En defensa del neoliberalismo

 

Sobre la guerra de Irak

 

Aníbal Romero

Cabe ante todo traer a la memoria algunos hechos:
para el momento en que se inició la guerra que acabó con el régimen de Saddam Hussein, el dictador iraquí había hecho caso omiso, por años, de numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. De paso, había obstaculizado reiterados esfuerzos por parte de los inspectores del organismo, en teoría encargados de confirmar o descartar las extendidas y razonables sospechas acerca de posibles programas de desarrollo de armas químicas, biológicas y nucleares del régimen. La actitud intransigente de Saddam sólo podía tener una explicación sensata:
algo ocultaba. De no haber sido así, cabía otra conjetura: el tirano iraquí no entendía la magnitud del poder de fuego que Washington desataría sobre su ejército, lo cual demostraba su enorme soberbia.

Cuando empezó la guerra, luego de que Saddam se hubiese negado a atender las advertencias que se le hicieron, y que Francia y Alemania se rehusasen sistemáticamente a respaldar la acción norteamericanobritánica, o a ofrecer una opción viable para forzar al dictador a cumplir con los mandatos de la ONU, incontables comentaristas sostuvieron, erróneamente, que Bagdad se convertiría en el “Stalingrado del Medio Oriente”. Para ese momento todos los servicios de inteligencia occidentales, sin excepción, abrigaban fuertes sospechas de que Saddam sí tenía en desarrollo programas de armas de destrucción masiva, y los Senadores Kerry y Edwards votaron a favor de la guerra, entre otras razones porque también lo creyeron así, en vista del contexto de percepciones entonces imperante.

Hoy en día, como siempre ocurre después de los eventos, existe más amplia información, gracias precisamente a que el régimen de Saddam Hussein fue destruido. Sabemos, por ejemplo, que la alarma acerca de las armas en poder de Saddam no se correspondía —por fortuna— con las realidades sobre el terreno. Pero eso lo sabemos ahora.

También conocemos que Francia, Alemania y Rusia tenían importantes negocios con el régimen de Saddam.

Sabemos igualmente que existen sólidas sospechas de corrupción con respecto al programa de “alimentos por petróleo”, que subrepticiamente llevó a cabo personal de la ONU en Irak.

¿Qué ha pasado después del derrocamiento del dictador? Veamos: 1. El tirano libio Gadafi aceptó desmantelar sus propios programas de armas de destrucción masiva. 2. Los ayatolas iraníes readmitieron a los inspectores de la ONU, y han sometido a controles sus programas armamentistas. 3. Los Norcoreanos han comenzado a negociar. 4. En Irak se perfila la posibilidad de edificar una República secular y democrática, luego de 30 años de espantosa tiranía, y en el mero centro de un Medio Oriente pleno de abyectas satrapías. 5. Saddam Hussein está en manos de la justicia y será juzgado por los iraquíes, en lugar de estar torturando y asesinando a su pueblo como hizo durante tres décadas. 6. No ha habido la tan pregonada rebelión de las masas árabes, y la insurgencia en Irak sólo busca atemorizar a la endeble opinión pública norteamericana, pero no tiene el más mínimo chance de triunfar en batalla.

Sin embargo, la prensa “liberal” (de izquierda) norteamericana, la miope y cobarde izquierda europea, y una extensa red internacional de comentaristas cegados por el antiyanquismo y por el odio a Bush, y totalmente ajenos al peligro que representa el fundamentalismo islámico, son incapaces de percibir otra cosa que las dificultades, inevitables por lo demás, de la inmensa empresa a la que Estados Unidos, con extraordinario coraje y visión, ha dado inicio en Irak, y cuyo impacto a mediano plazo será probablemente crucial para revertir las tendencias que han llevado al mundo islámico al punto en que ahora se encuentra.

Es cierto, continúan las bajas en Irak (bajo Saddam fueron millones).

Los saddanistas y fundamentalistas se están jugando el todo por el todo ante la amenaza de un Irak democrático y civilizado. Estados Unidos está en guerra, y eso es algo que los Senadores Kerry y Edwards pierden de vista en el fragor de la campaña electoral. Con gran irresponsabilidad, los candidatos demócratas olvidan colocar el interés de su país por encima de las diatribas circunstanciales del poder, y se suman al coro irracional que rodea el debate sobre Irak. Los que no quisieron la guerra, empeñados en la sumisión hacia una ONU tan impotente como hipócrita, tampoco quieren hoy la paz, y todo indica que preferirían tener a Saddam al mando en lugar de verle encadenado y en manos de la justicia (o es una cosa, o es la otra).

Como lo demuestra la horrible crisis humanitaria en el Sudán, está claro, y así lo estuvo antes en Bosnia, que sólo Washington puede hacer algo práctico en estas situaciones en el mundo actual, y no una ONU tan llena de retórica como ineficaz en sus iniciativas, para no hablar de una Comunidad Europea cuyos ejércitos, con excepción del inglés, son patéticos. Más, ¿qué sentido político podría tener para Bush actuar en el Sudán, después de la andanada de críticas que ha suscitado su valiente decisión de deponer al tirano iraquí?