mismo día dentro de 10 años’’ Y el hombre le pregunta ‘‘¿Por la
mañana o por la tarde?’’ Sorprendido, el burócrata le dice,
‘‘Estamos hablando de aquí a 10 años, ¿qué diferencia puede haber en
que sea por la mañana o por la tarde? Y el hombre le responde, ‘‘Es
que el plomero viene por la mañana.’
Reagan podía seguir así durante horas. Sin
embargo, lo sorprendente es que sus chistes no giran sobre la
malignidad del comunismo sino sobre su incompetencia. Reagan estaba
de acuerdo con los halcones en que el experimento soviético que
buscaba crear un ‘‘hombre nuevo’’ era profundamente inmoral. Pero
también comprendía que era básicamente estúpido. Reagan no necesitó
un título en economía para reconocer que cualquier sistema económico
basado en una planificación centralizada, que decide cuánto deben
producir las fábricas, cuánto debe consumir la gente y cómo se deben
distribuir las recompensas sociales, está destinada a un desastroso
fracaso. Para Reagan, la Unión Soviética era un ‘‘oso enfermo’’ y la
única incertidumbre no era si se moriría sino cuándo.
Con todo, aunque la URSS tenía una economía débil,
por otra parte tenía unas fuerzas armadas sumamente poderosas. Nadie
dudaba que si los misiles soviéticos eran disparados contra
objetivos norteamericanos causarían una enorme destrucción. Pero
Reagan también sabía que el imperio maligno estaba gastando el 20
por ciento de su producto nacional bruto en la defensa. (La
proporción real resultó ser todavía más alta.) Fue así como concibió
la idea de que Occidente podía gastar más que Moscú en la carrera
armamentista, utilizando los superiores recursos económicos de una
sociedad libre para crearle terribles tensiones al régimen
soviético.
Reagan esbozó su teoría del ‘‘oso enfermo’’ en un
discurso en su Alma Mater, el Erureka College. Allí dijo, ‘‘El
imperio soviético está fallando porque el rígido control
centralizado ha destruido los incentivos para la innovación, la
eficiencia y los logros individuales. Sin embargo, en medio de sus
problemas económicos y sociales, la dictadura soviética ha forjado
las mayores fuerzas armadas del mundo. Lo ha conseguido echando a un
lado las necesidades humanas de su pueblo pero, al final, ese camino
socavará los cimientos mismos del sistema soviético’’
Sin embargo, los osos enfermos pueden ser muy
peligrosos porque tienden a ser agresivos. Además, como no estamos
discutiendo sobre animales sino sobre personas, está la cuestión del
orgullo. No es probable que los dirigentes de un imperio
internamente débil estén de acuerdo en permitir la erosión de su
poder. Lo típico es que recurran a las fuerzas armas, la fuente
primaria de su poder.
Reagan estaba convencido de que el apaciguamiento
sólo aumentaría el apetito del oso e invitaría a ulteriores
agresiones. Fue por eso que siempre trató a los soviéticos con
firmeza. Tenía mucha más confianza que la mayoría de los halcones en
que los norteamericanos podían afrontar el desafío. ‘‘Tenemos que
comprender,’’ dijo en su primer discurso inaugural, ‘‘que no hay
armas más formidables en el mundo que la voluntad y el coraje moral
de los hombres y las mujeres libres.’’ Lo más visionario de Regan
fue su rechazo de la premisa de que había que aceptar la
inmutabilidad del régimen soviético. Cuando nadie se atrevía a
hacerlo, Reagan se atrevió a imaginar un mundo donde el régimen
soviético no existiera.
