En defensa del neoliberalismo

Hace falta que vuelvan los robber barons

 

Existe una gran diferencia entre los empresarios que se hacen de una fortuna en el mercado y los que la consiguen haciéndole el juego al gobierno.

DANIEL HENNINGER

Es natural que el gobierno, enfrentado a un desempleo elevado y doloroso cuyo final no se vislumbra, se dedique a ayudar.

El Senado aprobó una “ley de empleos” de $15,000 millones.  Su pieza más sobresaliente es un incentivo fiscal a los empleadores que contraten a un desempleado durante por lo menos 60 días.  El empleador no tendrá que pagar el 6.2% del impuesto sobre salarios de la Seguridad Social en lo que resta de este año.  Si el trabajador se mantiene en el empleo por lo menos un año, el gobierno entregará $1,000 al que lo contrató.

En lo que toca a la anterior ley de estímulos por $787,000 millones, el vicepresidente Joe Biden la elogió esta semana en Orlando al calificarla de motor de creación de empleos mientras permanecía ante una pila de pedazos de hormigón y asfalto.  El tema era el de las carreteras.

Por último, el gobierno de Barack Obama puede ahora forzar a las compañías a elevar los salarios y beneficios recortando los contratos federales con ellas si no lo hacen. 

Quizás exista una vía mejor.

Las palabras robber baron (algo así como magnates inescrupulosos) devino término de escarnio usado por generaciones de estudiantes estadounidenses después que muchos maestros concienzudos les hicieron leer el grueso tomo con ese mismo tíitulo escrito por Matthew Josephson que trata de los hombres cuya iniciativa impulsó la era industrial de Estados Unidos desde 1861 a 1901. 

El elenco de villanos expoliadores mucho abarcaba: Rockefeller, Carnegie, Vanderbilt, Morgan, Astor, Jay Gould, James J. Hill.  Por sí solo el índice del libro conformó las impresiones de aquellos tiempos: “Carnegie como ‘pirata empresarial’”. “Henry Frick, barón de la coca”.  “Terrorismo en el petróleo”. “El saqueo de California”.

Yo pido que los traigan de nuevo, y cuanto antes mucho mejor.  Lo que necesitamos, mucho más que un incentivo fiscal de $1,000, son industrias en las que nadie había pensado antes.  Necesitamos visión, vitalidad y dinamismo.  Este gobierno lo está agotando.  El antidoto contra el libro de Josephson es un breve clásico del historiador Burton W. Folson del Hillsdale College  titulado The Myth of the Robber Barons: A New Look at the Rise of Big Business in America (El mito de los magnates inescrupulosos: una nueva interpretación del auge de las grandes empresas en Estados Unidos).  El mérito del profesor Folsom es haber dividido a los hombres de aquella época en empresarios mercantiles y empresarios políticos.

Los empresarios mercantiles como Rockefeller, Vanderbilt y Hill crearon empresas basadas en el producto y el precio.  Hill fue el magnate ferrocarrilero que concluyó su línea transcontinental sin recibir concesiones de tierras públicas.  Rockefeller aceptó el reto y derrotó a la potencia petrolera que en esa época dominaba el mundo: Rusia.  Rockefeller fue un innovador que logró la primacía energética de Estados Unidos.

A diferencia de ellos, los empresarios políticos hicieron dinero en esa época apostándole al sistema político.  Robert Fulton,  fabricante de barcos de vapor, consiguió que la legislatura de Nueva York le concediera un monopolio de 30 años para explotar el tráfico fluvial de esas embarcaciones en el río Hudson.  Cornelius Vanderbilt, con la consigna de “Nueva Jersey debe ser libre”, rompió el monopolio que el gobierno le había otorgado a Fulton. 

Si el modelo de Obama se impone, entraremos en la edad de oro del empresario político.  La industria de empleos ecológicos, que ocupa el centro del plan maestro de Obama para el futuro de Estados Unidos, depende de subsidios públicos a las tecnologías solar y eólica, además de impuestos al carbono para eliminarlo como competidor.  Los empresarios políticamente conectados gastarán sus energías recorriendo un demencial laberinto de burocracias, comités congresionales y abridores de puertas de Washington.  Nuestros mejores empresarios mercantiles, en vez de agotarse materializando sus nuevas ideas, se dedicarán a hacerle el juego a las ideas de Obama.

Si la meta es el crecimiento del empleo tendremos que admitir el hecho de que los empresarios políticos crean menos puestos de trabajo que los empresarios mercantiles.  Necesitamos mercados masivos, mercados verdaderamente grandes como los que Ford, Rockefeller y Carnegie crearon.  Sólo aquéllos que crean oportunidades o las descubren en las grietas de lo que ya existe (Federal Express o Wal-Mart) son capaces de descubrir los grandes mercados de empleo.  Uno puede  creer o no en que los reyes filósofos del gobierno de Obama pueden resolver este tipo de cosas.  Yo soy de los que no creen en ello.  

La jefa de la Corporación Federal de Seguro de Depósitos (FDIC según siglas en inglés) dio hace poco el golpe de gracia a las bonificaciones bancarias.  La gente de la costa este dedica mucho tiempo a las ramas financiera y de seguros.  Si el precio de redescubrir la máquina norteamericana de empleos depende de que algunas personas se hagan verdaderamente ricas, el precio es bajo.

Hoy en día uno de los más ricos es Larry Ellison, quien fundara en 1977 Oracle Corp. (40,000 empleados), cuyos gustos incluyen los grandes yates, mansiones descomunales y pagar a Elton John para que deleite a sus amigos en el Cow Palace.  Alguien de nuestros políticos debe hallar el coraje para decir que eso no es lo importante.  Si el próximo Ellison y Oracle generan en la vida norteamericana tantos empleos e ingresos familiares nuevos, yo sería feliz de sentirme asqueado de fiestas y yates.  La alternativa es una nación de Pecksniffs asfixiada por la virtud.

Vivimos en un mundo de nuevos competidores —los inescrupulosos magnates extranjeros— a quienes no les importa mucho nuestra búsqueda infinita de la justicia en la atención médica.  El camino actual de Estados Unidos hacia una economía dirigida que flota en un lago de impuestos impedirá el desarrollo de la mayor población con  capacidades intelectuales y empresariales que el mundo ha conocido.  El resto del mundo lo ha reconocido, con la reciente excepción de China, que piensa que ha llegado el momento de alcanzarnos.  Contamos con gente joven impaciente por tener la oportunidad de hacer lo que Carnegie, Reckefeller y Hill hicieron.  Dejemos que lo hagan.

 

 

 

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