HONDURAS ROMPE
PARADIGMA EN AMERICA LATINA
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Margarita M. Montes[1]
La remoción del
Presidente José Manuel Zelaya Rosales por parte de las Fuerzas
Armadas en la madrugada de ayer domingo 28 de junio, rompe
paradigmas de la historia política contemporánea de América
Latina. Por primera vez en la era de la post Guerra Fría (desde
1989 hasta la fecha), un ejército depone un Presidente
constitucional y democráticamente electo, para restaurar el
Estado de Derecho, y no para romper el Estado de Derecho en un
país, como era característico de los militares en épocas
anteriores.
Este caso no se puede
catalogar como un “golpe de Estado”, ya que no cumple con dos
rasgos fundamentales de dicho fenómeno político: toma del poder
por parte del estamento militar y quebrantamiento del Estado de
Derecho. La acción tomada por las Fuerzas Armadas de Honduras
fue basada en una orden judicial y su propósito fue restablecer
el Imperio de la Ley (rule of law), el cual estaba siendo
violentado consistentemente por el propio Presidente del Poder
Ejecutivo, al desconocer las disposiciones del Poder Judicial y
del Poder Legislativo (checks and balances). Luego de la
intervención de las Fuerzas Armadas, la Constitución Política
sigue vigente ya que se respetó plenamente la sucesión de poder
establecida por la Carta Magna, con lo cual se nombra un nuevo
Presidente Constitucional.
Y es que desde el
punto de vista de la politología, Honduras sentó ayer un
precedente, el cual sin duda pasará a ser un caso de estudio de
universidades, diplomáticos y políticos alrededor del mundo..
Por primera vez en Latinoamérica, el pueblo se rebela, sin
derramamiento de sangre y sin violencia, contra un Presidente
constitucional y democráticamente electo, por violar
disposiciones legales y la institucionalidad vigente en el país.
Por eso es que la
prensa internacional, los organismos internacionales y gobiernos
alrededor del mundo, no han comprendido aún el contexto y la
esencia de este caso, y están condenando lo que ha sucedido en
Honduras, pues lo están analizando en base a conceptos propios
del viejo paradigma de los golpes de Estado durante la época de
la Guerra Fría. La comunidad internacional, pública y privada,
aún no ha tenido el tiempo, ni los elementos, para percatarse
que en Honduras ayer se rompió un modelo y que se trata de un
caso completamente sui géneris.
La lección que dio
Honduras al mundo ayer es clara: aunque un Presidente haya sido
electo democrática y legítimamente, no tiene derecho a
desobedecer la Constitución y las leyes de la República. Los
pueblos ya no están dispuestos a tolerar ese tipo de abusos de
poder de los Presidentes constitucionales, que muchas veces se
consideran intocables, por el mismo hecho de haber sido electos
por el pueblo. El mensaje de Honduras es simple: el voto popular
no incluye una licencia para delinquir, y todo esfuerzo para
gobernar por el bien común debe estar dentro del marco de la ley.
Probablemente, tampoco
los hondureños se han dado cuenta de la magnitud de lo que
hicieron ayer. Con el paso de los días, los meses y años irán
asimilando y comprendiendo la dimensión del nuevo paradigma que
han sentado, con un rotundo mensaje para propios y extraños
sobre lo que le depara a los dictadores constitucionales y a sus
aprendices tropicales. El que tenga oídos, que oiga.