Por supuesto, una cosa fue avizorarlo y otra muy
diferente hacerlo realidad. El oso soviético estaba de ánimo
belicoso y hambriento cuando Reagan llegó a la Casa Blanca. Entre
1974 y 1989, por invasión directa o a través de sus títeres, había
incorporado 10 países a la órbita comunista: Vietnam del Sur
Camboya, Laos, Yemen del Sur, Angola, Etiopía, Mozambique, Granada,
Nicaragua y Afganistán. Por otra parte, había construido el arsenal
nuclear más formidable del mundo, con miles de misiles de cabezas
múltiples dirigidos a Estados Unidos. El Pacto de Varsovia tenía una
abrumadora superioridad sobre el Pacto del Atlántico en armas
convencionales. Y Moscú había desplegado recientemente una nueva
generación de misiles de alcance intermedio, los gigantescos SS-20,
dirigidos a las ciudades europeas.
Reagan no se limitó a reaccionar ante estos
alarmantes acontecimientos sino que desarrolló una amplia estrategia
contraofensiva. Inició un proceso de rearme de $1.5 billones, el
mayor que haya tenido Estados Unidos en tiempos de paz, dirigido a
comprometer a los soviéticos en una carrera armamentista que estaba
convencido no podrían ganar. Por otra parte, encabezó la Alianza
Atlántica en el despliegue de 108 Pershings II y 464 misiles crucero
Tomahawk en Europa para contrarrestar los SS-20 soviéticos. Pero no
abandonó las negociaciones sobre control de armamentos. Por el
contrario, propuso que las dos superpotencias debían de reducir
drásticamente sus arsenales nucleares. Afirmó que si los soviéticos
estaban dispuestos a retirar sus SS-20, dijo, Estados Unidos no
instalaría los Pershing y los Tomahawk. Fue lo que se llamó la ‘
‘Opción Cero’’
Y también estaba la Doctrina Reagan, que implicaba
el apoyo militar y material para los movimientos nacionales que
estaban luchando para desembarazarse de las tiranías sostenidas por
los soviéticos. Reagan apoyó esas guerrillas en Afganistán, Camboya,
Angola y Nicaragua. Y trabajó con el Vaticano y el ala internacional
de la AFL-CIO para mantener funcionando al sindicato polaco
Solidaridad pese a la dura represión de Jaruzelski. En 1983, tropas
norteamericanas invadieron y liberaron Granada, derrocando al
gobierno marxista y propiciando elecciones libres. Finalmente, en
marzo de 1983, Reagan anuncio la Iniciativa de la Defensa
Estratégica (SDFI), un nuevo programa de investigación y de eventual
despliegue de misiles defensivos que prometían, en sus propias
palabras, ‘‘hacer obsoletas las armas nucleares’’
En cada etapa, la estrategia contraofensiva de
Regan fue duramente criticada por las palomas. Los apaciguadores
explotaban los temores públicos de que su política militar estuviera
acercando el mundo a una guerra nuclear. Strobe Talbott consideró la
Opción Cero como "sumamente irreal’’ y afirmó que había sido
propuesta ‘‘más para anotarse puntos de propaganda que para ganar
concesiones de los soviéticos.’’ Con la excepción del apoyo a los
mujedines afganos, las palomas se opusieron en el Congreso y en la
prensa a todos los esfuerzos por ayudar a los rebeldes
anticomunistas. Y la SDI fue denunciada en palabras de The New
York Times como ‘‘una proyección de la fantasía en política’’
Por supuesto, la Unión Soviética también era
hostil a la contraofensiva de Reagan pero la percepción de su
política era mucho más aguda. Izvestia dijo: ‘‘Quieren
imponernos una carrera armamentista todavía más ruinosa.’’ El
Secretario General Yuri Andropov afirmó que el programa de la SDI de
Regan era ‘‘un intento por desarmar a la URSS.’’ Y Andrei Gromiko
señaló que ‘‘detrás de todas estas mentiras está el frío cálculo que
la URSS agotará sus recursos materiales y se verá obligada a
rendirse.’’
Estas reacciones son importantes porque permiten
establecer el contexto del ascenso al poder de Mijail Gorbachov a
principios de 1985. Es cierto que Gorbachov era un nuevo tipo de
Secretario General del PCUS pero pocos se han preguntado por qué fue
nombrado por la Vieja Guardia. La razón principal fue que el
Politburó había reconocido el fracaso de las anteriores estrategias
soviéticas.
En otras palabras, Regan parece haber sido en gran
medida responsable de haber producido el nerviosismo que llevó a
Moscú a tratar de buscar un nuevo enfoque. La tarea de Gorbachov no
era simplemente la de encontrar una nueva forma para enfrentar los
problemas económicos del país sino también de buscar cómo afrontar
los reveses del imperio en el exterior. Por esta razón, Ilya
Zaslavsky, que fue miembro del Congreso de Diputados del Pueblo,
dijo posteriormente que el verdadero originador de la perestroika
y el glasnot no había sido Gorbachov sino Reagan.
Gorbachov inspiró un gran entusiasmo en la
izquierda y en los medios de comunicación occidentales. Mary McGrory
del Washington Post estaba convencida de que tenia ‘‘un plan
para salvar el planeta.’’ Gail Sheehy estaba deslumbrada por ‘‘su
luminosa presencia.’’ En 1990, Time lo proclamó ‘‘El Hombre de la
Década’’ y lo comparó con Franklin D.Roosevelt. Tal como Roosevelt
había tenido que transformar el capitalismo para poder salvarlo, así
se pensaba que Gorbachov reinventaría el socialismo para poder
salvarlo.
La razón de este embarazoso ‘‘Gorbasmo’’ estaba en
que Gorbachov era precisamente el tipo de dirigente que los
intelectuales occidentales admiraban: un reformista desde lo alto,
un dirigente que se presentaba como progresista; un tecnócrata que
daba discursos de tres horas sobre cómo se estaba desarrollando el
programa agrícola. Pero lo admiraban, sobre todo, porque el nuevo
líder soviético estaba tratando de hacer realidad la gran esperanza
de la intelectualidad occidental del siglo XX: ¡Un comunismo con
rostro humano! Un socialismo eficaz!
Sin embargo, como descubriría Gorbachov, y como
ahora sabemos todos, simplemente no podía ser. Los vicios que
Gorbachov trataba de erradicar resultaron ser características
esenciales del sistema. Si Reagan era el Gran Comunicador, Gorbachov
resultó ser el Gran Mal Calculador. En la medida en que pudiera
tener una contrapartida occidental, no sería Franklin D. Roosevelt
sino Jimmy Carter. Los duros del Kremlin, los que le advirtieron que
sus reformas provocarían el colapso del sistema tenían razón. En
realidad, los halcones de Occidente también fueron vindicados: era
verdad que el comunismo no podía cambiar. La única reforma posible
era su destrucción.
Gorbachov, como Jimmy Carter, tenía una buena
cualidad: era una persona decente y un hombre de mentalidad
relativamente abierta. Fue el primer líder soviético que surgió de
la generación post-staliniana, el primero en admitir abiertamente
que no se estaban cumpliendo las promesas de
Lenin.
Reagan, al igual que Margaret Thatcher, reconoció
rápidamente que Gorbachov era diferente. Lo que hizo cambiar su
opinión sobre Gorbachov fueron las pequeñas cosas. Descubrió que
Gorbachov tenía una gran curiosidad sobre Occidente y que mostraba
un particular interés en cualquier cosa que Reagan quisiera contarle
sobre Hollywood. También tenía sentido del humor y podía reírse de
sí mismo. Además, se sentía molesto porque Reagan hubiera dicho que
la Unión Soviética era un ‘‘imperio maligno.’’ Para Reagan, era
significativo que a Gorbachov le molestara dirigir un régimen
maligno. Por otra parte, lo impresionó que Gorbachov acostumbrara
referirse a Dios y a Cristo en sus declaraciones públicas. Cuando le
preguntaron que resultaría de sus reformas, Gorbachov dijo: ‘‘Sólo
Dios lo sabe.’’ Esto pudiera ser descartado como un recurso retórico
pero Reagan no lo creía así.
Sin embargo, cuando estuvieron frente a frente en
la mesa de negociaciones de Ginebra en 1985, Reagan trató a
Gorbachov como a un áspero negociador y le respondió en una forma
que pudiéramos describir como de ‘‘cordial dureza.’’ Mientras los
comunicados del Departamento de Estado insistían en las
preocupaciones norteamericanas sobre la ‘‘desestabilizadora’’
influencia de la ocupación soviética de Afganistán, Reagan
confrontaba a Gorbachov directamente."Lo que ustedes están haciendo
en Afganistán es quemando aldeas y matando niños’’, le dijo. ‘‘Es un
genocidio, Mike, y tú eres el que tiene que detenerlo.’’ Según
Kenneth Adelmar, un asesor que estaba presente, Gorbachov miró a
Reagan estupefacto. Adelman piensa que nadie le había hablado nunca
así.
Reagan también amenazó a Gorbachov. ‘‘No nos
vamos a quedar sentados y dejarlos con superioridad de armamentos
sobre nosotros’’, le dijo. ‘‘Podemos acordar reducir los armamentos
o podemos seguir con la carrera armamentista, que creo que usted
sabe que no pueden ganar.’’ Gorbachov tomó en serio las
observaciones de Reagan. Esto se hizo obvio en la cumbre de
Reikiavik en octubre de 1986. Gorbachov asombró al establishment
occidental de control de armas aceptando la Opción Cero de Reagan.
Aceptó los mismos términos que Strobe Talbott y otras palomas habían
considerado absurdamente irrealistas.
Con todo, Gorbachov tenía una condición: Estados
Unidos tenía que acordar no desplegar defensas antimisiles. Reagan
rehusó. La prensa, por supuesto, lo atacó inmediatamente. Un titular
del Washington Post decía ‘‘Colapsan las conversaciones en la
cumbre Reagan-Gorbachov por estancamiento sobre SDI que borra otras
ganancias.’’ ‘‘Hundida por la Guerra de las Galaxias’’, decía la
portada de la revista Time, refiriéndose a las negociaciones.
Para Reagan, sin embargo, la llamada "Guerra de
las Galaxias" era algo más que una ficha de cambio: era una cuestión
moral. En una declaración televisada desde Reikiavik dijo: "No había
forma que yo le pudiera decir a nuestro pueblo que su gobierno no lo
protegería contra la destrucción nuclear.’’ Las encuestas mostraron
que la mayoría de los norteamericanos estuvo de acuerdo con él.
Según Margaret Thatcher, Reikiavik fue el momento
del gran viraje en la Guerra Fría. Gorbachov se dio cuenta de que
tenía una opción: continuar una carrera armamentista que no podía
ganar y que hundiría la economía soviética o abandonar la lucha por
la hegemonía mundial, establecer relaciones pacíficas con Occidente
y trabajar para que la economía soviética lograra ser tan próspera
como las occidentales. Al parecer, Gorbachov se decidió por este
segundo camino después de Reikiavik.
En efecto, en diciembre de 1987, abandonó su
‘‘posición no-negociable’’ de que Reagan renunciara a la SDI y
visitó Washington D.C., para firmar el Tratado de Fuerzas Nucleares
de Alcance Intermedio (INF). Las dos superpotencias acordaban, por
primera vez, eliminar toda una clase de armas nucleares. Moscú
inclusive estuvo de acuerdo en permitir verificaciones in sito,
una condición que nunca había aceptado anteriormente..
Los halcones, sin embargo, desconfiaban. Decían
que Gorbachov era un gran maestro del ajedrez político. Pudiera
estar dispuesto a sacrificar un peón para conseguir una ventaja
general. ‘‘Reagan está cayendo en una trampa ," advirtió Tom Bethell
en The American Spectator en 1985. ‘‘La única forma en que
puede conseguir éxito en una negociación es haciendo lo que quieren
los soviéticos.’’ Senadores republicanos como Steven Symms y Jesse
Helms planearon ‘‘enmiendas asesinas’’ para matar el Tratado de INF.
Howard Philips, del Grupo Conservador del Congreso, inclusive acusó
a Reagan de ‘‘hacer el papel de idiota útil para la propaganda
soviética’’.
Pero, como ahora admiten algunos halcones como
Bethell, estas críticas no tenían en cuenta el curso general de los
acontecimientos. Gorbachov no estaba sacrificando un peón sino
entregando sus alfiles y su reina. El tratado de IFN fue la primera
etapa de la rendición de Gorbachov en la Guerra Fría.
Cuando Gorbachov vino a Washington, Reagan sabía
que la Guerra Fría había terminado. Gorbachov era una celebridad
mediática en Estados Unidos y las multitudes lo aplaudían cada vez
que salía de su limosina y estrechaba las manos del público. Por
entonces y alejado de la publicidad, Reagan cenó con un grupo de
amigos conservadores que incluía a Ben Wattenberg, Georgie Anne
Geyer y R. Emmett Tyrell Jr. Según me contó Wattenberg, el
grupo se quejó de que la prensa le estuviera dando a Gorbachov todos
los méritos por el acuerdo aunque, en lo esencial, éste hubiera sido
concebido en los términos de Reagan. Reagan se limitó a sonreír.
Wattenberg le preguntó: "¿Hemos ganando la Guerra Fría?" Regan no
respondió. Wattenberg insistió. Finalmente, Reagan le dijo que sí.
Fue entonces que lo comprendieron. Él quería que Gorbachov
disfrutara. Cuando la prensa le preguntó si se sentía opacado por
Gorbachov, Reagan respondió: ‘‘Por supuesto que no. No me siento
resentido por su popularidad. ¡Por favor! Una vez fui co-estrella
con Errol Flynn’’.
Para apreciar la inteligencia diplomática de
Reagan, es importante recordar que estaba siguiendo su propio
camino, rechazando las recomendaciones tanto de los halcones como de
las palomas. Sabía que el movimiento reformista era frágil en la
Unión Soviética y que los cuadros de línea dura del Kremlin estaban
viendo qué acciones norteamericanas pudieran utilizar para socavar
las iniciativas de Gorbachov. Reagan comprendía la
importancia de dejarle a Gorbachov un espacio de comodidad en el que
seguir su programa de reformas.
Al mismo tiempo, cuando las palomas del
Departamento de Estado le imploraban a Reagan que ‘‘recompensara’’ a
Gorbachov con concesiones económicas y beneficios comerciales por
anunciar que las tropas soviéticas se retirarían de
Afganistán, Reagan reconocía que esto pudiera hacerle recuperar la
salud al oso enfermo. El objetivo de Reagan, como el mismo Gorbachov
dijo una vez en broma, era llevar a la IJRSS al borde del abismo y
luego inducirlo a ‘‘dar un paso al frente’’.
Simultáneamente, Reagan apoyó los esfuerzos
reformistas de Gorbachov y lo presionó constantemente para que
avanzara más y más rápido. Esa fue la significación del viaje de
Reagan a la Puerta de Brandenburqo el 12 de junio de 1987, en la que
exigió que Gorbachov demostrara que hablaba en serio cuando se
refería a la apertura echando abajo el Muro de Berlín. El
Departamento de Estado le quitaba esa línea al discurso una y otra
vez pero Reagan la volvía a poner. Y en mayor de 1988 Reagan se paró
bajo un gran busto blanco de Lenin en la Universidad de Moscú y dio
la más ardiente defensa de una sociedad libre que se haya ofrecido
nunca en la Unión Soviética. En ese viaje visitó el antiguo
monasterio de Danilov y habló de la importancia de la libertad
religiosa y de la renovación religiosa. En la residencia del
embajador norteamericano, le aseguró a un grupo de disidentes y ‘‘refusniks’’
que el día de la libertad estaba cerca. Todas estas medidas estaban
calculadas para forzar la mano de Gorbachov.
Primero, Gorbachov se mostró de acuerdo en hacer
profundas rebajas unilaterales en las fuerzas armadas soviéticas en
Europa. A partir de mayo de 1988, las tropas soviéticas empezaron a
salir de Afganistán, la primera vez que los soviéticos se
habían retirado voluntariamente de un régimen títere. Poco después,
las tropas soviéticas y de sus satélites se estaban retirando de
Angola, Etiopía y Camboya. Así comenzó la carrera hacia la libertad
en el este de Europa y, ciertamente, el Muro de Berlín fue echado
abajo.
Durante este periodo de fermento, el gran logro de
Gorbachov, lo que le reconocerá la historia, fue abstenerse del uso
de la fuerza, que había sido la reacción de sus predecesores cuando
hubo alzamientos populares en Hungría en 1956 y Checoslovaquia en
1968. Pero ahora no sólo Gorbachov y su equipo estaban permitiendo
la desintegración del imperio, como había previsto y querido Reagan,
sino que hasta adoptaron su forma de hablar. En octubre de 1989, el
vocero del ministerio de Relaciones Exteriores Gennadi Gerasimov
anunció que la URSS no intervendría en los asuntos internos de los
piases de la Europa del Este. ‘‘La Doctrina Breznev esta muerta’’,
dijo Gerasimov. Los reporteros le preguntaron que ocuparía su lugar,
y replicó, ‘‘¿Ustedes conocen la canción de Frank Sinatra ‘A mi
Manera?’ Pues bien, Hungría y Polonia están haciéndolo a su manera.
Ahora tenemos la Doctrina Sinatra’’. El Gipper no hubiera podido
decirlo mejor el mismo.
Finalmente, la revolución llegó hasta la Unión
Soviética. Gorbachov, que había perdido completamente el control de
los acontecimientos, se encontró desalojado del poder. La URSS
decidió abolirse a sí misma. Quedarían serios problemas de ajuste a
las nuevas condiciones pero los pueblos emancipados saben que esos
problemas son infinitamente mejores que vivir bajo la esclavitud.
Inclusive algunos que habían sido escépticos en
relación con Reagan se vieron obligados a admitir que su política
había sido completamente vindicada. El viejo adversario de Reagan,
Henry Kissinger observó que aunque Bush presidió la desintegración
final del imperio soviético, ‘‘fue la presidencia de Ronald Reagan
la que consiguió el viraje.’’ El Cardenal Casaroli, secretario de
Estado del Vaticano, observó públicamente que el esfuerzo militar de
Reagan, al que él se había opuesto en su momento, había llevado al
colapso del comunismo.
Estas conclusiones eran ampliamente aceptadas en
el antiguo imperio soviético y en la Europa del Este. Cuando el
presidente checo Vaclav Havel visitó Washington D.C., en mayo de
1997, le pregunté si la estrategia de defensa y la diplomacia de
Reagan habían sido factores vitales en el fin de la Guerra Fría. Por
supuesto, dijo Havel, añadiendo que ‘‘tanto Reagan como Gorbachov
merecen crédito porque aunque el comunismo soviético hubiera podido
implotar con el tiempo, sin ellos ‘‘hubiera tomado mucho más’’.
La observación de Havel es incontestable. Con
todo, fue Reagan el que ganó y Gorbachov el que perdió. Si Gorbachov
fue el gatillo, Reagan fue el que lo apretó. Por tercera vez en el
siglo, Estados Unidos había peleado y ganado en una guerra mundial.
En la Guerra Fría, Reagan resultó ser nuestro Churchill: fue su
visión y su liderazgo lo que nos condujo a la victoria.
SOBRE EL AUTOR
Dinesh D'Souza es un un Asociado John M.Olin del
American Enterprise Institute. Fue asesor de política nacional del
gobierno de Reagan y es autor de varios libros importantes, entre
ellos, Liberal Education, The End of Racism y Ronald
Reagan: Cómo un hombre ordinario se convirtió en un líder
extraordinario. (Free Press). Todos son excelentes.
Infortunadamente no están traducidos al español. "Como Reagan ganó
la Guerra Fría" es una adaptación, publicada en National Review,
de su biografía de Ronald Reagan recién publicada.
Ver también:
La prosperidad
republicana
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